¡Faltó poco! “Pucha”, faltó poco menos de dos meses. Esperábamos este 10 de diciembre, con cauta alegría, pero de todas formas lo esperábamos…¡no hay duda de eso! Los ángeles que te cuidaban y atendían con tanto cariño y comprobado amor, lo esperaban con más emoción. ¡Quién más que ellos para alegrarse por ti!, de todo corazón, por tus 18 lustros de vida o 9 décadas, o como mencionabas, por tus 90 años. ¡En fin! La vida es así, o mejor dicho, la muerte...¡Madre! ¿Cómo estás? ¡Levántate! ¡Ya son las ocho de la mañana! Acabo de llegar de las terapias, las programé a las 06:00 a.m. Así no interrumpo ni comprometo la chamba.
. ¡Ah ya! Está bien ( bostezando).
¡Madre ha fallecido mi tío Chito! (tuve que decirle, tal como le dije cuando falleció mi padre: sin anestesia, suave,
pero firme…su rostro desencajado).
¡Y el llanto que lacera!…Observar a una hermana llorando por la muerte de su hermano ¿¡Cuántas vivencias!? ¿¡Cuánto cariño compartido!? Me pregunto conmocionado. El pasado divaga en mi mente… Esa mujer que llora, esa hermana que llora ¡es mi madre! En ese raudal de llanto, la memoria juega ha causarnos más dolor: Recuerdo la vez que mi madre por casi 30 días, allá por los años ochenta, dejó hijos y esposo, para acompañar y cuidar a su hermano en el Hospital de Piura; debido a que él había sufrido un asalto que casi lo lleva a la muerte,. Mi madre se fue con él, atendiéndolo... Él estaba grave. De verdad, no entendía porque nos había dejado para cuidar a su hermano, ¿por qué no fue otra persona? Me preguntaba…no entendía; claro que no entendía, porque solo tenía siete años, ¡qué iba a entender! Luego, ya crecido, conseguí comprender. Esa fuerza tan grande, esa fuerza que te impulsa a realizar ese sacrificio se llama amor, amor de verdad, amor a su hermano.
La memoria sigue jugando e hiriendo: Recuerdo a mi madre atendiendo a mi tío, curando las heridas en sus pies y piernas mientras lo visitaba en Corrales. Los pies de ese campesino se habían deteriorado por las innumerables veces que, en el fragor del sembrío de arroz, introducía sus extremidades en el barro, en el charco, en la poza, donde germinaba ese bendito grano. Ningún familiar quería hacerlo, o casi nadie; mi madre rompía esos tabues delicados y estéticos…ella atendía a mi tío, sin prejuicio. Su formación de auxiliar de enfermería contribuía a esa vocación de servicio. Posteriormente, ya desde Lima le enviaba religiosamente y muy emocionada su encomienda con varias cositas que iba comprando durante el mes. Yo era testigo privilegiado de ese derroche de amor y generosidad.
Mi madre sigue llorando. Me acerco, la abrazo, le hablo suavemente.
¡Ánimo, Madre! ¡Mi tío ha estado bien cuidado! ¡Son 90 años, madre!
-¡Si, hijito! El Chito ha estado bien cuidado, con mucha dedicación (llanto).
¡Así es madre! Estos últimos ocho años, mi tío ha tenido la bendición más grande que un ser humano puede tener cuando llega a la vejez. Contar con personas que lo atiendan a cada instante. Y ojo, que no son sus hijos, sino sus sobrinos, pero para mí son más que hijos. Ellos han estado pendientes de él, lo han alimentado, cambiado, bañado, aseado, le han dado sus medicinas, le han alegrado la vida. ¡Dios ha sido bueno, muy bueno! Dios no es teoría, no es una entelequia, no es una vanidad oral. Dios se manifiesta en acciones, y acciones concretas de amor al prójimo. Dios se manifiesta con personas para las personas. Y aquellas que son instrumentos de su amor, son bendecidas por su sacrificio y preocupación permanente.
-Así es hijito. Por eso Dios bendice y bendecirá siempre al Negro y la Deysi por estas acciones.
Así es madre, pero la Deysi con esa proyección divina, ya se había preparado para este momento. El Negro siempre apoyando con su fortaleza y amor fraterno para con mi tío. Tu hermano fue un hombre de campo, honrado, sencillo, humilde, taciturno, sin afanes materiales; él nos dio—con la gratuidad de los sabios y los hombres que trascienden— un afecto muy especial tanto a mi como a mis hermanos, del cual estamos profundamente agradecidos y lo sabes muy bien. Mi tío, a pesar de su inactividad al final de sus días, vivió con una lucidez sorprendente, cuando lo llamaba me preguntaba por Víctor Daniel, Rut María, por Abel David.
Creo además, que la Deysi cumplió una promesa hecha a la Mamita: ¡Cuidar de mi tío hasta su deceso! y así lo hizo. Pero no lo hubiera logrado sin la ayuda fundamental del Negro: Alfredo Serna Balladares. Hubieron familiares que también lo apoyaron en diferente medida, pero sin duda, no nos vamos a comparar con el gesto sobresaliente de estos dos seres humanos.
Ahora mi tío está descansando, ma.
-¡Así es hijito!
- ¿Ya estás mejor?
- Sí, ya estoy mejor.
Alístate pronto, debes ir a visitar a mi tío, en su última morada.
( Adiós Tío, más luego te hablo en el momento oportuno).