domingo, 6 de julio de 2014

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : EL INICIO


El otoño del año  mil novecientos ochenta y ocho ( 1988) inicié este  sempiterno vínculo emocional con el gran centro base, Colegio Nacional 7 de Enero, mi gran colegio secundario. Era el prólogo de una las obras más importantes de mi vida. Fue sin duda alguna, el fuerte útero educativo donde se iba gestar el conocimiento, las emociones y el aprendizaje de este nuevo feto cognitivo : un nuevo SieteEnerino se había concebido.

La primera vez que ingresé al 7 de Enero  no fue el día de inicio de clases oficial. Ingresé con dos semanas de retraso. Era costumbre de mi madre llevarnos de vacaciones a la capital en los meses de enero a marzo; sin embargo, siempre nos quedábamos pasada la Semana Santa o en su defecto, retornábamos siempre y cuando la carretera Panamericana Norte estaba  transitable. Como sabemos en verano se incrementan las lluvias y, en ese tiempo, las quebradas o ríos se desbordaban afectando el estado de la Panamericana.   

Mi padre  había logrado matricularme y fui asignado a la sección C, a Primero C. Recuerdo que ese dia lunes estaba en un estado de ansiedad importante, estaba angustiado, quería saber si es que en mi salón, había algún compañero o compañera de mi escuela primaria: La Tres (03).

Recuerdo que nos hicieron formar  en las afueras del plantel, nos ordenamos por año, de izquierda a derecha. En el extremo izquierdo estábamos los primariosos, y en el extremo derecho los alumnos de quinto año. Derrepente una voz peculiar y enérgica hacía notar su autoridad. Era uno de los supervisores o auxiliares, cuyo rostro dracroniado y malhumurado contrastaba admirablemente con la pulcritud en su vestir. Estaba allí, impertérrito, sobrio, elegante. Se apellidaba Tarquino y era como un padrasto, un padrasto malo. Esa fue mi primera impresión, la impresión de un niño de solo diez (10) años de edad. Después pude comprender que ese era un rol que debía sostener, era un papel escénico en esta extraordinaria película que era formar la conducta de los alumnos, era necesario ser así; generalmente los primariosos éramos muy tranquilos y tímidos, pero algunos  alumnos de años superiores, al parecer tenían un comportamiento que acariciaba el  diez (10) en conducta. 

Iniciamos el transito al interior del 7 de Enero, entramos de manera lenta y ordenadamente, como era la primera vez que ingresaba, pregunté la ubicación del aula del Primero C y me dijeron : "camina defrente y luego volteas a la izquierda" (sic). Pude llegar a mi salón sin problemas, era un aula precaria, de tripley y techo de eternit, el tripley aun estaba húmedo por efectos de las lluvias. Mi sección colindaba con el aula de Primero B, que también estaba fabricada con el mismo material. Sin embargo, el salón de Primero A, era de material noble ( ladrillo y cemento) y  estaba ubicado a unos cuarenta metros a la derecha de mi salón. En total éramos siete (7 ) secciones de primer año: A, B, C, D, E, F y G.  Sólo las tres primeras íbamos en la mañana, el resto en el turno tarde.

Cuando entré por primera vez al salón vi rostros conocidos y me sentí más tranquilo. La angustia inicial sucumbía ante la faz de niños conocidos, me empecé a sentir como en mi escuela primaria, me empecé a sentir como en casa. Francisco Benedicto Yacila Lomas ( Pancho), Patricia Saavedra Natahals( Paty) , Carmen Elena Alvarez Morales ( La Alvarez), José Antonio Espinoza Castillo ( Tombo), Yelssy Montenegro Alvarado, Marie Dios Medina( Borrega) entre otros, eran los púberes que me dió una indescifrable alegría verlos en mi salón.

Recuerdo a mi profesor de matemática, el Profesor Castillo  un enjuto y largirucho docente, fanático del Club Universitario de Deportes y de su ídolo máximo, el  gran  Lolo Fernández. Era tan fanático de Fernández, que cuando jugaba fútbol, se colocaba una malla en la cabeza  y emulaba a tal exiguo futbolista peruano. El Loco Castillo, era su apodo. En su momento era un profesor muy particular, su rostro reflejaba el paso del tiempo,  hacia que las temibles matemáticas no asusten, hacía que no sean tan serias, si no por el contrario, el profesor Castillo tenía la magia de hacer que las matemáticas  sean un chiste, una broma, un pasatiempo divertido. Recuerdo  una clase de conjuntos, exactamente el tema era relacionado al conjunto vacío,  el profesor   pregunta ¿Quién puede mover las orejas sin mover la cabeza? . Nosotros pedimos un ejemplo  y el profesor empezó a mover las orejas y, efectivamente no movía para nada la cabeza. Nosotros nos reíamos al ver los gestos en su rostro que hacían notoria sus arrugas y  que acompañaban a ese singular reto. Al ver que nadie de los alumnos hizo lo indicado,  dijo: "Eso es un conjunto vacío. Cuando  ningún elemento cumple con una condición dada". La sorpresa para él fue que yo me armé de valor y alcé mi manita.

 - Profe, yo puedo mover las Orejas-

-Alumno Yacila no creo que lo haga, pero intente- me comentó.

- Yo empecé  a mover las orejas sin mover la cabeza. El profesor Castillo esbozó una risa, signo de sorpresa y, magistralmente redirigió la clase diciendo: "Si al menos un elemento cumple con una condición, ese conjunto ya no es vacío."  Mi abuelo paterno me había enseñado esa técnica, como recompensa por sacarle algunas canas; canas que por cierto he heredado en demasía y que ostento sin complejos modernos.

La Clase de Conjuntos, de Números Naturales, de Operaciones con Números Enteros, Operaciones con Monomios, Polinomios, Factorización  o Reducción de Polinomios se conviertan realmente en una puesta de escena de los mas ínclitos humoristas, al final el gran profesor Castillo cumplía con su objetivo, que aprendamos esa materia de manera divertida, que descubramos poco a poco a la  la reina y esclava de las demás ciencias, LA MATEMATICA.



sábado, 14 de junio de 2014

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : LA PREVIA

A finales del año 1987 yo terminaba mi educación primaria, la misma que la realicé en una modesta y acogedora escuela: el Centro Educativo Carlos Vásquez Villaseca Nro 18, y que por un motivo que desconozco todos los zagales la conocíamos como La Tres (03). Mi memoria alberga recuerdos sinceramente muy entrañables de mi instancia en La Tres. Recuerdo a mi Profesora Teresa García —Q.P.D.G— una mujer que daba una imagen que combinaba magistralmente la ternura y la firmeza al momento de educar y enseñar. También recuerdo que en el fenómeno del Niño del año 1983, mi escuela fue inundada completamente por la quebrada de Corrales. Todos los salones estaban llenos de barro y lodo. La escuela quedó inutilizada desde abril hasta agosto de ese trágico año. En el iterín, es decir de abril a agosto, teníamos que desarrollar las  clases en los alrededores de la escuela. Para esto  aprovechábamos los cuatro algarrobos que estaban cerca de la puerta. Recibíamos las clases al aire libre, no habían sillas, nos sentábamos en unas piedras, terrones o pequeños montículos formados por la quebrada, aunque algunas compañeras llevaban su silla respectiva.  En el árbol de algarrobo se colocaba una pizarra y mi profesora Teresa iniciaba la clase, la misma que era adornada por el mágico canto de los pajarillos —negritos, chilalos, zoñas y algunos chocacos— , también de vez en cuando caía una algarroba o algunos desechos orgánicos de los pajarillos, causando la mofa y la risa hacia el niño afortunado, en cuyo cuerpo se impregnaba la sustancia pegajosa.

Con ayuda de varias motobombas se llegó succionar el agua y el barro de mi escuela; sin embargo, la mitad de la misma quedó debajo del suelo.
En Sexto grado mi profesora fue Maritza Jiménez Barreto, una profesora muy joven, y adicionalmente muy hermosa. Yo no era uno de sus engreídos, lamentablemente. Ella tenía predilección por una compañera muy aplicada, y además muy ordenada, con una letra muy bonita y considerablemente grande. Sus cuadernos eran pulcros, sin mácula, sin ninguna hoja con oreja de chancho y los títulos de las clases en sus cuadernos eran adornados por un resaltador amarillo. Julissa Fernández Rosillo, era un niña muy inteligente y además tenía el apoyo incondicional de varios de su hermanos, ella nos decía que su hermano "Bomba" la ayudaba siempre. Julissa ocupó el primer puesto en aprovechamiento y en conducta; en los ojos de su madre y de sus hermanos yo veía  la alegría y la admiración por los logros de una de sus menores hijas.En realidad todos ellos eran muy aplicados.

Para mí, estar en el Colegio Nacional de Enero me llenaba de orgullo. El sólo pensar que mi enjuto cuerpo y mi pusilánime mente iban a transitar por las aulas del colegio, me emocionaba en demasía. Salir de mi pequeña y humilde escuela para entrar y seguir mis estudios secundarios en el gran Centro Base, simplemente era alcanzar casi la gloria.  También me sentía ansioso. Mi proclive imaginación de 10 años de edad, construía en mi pensar un conjunto de historias, tramas, cuentos, en las que todos los niños de las distintas escuelas de educación primaria de Corrales, sobre todo aquellos que habían ocupado los primeros puestos, ingresaban al primer año de educación secundaria e iniciaban una lucha de gladiadores del saber y del conocimiento; normalmente en esas batallas yo era el perdedor. Y es que de las escuelas más humildes y precarias, la mía era la más humilde y precaria.

Nuestra fiesta de promoción de primaria la hicimos en el Local del Consejo Distrital de Corrales. Algunos compañeros como por ejemplo  Víctor Valencia Aquino, Flor Yovera Silva, Henry Astudillo, José Antonio Espinoza Castillo, Hower Castillo Silva, Teresa, La Chira, Griselda, entre  otros, llegaron elegantísimos; otros lamentablemente no participaron. Nunca nos habíamos visto así de guapachosos, parecíamos extraños, exageradamente extraños. Antes de asistir a la ceremonia,  recuerdo que mi abuela materna me colocó mi corbata michi, sacó de su bolsillo una latita de vaselina, introdujo su dedo y extrajo una generosa cantidad de esa sustancia, la frotó con sus manos, y me empezó a acariciarme el cabello. Mientras lisonjeaba mi indomable cabellera, me decía: “Te ves como todo un ingeniero“, “Serás un ingeniero, hijo mío”.  Mi abuela fungía de pitonisa, pero más que eso, ha sido una persona cuya estructura moral, carácter sencillo y rigidez en la crianza, ha marcado y delineado esta vida mía.

La fiesta fue amenizada con el equipo de sonido de un señor que le decíamos la Pintona. Era un señor amable y respetuoso;  bailamos los temas del momento: “Dile”,  ”Zancudito Loco”, “Samaritana del Amor”, ”Humo del Cigarrillo”, ”A mover la Colita”, ”El Carrito” entre otros temas de antaño. Mi pareja de promoción fue mi sobrina (que era mayor que yo) Jenny.
Ese día, un 22 de diciembre de 1987  fue la última vez  que estuvimos unidos  la mayoría de alumnos de mi sección, los mismos que habíamos compartido innumerables anécdotas en nuestra escuela La Tres. Sólo quedaba esperar el nacimiento de  nueva etapa de nuestras vida. Una vida académica en el Centro Base Colegio Nacional 7 de Enero. Lo que siempre habíamos  anhelado, siempre habíamos querido; estar allí, en las aulas de concreto armado. Escuchar las clases de varios profesores; habíamos querido que nos llamen "primariosos", habíamos querido salir  del Colegio Nacional 7 de Enero luego de la jornada de clase diaria, regresar por la Calle Hilario Carrasco e inflar el pecho y llenarnos de inmensa ínfulas — de las buenas y sanas —, de sentirnos orgullos que los moradores y la gente nos mire con nuestros cuadernos y digan : ¡allí van los nuevos Siete Enerinos!




domingo, 1 de junio de 2014

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : PARTE I

Observando con pausado sigilo las fotografías que algunos compañeros o conocidos míos han colocado en una red social,  mi mente empezó  a trasladarse en el tiempo. Sí, es como si una máquina del tiempo me trasladase a una época extraordinaria de mi baladí existencia: La etapa de mi educación secundaria, en el glorioso Colegio Nacional  7 de Enero, uno de los centros bases de Educación Técnica de Tumbes, ubicado  exactamente en el distrito de Corrales, mi tierra natal; y que muy pronto celebrará su onomástico número cincuenta .

La nostalgia — dicen los expertos— es uno de los acicates que impulsa al ser humano a plasmar, ya sea en poemas, ensayos, en pinturas, en música y en otras manifestaciones físicas, el sentir del corazón del hombre. Dice un proverbio bíblico: “La boca habla de lo que el corazón rebosa “ ; y creo que hoy por hoy, al ver los rostros —ya matizados por el tiempo— de mis compañeros, he sentido ese impulso descontrolado por escribir algunas memorias acerca de mi experiencia en mi Alma Mater.


Abría mis ojos por primera vez muy temprano. Todos los días nuestra alarma natural me despertaba a las 6:30 de la mañana. Era el canto frenético de los gallos de pelea de un excelente profesor: Clemente Chávez Mego; que vivía al frente de mi casa. Raudamente y con la insoportable preocupación por el tiempo y la puntualidad inculcada por mi abuela, dejaba mi cama,  si tenía  las sandalias cerca me las ponía, si no,  a pata limpia no má; aunque esta última situación no era del agrado de la Olguita, mi querida madre. Agarraba un jabón de tocador o jabón Pacocha —realmente no veía, ni me importaba la diferencia — y salía de  mi añorada casa, directamente a unos de mis lugares predilectos, el canal de irrigación, simplemente llamado Canal. El tramo de mi casa al Canal era relativamente corto, unos doscientos (200) metros aproximadamente y, normalmente iba con un short simple, sin polo  y generalmente descalzo. Bordeaba la Quebrada y  caminaba sobre las grandes rocas que se habían colocado como muro de contención ante un posible desborde. Mientras caminaba o trotaba, tenía que mirar hacia abajo con el objetivo de  evitar que los abrojos—especie de espinas—  se impregnaran en las plantas de mi pies. También habían restos de vidrios desperdigados por el camino, asi pues la esperanza mía de no verme afectado, dependía de la agudeza visual de mis retinas; aunque para ser sinceros tengo los estigmas de los abrojos y los vidrios en mis pies. Si ocurría un corte, usaba el polvito mágico: La Arena — no había antibiótico, antiinflamatorios ni otros químicos—. A escasos  treinta metros había  un arenal, tomaba un puñado bien nutrido de arena y lo colocaba en la parte  herida. No sé cómo, pero era muy efectivo.

En el trayecto era común encontrarme con lagartijas, jañapes, capones, hasta colambos — especie de serpiente—  que asomaban repentinamente, moviendo las escasas hojas de bejuco que crecía entre las rocas. Todo esto formaba  parte del paisaje habitual.
Más o menos a diez (10) metros de distancia del Canal, aceleraba el paso, corría con más entusiasmo—agarraba vuelo (sic) —  y me lanzaba directamente al agua.  Había una altura de aproximadamente  cinco (5) metros desde donde me tiraba hasta tocar las frescas aguas del Canal.  El agua del Canal en ciertas épocas era muy limpia  se podía ver el fondo. Estaba en el agua casi  treinta (30) minutos, una decena de clavados, saltos mortales, los famosos flip flap—saltos medios mortales para atrás—, nadaba de orilla a orilla y, era feliz, muy feliz. En ocasiones comentaban que habían visto a un lagarto—llamado también cocodrilo de Tumbes— sacar la cabeza fuera del agua y, que se escondía  debajo del puente,  eso a veces me atemorizaba, pero al final las ganas y el ímpetu de bañarme a gusto y totalmente  gratis en una piscina natural, era más fuerte que el temor.

El  regreso a casa era a prisa, tiritaba de frío, a pesar del radiante sol, regresaba corriendo. La Olguita, ya me tenía preparado unos de los potajes más exquisitos  y con alto contenido de proteínas y carbohidratos: Un plato generoso de  Majao con Pescao (sic).    El pescado era frecuentemente la Sierra  bien dorada y  era acompañado  con su exagerado jarro de Avena Quaker con manzana y que combinaba interdiariamente con naranja.  Ese almuerzo, perdón, desayuno quise decir, me mantenía con el estómago tranquilo hasta pasada  la 1:00 pm. No había propina para el colegio, ni tampoco  un cómprate algo en el cole, menos mal. No llevaba nada de dinero, realmente no lo necesitaba.  Lustraba mis zapatos con un afán desmedido, agarraba mi mochila —del año anterior—  y salía por la puerta posterior, la puerta que nos separaba la casa del  corral, un corral que no estaba cercado, un corral al aire libre.

El camino al colegio tendría una distancia de novecientos (900) a mil (1000) metros. En los primeros doscientos cincuenta (250) metros, el paso constante de la gente —generalmente campesinos y alumnos— habían formado una trocha relativamente angosta; ambos lados de la trocha, eran acariciadas por las omnipresentes plantas de bejuco. Lagartijas, pacasos, sapos, capones,   eran las distracciones del camino. En ocasiones me encontraba con una adolescente muy agraciada; tenía una mirada muy dulce y en su sonrisa el brillo de una línea de oro adornaba magistralmente  sus dientes, era la frágil y pequeña Cristina, una adolescente con un grado superior al mío.  En la trocha sólo caminábamos uno a la vez, por lo que generalmente el que entraba primero en la trocha se mantenía así hasta el final de la misma. También me encontraba con mis compañeros Juan Carlos Carreño, Mirtha Gómez; ellos vivían en el centro poblado de Buena Vista Baja.

Antes de llegar al molino de Corrales, pasando la Gallera, proseguía el camino pero esta vez ya sin bejucos, era un camino de tierra y parte de arena. Pasábamos por el  Bar de Bereche, caminábamos unos trescientos (300) metros y  subíamos una pequeña pendiente. Al llegar a esa pendiente—que formaba parte del muro de contención de la Quebrada— se podía visualizar mi Colegio. El 7 de Enero estaba al otro lado de la quebrada. Al costado del camino, estando parado en esa pendiente,  había un árbol de algarrobo con dos grandes rocas; era muy frecuente observar al mítico orate de Corrales —el Loco Manrique, Q.E.D.G— con sus cuadernos y unos treinta  (30) lapiceros en los bolsillos de su camisa. Estaba parado esperando  el inicio de las clases. En su imaginación creo yo, él era un puntual, disciplinado y responsable alumno de secundaria. Los mayores comentaba que su estado mental se agravó con los estudios; sin embargo, otros comentaban que fue a raíz de un golpe en la cabeza.
El Loco Manrique hablaba cosas relacionadas al colegio y sacaba frecuentemente su lengua mostrando una hoja de una planta  —al parecer   era de menta o de perlillo— . Era inofensivo, pero en determinados momentos, que coincidían con la posición de la luna, empezaba a gritar a los que lo mirábamos. Creo que estaba loco.

Bajamos la pendiente, ese tramo era la ruta de la quebrada, es decir, atravesábamos el camino que seguía la quebrada. Mis  zapatos ya estaban sucios, por la tierra y la arena. La Olguita siempre me colocaba en mi bolsillo un pañuelo ideal para estos menesteres.  Sinceramente  sentía mucha emoción  el saber que iba aprender algo nuevo. Ese tramo del camino  a veces era abrupto, dependía de la estación del año y de la quebrada. Si había corrido la quebrada, simplemente nos sacábamos los zapatos y caminábamos por los lugares con menos barro. Si no, básicamente trataba de levantar menos polvo y arena al caminar.
Al llegar a las inmediaciones del Colegio, veía llegar alumnos por los cuatro puntos cardinales. Bajaban del Tablazo, de Pueblo Nuevo, las góndolas —microbuses de transportes — dejaban a los alumnos que venían de San Jacinto, Pechichal, Cristales, Realengal, San Franciso, Malvales. También los alumnos que venían del centro de Corrales, de la Garita, de San Isidro, de la Jota, los Cedros,  de Cabeza de Vaca, de Buenos Aires, de San Martín. También venían de Buena Vista Alta y Baja. Si era lunes, teníamos que, además de formar estrictamente, izar el pabellón  y entonar las sagradas notas del himno nacional. Con frecuencia recibíamos la perorata y la soflama extraordinaria aunada a los admirables consejos de una gran profesora y/o auxiliar, le decían la “Maricucha”.

Yo estaba en la sección “C” probablemente la sección con el rango de edad mayor, con adolecentes lazarillos y jacobinos, como los hermanos  Zorros, los hermanos  PanceLeches, el pato Villar Barba, Céspedes Castro. También estaba Hugo Alemán Oviedo, Segundo Alipio Carrillo Herrera, Francisco Benedicto Yacila Lomas, Jaime Chichay, Dios Tinoco, Atoche, Roberto Rugel Zevallos entre otros compañeros. Definitivamente también contábamos con las adolescentes más agraciadas o bonitas de todo el Colegio, según mi nimio  gusto y entender. Estaban  Jessenia Quevedo Malmaceda, Hidolay Olaya Pardo, Carmen Elena Álvarez Morales, Anita Aguayo, Jelssy Montenegro Alvarado, Paola Clarita Olaya Zapata, Elena Aguilar Martínez, Patricia Saavedra Nathals, la  Peña Quevedo, Liliana Infante Montoya, Amada Esperanza Dios Dioses,  por nombrar algunas.
Entrábamos ordenadamente a nuestra Alma Mater con la mente dispuesta a recibir los conocimientos de  nuestros sacrificados  e inolvidables profesores.


 
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viernes, 23 de mayo de 2014

ANALIZANDO EL ESTRES

Recientemente tuve la magra experiencia de transitar por un estado de salud no muy agradable. Desperté un domingo y, de repente  todo me daba vueltas. Me acordé cuando subí por primera y última vez a un juego mecánico, la silla voladora, allá tan lejos en el tiempo, cuando era un niño. Sencillamente no podía estar de pie, e inclusive tenía que estar acostado en una determinada posición, de lo contrario venían nuevamente los mareos. Exactamente lo que tenía era Vértigo Posicional Paroxístico, un estado de alucinación del cerebro, originado básicamente por una inflación del oído interno, que es el responsable del equilibrio. Estuve cuatro días acostado y, sin el ajetreo cotidiano de mi vida; estaba allí, sosegado, motivándome yo mismo, recibiendo el  cuidado abnegado y el amor de mi  esposa, el cariño de mi madre, leyendo poemas de Gustavo Adolfo Becker; y escuchando un sin números de reportes científicos de aquel extraño cuadro médico.
Pude ver un informe del Programa Redes, acerca del Stress y realmente fue un informe muy bien elaborado, donde pude conocer más sobre esta enfermedad. Quiero compartir está información con ustedes.
Imaginemos por un momento que estamos en los inicios de la humanidad, hace aproximadamente unos veinte mil (20 000) años. Formamos parte de aquellos primeros humanos que andaban errantes en busca de alimento. Estamos en una de las vastas praderas africanas, cuando de repente aparece un León y tiene los signos externos de estar muy hambriento. Nuestro cerebro—que es una extraordinaria fuente de químicos— se pone en alerta. Si, en estado de Alerta. Se dispone a enfrentar al León o, en su defecto, salir corriendo a gran velocidad.  Tan sólo en milisegundos nuestro cerebro ordena que nuestro cuerpo tome posición ante el inminente ataque. En primer lugar, nuestro cerebro  a través de las neuronas, manda una señal al Hipotálamo para que se comunique con  la glándula Pituitaria. La glándula Pituitaria genera una hormona llamada Corticotropina. Esta hormona viajará por todo el sistema nervioso parasimpático avisando del peligro. Segundo, una vez que  la glándula Suprarenal recibe el mensaje de auxilio, genera dos hormonas en el torrente sanguíneo: La Adrenalina y el Cortisol.  Luego se une la Noradrenalina. Estas  hormonas son las responsables de todo este estado especial.
 La Adrenalina aumenta la frecuencia cardiaca y respiratoria; la Noradrenalina genera que nuestros sentidos se agudicen, nuestras pupilas se dilatan y nuestros músculos se ponen rígidos y tensos. Es decir estamos listos para el ataque o huir.
El Cortisol tiene un efecto con más aristas. Lo que hace es aumentar la cantidad de glucosa en el cuerpo—se sobre entiende que vamos a necesitar una mayor cantidad de energía—; también promueve la liberación de Dopamina. La Dopamina es la hormona del placer,  se segrega también después de las relaciones sexuales. Esta hormona es la responsable del grado de satisfacción que tenemos cuando cumplimos una meta o superamos un reto.
En definitiva, nuestro cuerpo se ha convertido en solo segundos en un cóctel químico, que nos prepara para el ataque. Este sistema, es decir, la forma de su funcionamiento nos ha permitido salir airosos de los ataques de leones o de otras bestias. Fuimos diseñados para responder ante una eventualidad, ante un peligro. Este estado se conoce como Stress Estacional y, como vemos es muy positivo para nosotros.
Pero ¿Qué pasa cuando todo este conjunto de hormonas se segregan constantemente en nuestro organismo? ¿Acaso estamos viviendo en el tiempo de las cavernas? Pues bien, al parecer la vida actual conlleva al estado de alerta constante. La presión en el trabajo, el tráfico vehicular, las deudas por tarjetas de créditos, los estudios, las frustraciones entre otros agentes, generan en nuestro cuerpo un estado de alerta casi perenne. Esto quiere decir que el Cortisol estará en nuestro cuerpo por tiempos prolongados, generando mayor glucosa en sangre—riesgo de diabetes—, muerte de las neuronas responsables de la memoria, escases de la Dopamina y Serotonina—generando depresión y apatía—; músculos atrofiados por la tensión prolongada etcétera. Este estado se conoce como Stress Crónico y, como vemos es el perjudicial para la Salud.

Déjeme decirle que algunas características de los síntomas yo los tengo y, quizá usted también; asi que hago una recomendación: Vivir el ahora, tan simple como sea posible. Ayudar a las personas, dejarse abandonar por el amor de verdad, sin coacciones y, acercarse  al Dios eterno, es decir practicar una vida espiritual. Entender que las penas del pasado y las preocupaciones del futuro, impiden que vivamos el ahora de manera libre y tranquila; sinceramente si llegamos hacer esto,  habremos superado un umbral muy importante para nuestra salud y nuestras vidas.

miércoles, 2 de abril de 2014

¡Bolos, de cola, tamarindo, piña y coco!


Los meses de enero, febrero y marzo eran meses con una singular dosis de emoción y esfuerzo físico, al menos para mí. El "Sol del Norte", hacía notar su presencia; se expresaba con voz altisonante y se dejaba escuchar con las ínfulas propias de su embestidura, pues es el rey: el astro rey. Nuestra estrella demostraba  en el primer trimestre de cada año, toda su ternura, su majestuosidad y su amor ígneo.

En vacaciones continuaba levantándome muy temprano, siete de la mañana. Mi rutina era simple. Apenas me despertaba agarraba el jabón pacocha —  y me dirigía al canal  de irrigación. Me  bañaba en las tibias aguas del canal y practicaba varios saltos mortales. Regresaba, tomaba mi desayuno, me ponía a leer un libroEscuela Nueva, el Nuevo Testamento o cualquier otro libro que hubiese  y como a las 9:30a.m, emprendía mi camino hacia la casa de una tía, a la cual, yo le vendía "bolos" — también llamados: marcianos,chupetes, batitubos— 

Salía de mi humilde casita  con un entusiasmo envidiable. Caminaba bordeando mi escuela por un camino donde se atravesaban de manera frecuente: lagartijas, capones, pacazos. Generalmente llevaba un short simple, un polo blanco y mis inseparables zapatillas marca Venuslas mismas que había utilizado en todo el año escolar — . Saludaba a mi tía, y  ella empezaba a sacar de su refrigeradora marca INRESA, los bolos, los mismos que iba acomodando con delicada precisión en la caja de corcho, ideal para estos menesteres. Normalmente colocaba 30 a 40 bolos en la caja. En este tiempo el costo era en Intis, pero si hacemos una equivalencia, el costo de cada uno bordeaba los 50 céntimos.

Al salir de la casa me persignaba, como dándome las buenas vibras para obtener un magnífico día en ventas. Iba por un callejón que colindaba con la casa del señor Machuco. Me dirigía al parque central de Corrales, y empezaba el cántico característico:
¡Boooolosss. Bolos  de cola, tamarindo, piña, coco. Booooooooooolos!

Era imperante venderlos antes de las 12: 00 pm,  el hambre apremiaba a esa hora, y además por el gran calor, los bolos empezaba a deshelarse y casi nadie te compraba un "bolo aguao".
Me sentaba debajo de un árbol de matasonso, esperando a las personas que venían de Tumbes o en su defecto, aquellos que se iban  para allá. ¡Boooolosss. Bolos  de cola, tamarindo, piña, coco. Booooooooooolos!.
La primera venta era una gran emoción, agradecía a Dios; pero también ocurría un inconveniente cuando el cliente no pagaba con sencillo. Si esto era el caso, le pedía por favor al señor Gálvez o la señora Maracana, para que me cambien, no se debía perder el cliente.Ellos tenían una carretilla en el parque donde vendían golosinas.

Si las ventas no se desarrollaban como lo esperaba, podía tomar uno de estos dos caminos: irme al cuartel, donde generalmente los soldados del Ejército hacían sus ejercicios o, irme camino a Tumbes, hasta el Puente el Piojo, esperando a los  agricultores y poderles ofrecerles los bolos para aplacar la sed.
El sol era incesante, realmente era muy fuerte, sentía que mi cabeza estaba muy caliente, y a pesar de eso, mis pasos seguían fuertes y mi voz chillona continuaba:¡Boooolosss. Bolos  de cola, tamarindo, piña, coco. Booooooooooolos! durante todo el trayecto.

Varias veces me encontraba con amigos, como la Cuca, Bonilla, Marilao, la Clota, Patita de Jebe, Erin Escobedo, Quenque entre otros amigos boleros.
Muchas veces vendí todos los bolos, otras veces, me hicieron la "roña", otras veces  de la sed me comía dos  o tres bolos. También habían adultos tan palomillas, que aun estando yo cerca gritando  ¡Boooolosss. Bolos  de cola, tamarindo, piña, coco. Booooooooooolos!; preguntaban  : ¿Donde habrá un bolero? .Me ilusionaban, al final solo era una broma.

A las 2:00 pm regresaba donde la tía, y le llevaba el dinero de la venta. Por vender 40 bolos me ganaba 4 soles. Eran cuatro soles, recuerdo que una parte servían para comprarme mis figuritas del Álbum "El Mas y el Menos", un álbum espectacular; y la otra parte se la daba a mi querida madre. Ella definitivamente le daría un mejor uso. Después de dos años mi padre compró una refrigeradora, y en ese momento los bolos los empezamos a vender en casa. Empero, algunas veces me venían las ganas y salía con mi caja de corcho a seguir vendiendo los bolos. Mi niñez, pues, está gratamente marcada por las aventuras vividas mientras vendía bolos, un conjunto de anécdotas sin igual. Muy al fondo en mi alma aun hay una voz que resuena y grita entusiasmada ¡Boooolosss. Bolos  de cola, tamarindo, piña, coco. Booooooooooolos!






viernes, 27 de diciembre de 2013

LA GRAN DEYSI: CHISPA, TESON Y AMOR

Deysi nunca conoció  a su padre. Este partió a la eternidad justo cuando ella acariciaba el fértil útero de su progenitora: mi admirable tía Hilda; hermana de mi madre. Después de cuatro años de tal penoso accidente, mi tía Hilda conoce a un gran hombre mientras cuidaba a mi bisabuela Jacoba, en el distrito de La Cruz, una hermosa caleta de Tumbes. Entre el mar, el calor tumbesino y el fulgor de dos jóvenes surgió el amor, y este hombre -al que por cierto estoy profundamente agradecido por el apoyo brindado hacia mi persona- se convertiría posteriormente en su esposo de toda la vida. La pequeña Deysi, de cuatro años de edad, mostraba su gracia, su carisma y también ciertas pinceladas que iban dibujando en las retinas de los que la veían: su carácter servicial y draconiano. El abuelo Víctor y la abuela Nolberta, se encariñaron con la dulce pequeña, y plantearon a mi tía Hilda, ya con 25 años de edad, la posibilidad de que se críe con ellos, debido a que mis abuelos tenían cinco (05) hijas mujeres -Etelvina, Fredesbinda, Mercedes, Carmen y Olga-; ésta última es mi madre y que era contemporánea con Deysi. Inteligentemente mi tía Hilda aceptó, y su esposo, mi tío Santos Agustín-tio Agucho-, demostrando sincera humildad, también aceptó esta decisión.

Deysi se crió rodeada del amor incondicional de sus abuelos y de sus tías, pero que, a la luz de la circunstancias, se convertirían en sus padres y hermanas respectivamente.
Cuando empecé a tener uso de razón, recuerdo a Deysi haciendo gala de la chispa y espontaneidad que la caracteriza: "Paya, hay viene la negra tetona",  me decía.  Ella hasta ahora me dice "Paya", diminutivo de Payaso; en alusión al temor que causaban en mí, estos personajes, cuando íbamos a los circos de carpas parchadas, que llegaban con escasa frecuencia  a mi tierra natal. En estos circos era muy frecuente que hermosas mujeres, dancen al ritmo acelerado de un Mambo, o de una Guaracha; y, además, con absoluta autoridad sacaban a los asistentes a participar en cada número artístico que tenían preparado para la ocasión; resulta que una de estas damiselas, de voluptuoso y contorneado cuerpo, de desproporcionadas glándulas mamarias,  se acercaba decididamente a sacar a mi enjuto padre. Yo, impresionado, al ver esa avalancha de movimientos corporales, salí despavorido, pensé que esa mujer me iba a llevar lejos, en su circo. Mi padre salió a mi encuentro, yo me puse a llorar como lo que era: un niño de cinco años.

A esa edad, a los cinco años, Deysi había procreado tres hijos; frutos del amor desvelado por su esposo, el prosaico "Canuto", su nombre no está en ningún registro de mi pusilánime memoria, y no he me tomado la fácil misión de conseguirlo, simplemente porque quizá, impregnaría una mácula imborrable en este artículo dedicado a  Deysi. Canuto, era un hombre zamarro, procaz al hablar y sobre todo empedernido con las mujeres; solamente bastó que Deysi se enterará de una de  estas felonías, para tomar una decisión extraordinariamente firme y pétrea: separarse de él, y además no quiso verlo nunca más en su vida. Y así fue, Deysi borró todos los recuerdos de Canuto, en las fotografías de su hermoso matrimonio  y también de su memoria; y además, para sentar su carácter, Deysi decidió no aceptar ninguna disculpas, ni regalos, ni obsequios que le hacia  el insulso Canuto.

Deysi  crió a sus tres hijos ( Manuel Edilberto, Jenny Julissa, y Edita Jackeline) prácticamente sola. Vivían en un cuarto, con la abuela. Después de un tiempo, y a solicitud de mi tía Hilda, Manuel, su hijo mayor, se viene a la capital para vivir con ellos, el tenía escasos seis años de edad.

Recuerdo a Deysi como una mujer guerrera, una guerrera de verdad; no las imitaciones de mujeres guerreras que vemos en los idiotizantes programas de televisión. Deysi tiene un temple envidiable, fuerte, con valores morales muy  profundamente arraigados en su accionar. Esto permitió  criar con decisión a sus dos hijas;  las mismas que no comprendían en ese momento el porqué de esa forma de ser, pero ahora ya crecidas, veo signos de agradecimiento y asombro hacia su peculiar madre.
Deysi también es el signo y estandarte de la solidaridad con el otro-como mi amada madre- .Que tal tempestad de amor, vocación de servicio y ayuda al enfermo, al pobre, al mendigo y en realidad a cualquier persona. Deysi  puede asear a un mendigo que lo necesita, con similar dedicación y entusiasmo que lo haría  a su madre o a cualquiera de sus hijos, si es que estos no pudieran hacerlo. Es el amor que ha sufrido una metamorfosis extraordinaria y se ha convertido  en mujer, amor de verdad, amor sincero, amor sin esperar nada a cambio; es el buen samaritano de la parábola, de una parábola real.

Recuerdo que a partir de mis once años, todos los domingos, después asistir a la misa y ver el desfile militar en la plaza de armas de Corrales, toda la familia llegaba a la casa de la abuela: mi tía Etelvina y mi tío Pepe -q.e.p.d- ; mi tía Fredesbinda y mi tío Tito; con la mayoría de sus hijos; mi madre y mis hermanos; es decir cerca de 15 personas, visitábamos a la abuela, era unas reuniones muy amenas y divertidas. Yo me subía a unas motos o bicicletas, que algunas personas dejaban al cuidado de mi abuela.Mientras yo iba al corral a buscar algún huevo de gallina, o subirme a la planta de guanábana para sacar algún fruto; se suscitaba en mi endeble  pensar un cúmulo de preguntas sobre como iba hacer Deysi para alimentar a tanta gente; empero ella lo hacía con desinhibida naturalidad. Deysi desafiaba las leyes de la materia; de la nada, hacía poco; y de lo poco hacía mucho; en resumen, de la nada hacía mucho;  creo sinceramente que  Dios le regalaba el arte de hacer los alimentos con un toque especial, con alguna sustancia que permitía que tu estómago se sacie y, además, con lo justo y necesario para todos, para todos, incluyendo los gatos. Su sazón era extraordinaria, le colocaba el mejor sazonador del mundo: El Amor.
Si a esto le sumamos que Deysi tenía un problema de visión, que le impedía ver nítidamente las cosas, esta actividad tornasola entre la magia y la realidad.

Deysi hizo un negocio en la casa de abuela, vendía sus papitas rellenas, su agua de manzana, sanguches de jamonada, caramelos, etcétera. Eso le permitía sacar adelante a sus hijos ¿y Canuto ?  ¡No se oye padre!
Por las tardes empezaban los preparativos de los alimentos, y por las noches los expendía con ayuda de Jenny o Jacky, ellas se turnaban para atender. El entusiasmo de cada venta era notorio, sus ojos brillaban de alegría, haciendo un mágico y hermoso contraste con la luz de la vela, o el lamparín a kerosone, que usaba para alumbrar el lugar donde se ejercía esta actividad, ya que era muy frecuente la ausencia de energía eléctrica en Corrales, por aquellos melancólicos tiempos.

Vienen a mis memorias, los momentos en que las pequeñas hermanas discutían frecuentemente por cosas innecesarias, propias de los adolescentes. Yo veían en el rosto de Deysi, una faz acongojada cuando esto ocurría. Ella tenia un cuadro de un  niña que estaba llorando. Era un cuadro bien tétrico, era una niña  de cabellos castaño, ojos verdes y una mirada que irradiaba un sentimiento muy extraño. Deysi escuchó algunos comentarios aduciendo que  por ese cuadro, las hermanas se peleaban; así que decidió fiel a su estilo, romper ese bendito cuadro; y aunque parezca mentira las cosas desde ese momento empezaron a cambiar entre las hermanas Jenny y Jacky.

Recuerdo también las infatigables noches de tertulia y cháchara que sostenía junto a mi  entrañable tía Ñaña. No importaba el desenfado y el atrevimiento de los incómodos zancudos, los mismos que aprovechaban un pequeño descuido para impregnar su aguja ponzoñosa y robar algunos milímetros cúbicos de la apreciada sangre de Deysi ¡Ay valienta Pucta! era la expresión entre  cólera y risa, ante una picadura de estos perversos insectos, mientras se rascaba con desmedido afán . El carácter risueño, la forma de hablar  y expresarse siempre en broma, involucrando a cualquier persona que pasaba cerca de la casa; hicieron que a Deysi y a mi  tia Ñaña les pusieran  las Vidales.¡ Hola Vidal!  ¡Que tal Vidal! se decían entre ellas al momento de saludarse y prácticamente toda la conversación  entre ellas, giraba en torno a la broma, la risa y al sarcasmo saludable.  Científicamente está comprobado que la mujer necesita hablar y platicar para menguar el estrés y las vicisitudes de la vida; creo que Deysi, sin querer ejercía de manera pragmática esta teoría, lo que le valió ver su existencia y la realidad que atravesaba, con los incólumes lentes de los sabios, es decir, visualizando la vida con gran resolución humana y dogmática.
   
Deysi encontró la compañía de un gran hombre, pero siempre guardó la calma y con cauto reparo se mostraban juntos, pasó mucho tiempo para que ambos puedan ser albergados por un mismo techo.A este hombre de dócil carácter, trabajador y que mostraba profundo amor a los hijos de Deysi, le estoy muy agradecido porque logró salvar a mi madre de una muerte segura, mientras se iba ahogando en el Sifón, un lugar en el recorrido del canal de irrigación con cierto peligro para bañarse .

Deysi logró conseguir un trabajo en una escuela. Se levantaba antes de que cante el gallito chileno que tenía mi abuela, para preparar el desayuno y dejar listo el almuerzo, para sus hijas; este trabajo insufló en Deysi un alivio económico importante, ella es una trabajadora muy eficiente. Recuerdo que querían reducir personal y las autoridades la coaccionaban para que renuncie de manera voluntaria, y a cambio iba a recibir una fuerte suma de dinero como compensación económica. Si no lo hacia - renunciar voluntariamente- de todas maneras la iban a despedir porque era un modus operandis de la obcecada administración de educación de aquella época. Deysi nuevamente mostró el carácter recio, el temple y la fortaleza que se necesita ante estas circunstancias; simplemente dijo ¡NO!  ¡si me quieren despedir, que me despidan, pero yo no renuncio! expresó escuetamente. Sabia decisión, y una lectura clara de la vida, el problema de visión que tenía, no le impidió visualizar la verdadera razón de este atropello inicuo.Ella conservó su trabajo, y las amistades que por miedo tomaron la decisión equivocada, se lamentan por tal craso error, y felicitan, admiran y hasta envidian sanamente a Deysi.

Deysi también tiene una imaginación envidiable. Recuerdo que en mayo de 1992, yo participaba en un concurso de matemáticas a nivel distrital representando al glorioso Colegio Nacional  7 de Enero. El examen se desarrolló en  la biblioteca municipal y yo estaba sentado en un lugar cerca a la puerta. Deysi ha pasado, me ha visto, ha preguntado que hacíamos allí; y ha ido a la casa de mi abuela con la noticia de que a mi me estaba saliendo humo de la cabeza, de tanto pensar; ¡he visto al paya que le salía humo por el cerebro! Expresaba con su carcajada característica. A la luz de los hechos se ha comprobando que el trabajo intelectual genera mayor interacción entre las neuronas, originando que se eleve la temperatura del cerebro; sin embargo, no es lo suficientemente intensa para  generar humo, como expresaba Deysi con su imaginación.

Deysi sacó adelante a sus tres hijos,  inculcando los valores prístinos desde pequeños, y aun sigue evangelizando con su amor, su esfuerzo, su alegría, su chispa innata y su envidiable palomillada. Deysi cuidó a mi abuela desde siempre y hasta su inusitada muerte; cuida a mi tío Chito en estos momentos donde la salud es precaria; sin embargo  y a pesar de esta coyuntura, Deysi le saca unas sonrisas a mi tío, es decir, le hace pelar las muelas -como decía mi abuelita- .Hoy que estoy crecido y veo a su hijos, sólo puedo expresar algo que decía  nuestro señor Jesuscristro: "Por sus frutos los conoceréis". Son hijos agradecidos, bondadosos y encarrilados por el bien. Deysi siempre te va corregir si es que estás actuando mal, y es que, así como los profetas, lleva ese fuego en la sangre para  ensalzar las cosas correctas y denunciar las cosas que ella con su gran  visión humana, considera que está mal. Deysi es una mujer que ha sido creada por Dios con el barro del amor, la lealtad a la palabra, la firmeza, el esfuerzo, la palomillada a flor de piel, el apodo perfecto para cada ocasión -si no, que lo diga Enrique el popular patillo- ; a mi hijo, el menor sin conocerlo le ha puesto Abel Meque; y otros cientos de apodos que ha puesto con su singular imaginación.
Llevo en mi corazón la imagen de esta gran mujer, de esta prima mía.Siempre andaré por el mundo diciendo: ¡la Deysi, es la Deysi; la Deysi no cree en nadie! Para resumir su carácter y su forma de tratar la vida.Ella ve la vida con una sabiduría heredada de la abuela, ella ve la vida como es : simple y sencilla; con un claro objetivo: ayudar a los demás. Deysi solamente te pido un gran favor, que cuando vaya a Corrales, al esperado Matrimonio-Bautizo-Cumpleaños, no me agarres del copete,no  lo pongas hacia atrás,  y con tu otra mano, no  me des una palmada en mi amplia frente, y no me vuelvas a decir  como antaño: ¡ Paya frente Playa!.




domingo, 15 de diciembre de 2013

MI AMADO TIO CHITO



Por estos tiempos, en navidad, hace diez(10) años, es decir en diciembre del 2003, regresé a mi hermosa tierra natal, después de un período de ausencia considerable. Fui acompañado de la hermosa mujer que posteriormente se convertiría en mi esposa y la madre de mis tres(03) hijos. Recuerdo  que llegamos un día 23 de diciembre, fue una sorpresa total y, obviamente, imagino  que mis familiares, así como yo, se emocionaron en demasía.

Mientras nos adaptábamos al calor característico de Corrales, íbamos haciendo algunos preparativos para la cena navideña. Ya en la ceremonia, mi queridísimo tío Chito -Wilfredo es su nombre y es hermano de mi madre-  hace uso de la palabra. Su voluntad y su entusiasmo sorprendió a muchos, porque él, al igual que yo, tiene cierto reparo al momento de hablar ante mucha gente. Comenzó hablando de lo feliz que sentía de compartir con los presentes, quizá su última Navidad, y más alegre aún,  debido  a que su sobrino, el pequeñín, el hijo mayor de su hermana menor haya regresado hecho un joven, ya con veintiséis(26) años de edad.

Quiero compartir con ustedes la importancia de las relaciones familiares para los niños, y como éstas van enhebrando a través del tiempo, sentimientos de unión, de pertenencia, de afecto y de amor verdadero.

Después del terrible fenómeno de “El Niño” de 1983  mi familia se trasladó a la casa de mi abuela materna: “La mamita”. Yo tenía cinco (5) años, y en mi frágil memoria se almacenan recuerdos no muy gratos de lo que puede hacer la madre naturaleza. En la nueva casa me sentía muy querido tanto por mi abuela —a pesar de su rigidez y su disciplina—  y también por mi tío Chito. Recuerdo que acariciaba mi pequeña cabeza con sus manos empapadas de agua para contrarrestar los efectos del incesante Sol. Por las tardes veíamos una serie de vaqueros en su inolvidable televisor de 24 pulgadas blanco y negro,  mientras comíamos mangos, o sandías, o zapotes,  o algún guineo (plátano de seda)  que tenía en su mesa de nogal.

Cuando tenía entre los ocho (8) y diez (10) años de edad, en tiempo de cosecha, íbamos  a su fértil chacra; el camino hacia allá era toda una aventura que hoy trato de describir emocionado a mis hijos.  Subíamos a los burros que él había alquilado, cruzamos “la variante” —especie de canal de irrigación — y llegábamos a la chacra donde él sembraba maíz y/o  arroz, según la estación. Si la cosecha era de maíz, regresábamos de la chacra con dos (2) costales; uno al lado izquierdo y el otro al derecho del asno. Yo me subía en uno de ellos y lo dirigía  hacia la casa de la abuela, donde se había acondicionado un ambiente como almacén de los sacos, que luego los rompíamos y las hermosas mazorcas quedaban expuestas.

Se esperaba un determinado tiempo, y se iniciaba el proceso de desgrano. Cada uno de los primos tenía una lata de metal —eran latas vacías de aceite— donde colocaba el maíz desgranado. Mi tío nos pagaba por el trabajo realizado, y para ser sinceros, aquella actividad no significaba un trabajo, era una diversión. Por otro lado, si la cosecha era de arroz, el destino era el vetusto molino de mi distrito.

También recuerdo que compró dos(2) chivos y me encargó que los cuide. Esta actividad principalmente consistía en alimentar a los animalitos y para eso tenía que llevarlos a pastear. Es así que en las vacaciones mi tarea era llevar a los chivos por las inmediaciones de su chacra para alimentarlos. Al final logré encariñarme demasiado con los animalitos, que después no quería comer su carne, en un rico seco de cabrito brindado como ágape en un cumpleaños de un familiar.

Mi tío gustaba de verme jugar en la plaza central de Corrales, aunque parezca mentira, yo era muy hábil con el balón. Hacia la bicicleta, guachitas, y dominaba” la gordita”;  a veces jugábamos sin zapatos y las sandalias que llevábamos las poníamos una en cada brazo a la altura del codo, como simulando unas aletas. Recuerdo que mi  tío les comentaba a sus amigos que yo me llamaba Zico y que iba ser un gran jugador, como el magistral futbolista brasileño Artur Antúnez Coimbra; creo que a estas alturas de mi vida, ese sueño no se hará realidad.

Recuerdo estar cerca  junto a mi madre cuando mi tío sufrió un accidente, lo llevaron de emergencia a la ciudad de Piura. Recuerdo que yo sentía mucho dolor, cuando pensaba  que se iba a morir. No quería que se vaya de este mundo, no quería que se vaya  sin que me viera grande, ya crecido.

A los doce (12)  de edad mi familia se trasladó a vivir cerca de la quebrada y del canal de irrigación. En tiempo de vacaciones, casi todos los días me bañaba en el canal, eran momentos de felicidad plena, de alegría sin igual, con mis entrañables amigos: “la matraca”, “Julio Antón”, “el ratón”, “pelé”, “el uñón” entre otros; durante esos maravillosos días yo veía  pasar a mi tío rumbo a su chacra muy temprano al despertar de la mañana, así como lo veía regresar, en el ocaso del día. ¡Zicolate, cuida a tu madre! me decía siempre.

Mi tío es un hombre de campo, honrado, sencillo, humilde, taciturno, sin afanes materiales; él nos dió—con la gratuidad de los sabios y los hombres que trascienden— un afecto muy especial tanto para mis hermanos como a mí, del cual estamos profundamente agradecidos. Vive sosegado, quizá con los achaques propios de la edad, pero cuando lo llamo, su voz resuena como la más sutil brisa que gratifica el alma, su voz me trasmite alegría y felicidad.

Hoy mi tío, tiene casi  ocho  décadas de vida, está alejado de la chacra, a la que le dedicó toda la vida. Su salud no es la mejor, pero tiene el ánimo y la fortaleza que caracteriza a los hombres de campo.

Creo que estoy en su corazón, no sé si con la intensidad con la que él está en el mío. Los cuentos que le describo a mis hijos comienzan con: "Había una vez en una tierra muy lejana un niñito, que tenía un tío que lo quería mucho; se iban a la chacra a cosechar maiz...". Mis hijos lo quieren conocer, muy pronto yo tendré nuevamente la gracia de estrechar su mano y darle un fuerte abrazo.

Que suerte la mía de haber tenido a mi lado personas que han ido formando mi carácter, mi pensar, mis afectos, mi conducta, la respuesta ante la vida y la naturaleza, una de ellas es mi amado tío Chito.

Pronto nos veremos, pronto el personaje central de los cuentos de mis hijos tomará vida, y ellos al igual que yo, nos sumergiremos en una alegría casi infinita, y como el final de los cuentos para niños, todo será felicidad.










 

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