domingo, 5 de abril de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO: CUARTO AÑO

En el año mil novecientos noventa y uno (1991), cursaba  el cuarto año de educación secundaria. Se podría decir que estábamos en el prólogo del epílogo de esta extraordinaria relación con mi gran Colegio Nacional 7 de Enero. Si, este feto cognitivo ya bordeaba, estimo yo, —haciendo una metáfora con el desarrollo pre-natal— los  siete (07) meses de gestación. El cuarto grado de educación secundaria impregnó en mi endeble memoria y en mi taciturno corazón, varias emociones juntas. En ese año también ocurrió la huelga del magisterio más larga que se ha producido hasta donde tengo conocimiento.

En aquel año la primera vez que asistí al centro base C.N 7 de Enero fue  después de dos semanas de retraso. Un lunes, si, fue un lunes, un lunes de otoño, aunque en mi querida tierra, siempre es verano, siempre la majestuosidad del astro rey se deja sentir,  siempre es alegría. Ese lunes, como todos los lunes, iniciábamos con el izamiento del  sagrado pabellón nacional. La auxiliar encargada de la ceremonia se percata de mi presencia—no sé cómo, porque yo siempre pasaba desapercibido—  y me invita a izar el pabellón nacional. Con la sinceridad de siempre, debo decir que me llené de ínfulas. Si, de esas que te hacen inflar el pecho—aunque yo era tan flaco que no se inflaba nada— pero me alegré gratamente por tener ese privilegio de izar por vez primera el pabellón nacional en mi gran colegio. Todos los compañeros guardaban el respeto propio de la ocasión, aunque siempre estaban los compañeros que hacían bromas para deleite de todos.  Mientras mis manos cadenciosamente se desplazaban de arriba hacia abajo con el objetivo de elevar nuestra bandera hasta lo más alto, mi mente soñaba e imaginaba que yo era alguien importante. Si, alguien de quien mis amigos y compañeros se sientan orgullosos, sobre todo, por el esfuerzo, la humildad, la honradez y la capacidad de hacer el bien a los demás. Esta misma sensación la tuve hace poco, cuando en mi anterior trabajo, en un importante ministerio, se me invitó a izar el pabellón nacional. La única diferencia es  que ya no soy el adolescente enjuto y de rostro fino, ahora  estoy gordo, canoso y con las marcas del tiempo en mí no agraciada faz.

Ese año,  la dirección del colegio decidió que todas las secciones del cuarto grado de educación secundaria pasen al turno de la tarde. Aunque parece baladí este accionar, al menos a mí, y sé que a varios compañeros les cambio toda la rutina y fue muy difícil adaptarse. Esto debido a que los tres primeros años, nuestras clases habían sido en la mañana. Adicionalmente a este cambio abrupto, hubo otro muy significativo: el nuevo profesor del curso de Agricultura.

Algunos púberes habíamos seleccionado como curso técnico, el curso de Agricultura, sobre todo porque era un curso donde no pedían materiales, ni cosas cuyo valor no estaban contemplado en el precario presupuesto familiar, sólo nos pedían nuestra fuerza motriz para preparar la tierra y sembrarla. También, el profesor del curso —en tercer año—,  Ricardo César Espinoza Yacila —q.p.d.g— era un docente que daba un trato muy especial al alumno, te hacía sentir como en casa, y la relación con él se aproximaba al lindero de la amistad. Pero en cuarto año eso cambio por completo. El profesor del curso de Agricultura fue Isaud Dios Barrientos, pero nosotros lo conocíamos como “Chelo”. La primera sesión que tuvimos con el profesor Chelo, que fue un jueves nos dijo lo siguiente:

Señores, yo soy su nuevo profesor de agricultura, y conmigo aprenderán a sembrar la tierra de verdad. Aprenderán a sacarse la mugre, tal como trabajan nuestros hermanos campesinos. Yo no soy su padre, ni su amigo, soy su profesor, así que conmigo labrarán la tierra con esfuerzo y dedicación […]” (sic).

 Esas frases fueron suficientes para darnos una idea de cómo se iban a desarrollar todos los jueves, porque el curso había sido programado los días  jueves, todo el día, de 1:00 pm a  6:00 pm.
Luego de una pequeña charla introductoria acerca del origen de la Agricultura, y la forma como ésta había ayudado a la humanidad, empezó la acción. Éramos como cuarenta (40) alumnos, el profesor nos dividió en   cuatro (04) grupos  de diez (10) personas, y nos asignó nuestro primer trabajo: limpiar la maleza de una parcela. Agarramos lampas, trinches y rastrillos, y sinceramente fue un día traumante, porque el profesor Isaud, se comportaba como un latifundista que exigía a sus siervos campesinos a trabajar sin detenerse. Varios terminamos con ampollas en las manos y con nuestros uniformes sucios. Después de ese día lamenté haberme metido al curso de Agricultura. Sinceramente, cuando la luz del día miércoles se trocaba en penumbra, mis ánimos decaían, porque se venía el inevitable día jueves. Los días jueves fueron tan estigmatizantes en los dos primeros meses, que podríamos decir que en “esos jueves, los húmeros me ponía a la mala, y jamás, como esos días, me volvía a verme sólo...”. Con el transcurrir del tiempo, nuestros cuerpos adolescentes se acostumbraron al trabajo draconiano. La imagen de sátrapa que había formado el profesor Isaud en nosotros, se fue desvaneciendo poco a poco, con las interacciones semanales. El ojiverde profesor Chelo, es un profesor completo. Domina su curso, exigente cien por ciento, además es artista, toca guitarra, canta, compone muy bien y sobre todo nos brindaba consejos que al menos para mí me han ayudado y me siguen ayudando hasta ahora:

 “El esfuerzo siempre te lleva al éxito”, decía.

El profesor Chelo nos hizo crear parcelas en nuestros corrales o en algún lugar de nuestras casas donde se pueda sembrar, y decía:

Voy a pasar por sus casas para ver si están sembrando sus parcelas”.

Yo hice mi parcelita, donde sembré culantro, lechuga y rabanito. También  sembré una planta de plátano de manzano, que me dio mi tío Pepe ( q.p.d.g) de su chacrita.  El profesor Chelo en ese tiempo vivía  en el centro poblado de Buena Vista Baja; para ir al Siete de Enero tenía que pasar por mi casa, definitivamente iba a ver mi corral y se iba a percatar si es que había o no una parcela, es decir, yo no tenía otra opción que hacer mi parcela y sembrarla de inmediato, y así fue.
Recuerdo que  un día nos reunió y nos dijo:

“¡Muchachos, quiero que vayan a recoger algarrobas, necesitamos darle de comer a los cuyes.  Pero con una parte de esas algarrobas vamos hacer una pócima ya no ya!

 Efectivamente, recogimos las algarrobas, y el profesor Chelo ya tenía dos latas vacías de aceite  (capri)  y que las había colocado en una pseudo cocina de leña, estaba haciendo hervir agua, de repente me dijo:

 “Usted, señor, —el profesor no me llamaba por mi nombre ni apellido—  de su saco de algarrobas saque la mitad y lávelas bien.”

Yo seguí al pie de la letra lo encomendado, y luego, el profesor tomó las algarrobas lavadas y las echó en las latas que simulaban ser ollas. Después de diez (10) minutos echó el contenido de dos latas de leche gloria, e hizo el siguiente comentario:

Haber señores, escúcheme con mucha atención, ustedes van a probar el más delicioso manjar y sobre todo el más nutritivo alimento. Esto tienen que hacerlo en sus casas, para que crezcan sanos y vigorosos. Ustedes están en pleno desarrollo y necesitan alimentos que les den fuerza y vigor. ¿Ven esos cuyes?. Ellos comen algarrobas siempre, por eso estos animalitos nunca se cansan, siempre tienen energía, casi todos los días tienen relaciones sexuales,  siempre son fértiles, 5 o 6 crías, varias veces al año. Ustedes van a tomar esta pócima y después de esto, saldrán poderosos, para el trabajo que toca hoy en nuestra parcela. Lo único que les pido  es que saliendo del colegio, no busquen a ninguna dama de vestido plomo y zapatos de charol. ”  

Todos los muchachos soltamos la carcajada, varios de los púberes presentes empezaron a señalarse, mientras pelaban las muelas, porque como es sabido, la mayoría de adolescentes en ese tiempo, tenían su primera experiencia sexual con aquella dama de vestido plomo y zapato de charol, es decir, con una burra o pollina.

Una vez el Profesor Isaud nos dejó un trabajo acerca de los tipos de suelos —suelo arenoso, arcilloso, limoso, etc. —Teníamos que hacer una muestra de cada uno  de ellos.  Recuerdo que pase casi dos días  recorriendo la quebrada y los cerros aledaños a mi casa, e inclusive fui hasta el cementerio, para sacar las muestras de esos suelos. Luego, conseguí un tripley viejo de 50 x 40 cm, lo lijé bien,   y lo barnicé. Coloqué las muestras de suelo —recuerdo que eran doce (12) tipos diferentes— cada una en una bolsita de bolos, y las engrampe en el tripley.  Cuando presentamos el trabajo, sólo dos alumnos pudimos hacerlo, y el profesor Chelo se quedó gratamente sorprendido por mi trabajo, que en realidad fue respuesta a la exigencia que él había estampado en mi accionar.

En ese tiempo, la mayoría de compañeros  de mi sección  cuarto grado “C“ tenían entre   quince (15) y dieciséis (16) años, sólo dos alumnos teníamos trece (13) años—al menos hasta mitad del año— esos alumnos éramos Francisco Benedicto Yacila Lomas y yo. Yo veía con cierta envidia como crecían mis compañeros, nosotros nos quedamos pequeñuelos, y es que aun nuestro proceso de desarrollo no había empezado. Las púberes de mi salón estaban radiantes, estaban hermosísimas, tenía una gracia y un candor especial, irradiaban feromonas a raudal. Mi pequeño corazón se inclinaba por una tierna muchacha, que no describiré su nombre. Carita dulce y redondeada, contextura ligeramente gruesa, tamaño medio para la edad, y una sonrisa que dibujaba la bondad y ternura de su corazón. Hasta en ese año, nunca fui capaz de pronunciar ninguna palabra que delatara este incipiente sentir por la muchacha. Empero, nuestras miradas adolescentes se entrecruzaban, nuestras retinas compartían el mismo haz de luz, y nuestros pensamientos por momentos fugaces y sublimes compartían un mismo pensar. 

Otro de los cursos nuevos, por decirlo así, fue el curso de Psicología a cargo de un enjuto profesor: Domingo Farías Estrada, este profesor tenía un estilo particular. Apenas empezaba su sesión nos tomaba una prueba oral, eran cinco o seis alumnos los afortunados en salir a responder las preguntas del profesor, preguntas de la clase anterior. También en cada clase nos dejaba con las ansías o el interés de aprender la siguiente. Por ejemplo,  recuerdo que en el segundo bimestre abarcó el tema del desarrollo psicológico del ser humano — descritas en las etapas de la  infancia, niñez,  adolescencia, juventud, adultez y senectud—  cuando ya había terminado la etapa de la niñez,  expresó:

La próxima clase voy a describir como son ustedes, que les gusta, que no les gusta, cuales son miedos y que es lo que quieren hacer, porque son así y porque son rebeldes […]”

Con esta frase la gran mayoría de nosotros pusimos mayor atención en las clases siguientes, debido a que nosotros (o al menos la mayoría)  estábamos pasando por un etapa de cambios sustanciales.
Justamente en esta etapa de la vida—la adolescencia— pueden ocurrir dos cosas, o te conviertes en un rebelde del sistema — el sistema formado por tu familia, tus amigos, tus profesores, tus autoridades— o te conviertes en la persona abanderada de la justicia involucrándote en situaciones justas o injustas pero que en definitiva necesitan de tu apoyo y sobre todo de la adrenalina y la testosterona que en esta etapa tenemos en demasía.  Recuerdo que mi compañero Roberto Rugel Zevallos, más conocido como “Vayo”. No sé porque le decimos así, quizá por el frejol o por una contracción de su segundo apellido.  Vayo en ese tiempo era un zagal taciturno, tranquilo y callado. Vivía en el centro poblado de Buena Vista Alta, formado en el calor de un hogar humilde, con padres que amaban a la tierra tanto como a sus hijos.  En setiembre de ese año—1991— Vayo tuvo un percance académico. Las autoridades académicas le notificaron que él no debió estar en cuarto año, sino en tercero. Aparentemente había tenido un problema en la rendición del examen de quinta nota—que se tomaba en marzo—  en un curso y que por esta razón debía perder el año. Vayo comentó su inconveniente al profesor Clemente Chávez Mego, nuestro profesor de Lengua y Literatura. Chávez Mego era un profesor con una gran elocuencia y capacidad de oratoria, tenía un marcada tendencia socialista y estos temas relacionados con la injusticia le animaban el espíritu  y lo trocaban en el mesías que cualquier maltratado por el sistema necesitaría ante un problema de esta índole.  Es así como promovió una marcha hacia la Zona de Educación de Tumbes. La mayor parte de compañeros del cuarto grado “C  “ fuimos hacia Tumbes. Él corrió con los gastos de movilidad.  El líder de ese grupo de mancebos era yo. Fui seleccionado por todo el populorum para hablar delante de la dirección a explicar la tropelía  que le estaban haciendo a mi compañero Vayo. Al regresar, fuimos al colegio, obviamente llegamos tarde. El Director Jaime Espinoza Ulloa me llamó a la dirección y me dijo:

Cómo es posible que tú, Zico, hayas tenido el atrevimiento de ir a la Zona para dejar mal a tu colegio, a nuestro colegio, tú que eres el primer alumno, cómo te puedes comportar así. Cómo te dejas manipular. El problema de tu compañero ha sido un problema compartido, tanto de él como de la dirección académica. Ya habíamos tomado la decisión de apoyarlo. Voy a llamar a tu madre para que venga a conversar conmigo […]”

El único sustento que di es que un yo siempre voy a defender la justicia, la verdad y a las personas que más lo necesitan. Eso me enseño mi abuela Norberto Zárate Rugel, y eso, gracias a Dios sigue orientando mi camino, ahora que ya acarició las cuatro décadas.

Marcos Antonio Dios Henkell fue también uno de los grandes profesores que tuvimos. Él nos dictó el  curso de Matemáticas. Cada vez que tengo la oportunidad  de comentar mi historia, de cómo así  tuve la oportunidad de ingresar a la universidad, siempre me brota del corazón hablar del profesor Marcos Antonio. El profesor Marcos es un hombre sencillo, amable y con un tono de voz que calá en tu alma y te da tranquilidad, es de aquellos que han descubierto y aman su verdadera vocación: el ser maestros de verdad. Así es,  gracias a Dios tuve la oportunidad de ser seleccionado para representar a mi salón en un concurso de matemáticas entre todos los salones del cuarto grado. Afortunadamente quedé como uno de los chicos que íbamos a representar al colegio en el concurso distrital, junto con la extraordinaria alumna Elizabeth Asencio Yacila. Es allí donde empezamos a tener una vinculación académica más intensa. Es como tener a un profesor de matemáticas siempre a tu disposición y el profesor Marcos realmente me tenía demasiada paciencia, porque yo siempre he sido una persona que no aprende muy rápido. A veces teníamos que salir de otras clases para asistir a las clases superintensivas de matemáticas y recuerdo a mi compañero Francisco Yacila Lomas decir:

Oe paya, no estudies tanto on, te vas a volver loco…” 

Yo le comenté algo que había escuchado acerca del uso del cerebro, y le dije:

Oe Jero, nosotros no usamos ni el 10% de capacidad del cerebro. Debemos de explotarlo.”

Para la mayoría de  compañeros, yo me iba a volver loquito con tanto número, aunque hoy, para mi adorada  esposa, mis pequeños hijos, mi madre querida  y algunos amigos cercanos, sólo me separa una línea delgadísima con ese estado de  creatividad e innovación aun no comprendido.  
Recuerdo que en ese año singular se produjo la mayor huelga magisterial, realmente nos produjo un atraso significativo, pero creo que las demandas de los profesores eran justas, ellos tenían una paupérrima remuneración. Una de las consecuencias de los aproximadamente cuatro meses de huelga, fue que debíamos estudiar hasta febrero del año 1992. Ese tiempo fue realmente un tiempo muy divertido, el advenimiento de los carnavales eran aprovechados por los alumnos para mojar, empolvar y embetunar   a los compañeros.  Recuerdo que una vez estábamos sentados en el parque de Corrales, la lluvia intensa había formado un charco considerable al frente de la iglesia; Patricia Saavedra Nathals,  tuvo la mala idea —para ella— de mojarme. Todos los amigos míos,  se mofaban, se burlaban de ese acto temerario. Bueno, tenía que salvar mi honor, y lo que hice fue agarrar a mi amiga Paty—la cual estimo y aprecio — la alcé en peso y la metí en el charco. Sí, la tumbé y empecé a echarle agua con mis pies, mis zapatos estaban mojados con esa caliente y turbia agua. Paty sale aturdida ante el escarnio y la mofa de los asistentes, y exclamó: “Zico con%&$adre…eres una ca#&ada”  matándose también de la risa, mientras trataba de expulsar de sus labios morenos, el agua que se le había metido en la boca. En otra ocasión mi compañera Anita Rosillo Aguayo, se le ocurre echarme talco en la cara, cuando estábamos en un receso del curso de religión. Lo que hice fue agarrar una porción considerable de betún Nugget  y le eché en su rostro, creo que exageré con el betún, me llevaron a la dirección y lo único que dije fue que tenía que defenderme.  ¡Me defendí muy bien!. Al final, nos reíamos a raudales.

 Gracias a las clases del profesor Marcos, Elizabeth Asencio Yacila y yo, fuimos seleccionados para representar a nuestro colegio en el concurso distrital de matemáticas, auspiciado por la Municipalidad Distrital de Corrales con motivo de su ciento veinte un (121) aniversario. Recuerdo que rendimos el examen en la biblioteca municipal. El examen según recuerdo, estaba sencillo; aquellas clases del profesor fueron vitales para alcanzar ese nivel de matemáticas. Mi prima Deysi Olaya Espinoza, se acercó  a la puerta y vio mi estado de concentración, quizá por eso fue a comunicar a mi abuela y a mis familiares que a mí “me estaba saliendo humo por la cabeza”. En realidad, Deysi tiene una cuota de imaginación y creatividad muy singular y digna de admirar. Finalmente Eli y yo alcanzamos el primer puesto en ese examen, ambos obtuvimos la máxima nota. Creo humildemente que nuestro gran colegio y las autoridades del mismo se alegraron al saber esta noticia; estoy seguro que Eli también compartía la inmensa alegría por representar tan bien a nuestro querido Siete de Enero. Adicionalmente, es meritorio expresar que las  clases del extraordinario profesor Marcos Dios fueron cruciales para mi posterior ingreso a la universidad. No fui a ninguna academia pre-universitaria acá en Lima, no expreso esto  por soberbia—a la cual desprecio con todo mi ser— sino por la  precariedad económica familiar. El camino mío no ha sido fácil de transitar, pero Dios dispuso lo justo y necesario para avanzar. Así es, académicamente sólo  tenía, lisonjeando a mis endebles y frágiles neuronas,  las magníficas y  prístinas  clases de matemáticas del Profesor Marcos Dios Henckel.
También recuerdo a  otros profesores en ese cuarto grado: Walter Uculmana Siguas, profesor de Arte y Música. La  exigente profesora Martha Tomasto Miranda, recuerdo que nos exigía a dibujar el mapa del Perú casi a la perfección, y amar a nuestra patria como a nosotros mismos. Sigifredo Cedillo Álvarez entre otros.


La clausura de ese año escolar correspondiente al cuarto grado fue en febrero del año 1992, con la presencia de un calor sofocante.  Recuerdo que antes de ir al colegio, me fui a bañar al canal de irrigación, el agua estaba turbia, debido a que había llovido intensamente dos días antes. Me metí al canal, empecé a nadar como de costumbre, pisé el fondo del canal y en ese andar, tranquilo y sosegado, me corté la planta de pie con una lata oxidada que estaba en el fondo del canal atrapada por el barro. Salí nadando, mi pie sangraba, tenía un dolor fortísimo, me fui saltando en un pie al arenal cercano,  tomé un puñado de arena blanca y caliente y me eché en la planta de pie para evitar que saliera más sangre. A mi madre no le dije nada porque si no venían las reprimendas por andar descalzo y por sobre todo bañarme en el canal. Así, en ese estado, cojeando me fui al colegio, a la ceremonia de clausura. Nuevamente, ese pequeño algo rebelde, que disfrutaba del canal y de sus aguas limpias o turbias, con el pie cortado y que utilizaba la arena como ungüento para curar sus heridas, recibió sin merecerlo, el honorable primer puesto en aprovechamiento.

domingo, 1 de marzo de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : TERCER AÑO.

En el año mil novecientos noventa (1990) mi instancia en el gran C.N  7 de Enero correspondía al tercer año de educación secundaria. Según recuerdo fue un año de cambios  sustanciales  en la mayoría de mis compañeros y también de cambios drásticos en el ámbito local, nacional e internacional.
A diferencia del  segundo año —que nos correspondió un aula de material noble— en este tercer año, a mi sección, la sección de “Tercero C” le correspondió ser “sección volante”. Una “sección volante” era aquella sección que no tenía un espacio fijo destinado a las clases, sino, por el contrario, andaba errante en busca de un salón vacío cuyos alumnos  estuviesen haciendo educación física o, en su defecto, estuviesen en el curso  de formación laboral. Sinceramente, al margen de la incomodidad de esta forma de estudiar, este mecanismo fue una idea muy singular ante un problema evidente que tenía nuestro querido colegio: la gran cantidad de alumnos.

Gran parte de los cursos los llevamos en un espacio que había sido dividido para dos secciones. Generalmente los alumnos del “Tercero C” compartíamos ese espacio con “Tercero B”; sólo nos separaba unas estructuras movibles de tripley —eran cuatro que se colocaban de manera contigua—  y que fungían de pared, el techo era de Eternit (creo que es la marca), entonces imagínense el calor que sentíamos  a eso de las 11:00 a.m.

Ya en tercer año, mis amigos más cercanos eran: Carmen Elena Álvarez Morales, Patricia Saavedra Nathals y Francisco Benedicto Yacila Lomas. Por cierto mi  gran amigo Pancho y yo, éramos los alumnos de menor edad en la sección “C”, y creo que también de toda la promoción. Ambos iniciamos el tercer año con doce años de edad. Pancho cumple años en agosto  y yo en julio. Con Pancho tenemos unas experiencias alucinantes, que se dieron en cuarto y quinto año, y trataré de pincelar en su debida oportunidad.

Cuando inicié ese año escolar, recuerdo que tenía cierto grado de ansiedad por dos cursos: Matemática y Química. Sobre todo por los comentarios que hacían los alumnos de años superiores con relación a los docentes que dictaban esos cursos; mi mente  ahora ya atiborrada y maltrecha, lamentablemente sólo logra recordar el nombre completo de uno de ellos: Al gran profesor Pantalón Puño Lecarnaqué. El profesor Pantaleón, quizá fue uno de los docentes con mayor capacidad pedagógica. Sí.  El profesor se comía la pizarra, caminaba de derecha a izquierda, tenía un tono de voz gruesa y fuerte. Cuando tenía que hacer una precisión lo hacía hablando más fuerte y adicionalmente hacía unos ademanes que complementaban la explicación. Usaba como libro de apoyo el libro de Máximo de la Cruz Solórzano. Recuerdo las clases de Productos Notables,  Factorización,  Operaciones con Polinomios, Binomio Cuadrado Perfecto, Ecuaciones con dos variables, Resolución de Ecuaciones de Segundo grado, etcétera. Hasta ahora me acuerdo de la fórmula para resolver ecuaciones de segundo grado:

  “ equis es igual a  menos b más menos, raíz cuadrada de  b al cuadrado menos  cuatro a por c sobre dos a ”  literalmente hablando. Asi es, con el profesor Pantaleón mi afán por las matemáticas se fue incrementando; mi memoria flácida empezó a grabar cada fórmula, cada ecuación, cada forma de resolver los problemas, y me empezó a gustar la forma como las matemáticas podían ser usadas para resolver un sin número de problemas cotidianos. El profesor Pantaleón resolvía siempre los ejercicios pares del libro de matemáticas,  y los impares nosotros teníamos que resolverlos. Realmente eran bastantes ejercicios, algunos padres se quejaron a la dirección por la cantidad de ejercicios que dejaba el profesor, pero él continuó con su peculiar estilo, que por cierto es el mejor camino para aprender algo. Si señores,  si queremos aprender matemáticas tenemos que practicar y practicar, no queda otro camino. Esta inferencia la tenía bien clara el profesor Pantaleón. Cada vez que resolvía un ejercicio, al profesor Pantaleón Puño Lecarnaqué le invadía la alegría que colindaba también con aquella sensación que las personas tienen cuano hacen algo que va causar la admiración de los demás. Realmente fue (o es) uno de los mejores profesores del glorioso C.N 7 de Enero.

El otro curso que me abrió también la mente fue Química. La profesora era de Tumbes, era de estatura mediana, cabello ensortijado y corto, con una voz bien potente (  el nombre de la profesora es :Karol Correa Taboada . Gracias  Elizabeth Asencio Yacila por el dato).  Allí aprendí las fórmulas básicas de la química orgánica e inorgánica. La fórmula cloruro de sodio, nitrato de plata, de los alcoholes, los alcanos, alquenos, alquinos, los Éteres, etcétera; fue sin duda un curso muy peculiar.

Cuando nos tocaba en la sección separada por el tripley, generalmente me sentaba en una de las dos últimas carpetas. Las carpetas eran para dos alumnos, entonces me sentaba con Pancho o con cualquiera de las amigas: Patricia o Elena. En esa posición se veía todo el patio central, y normalmente nos distraíamos con cada transeúnte que caminaba por ese lugar. Es asi que vimos pasar a una de las profesoras más hermosas, delicada, dulce, con una voz que acariciaba los oídos. Ella nos enseñaba inglés, su nombre es Enna. La vimos pasar por el patio, caminando delicadamente, como una diosa del olimpo, parecía que contaba los pasos y que dibujaba en su andar una estela de frenesí que consumía a los ojos que osaban disfrutar de su belleza singular, e incluso daba la sensación que el mismo suelo se rendía en su transitar. Patricia fue la primera que se percató y dijo: ”miren, miren, miren allí va la miss Enna”. Al poco rato lanza un zafio silbido. Ella (Patricia) no resistió verla pasar con tal garbo y su ser expulsó ese sonido que parecía el silbido de un caballero prosaico y tosco. Yo estaba al costado de Paty en la misma carpeta, obviamente me hice el loco, como quien dice, yo no escuche nada, yo no vi nada. Lo que no sabíamos es que detrás de los Tripleis estaba el auxilar del colegio, uno de los más draconianos e intolerantes a los actos de indisciplina, era el señor Tarquino.
Justamente él, había estado conversado con la miss  Enna antes que ella transite por el patio. En una, no más, se acercó a nosotros y a unos 10 metros más o menos, exclamo: 

¡Ya ustedes, los cuatro a la dirección, que tal majadería! (sic).

En el camino  a la dirección teníamos que transitar  por ese patio. Todos empezamos a recriminar a Patricia:

—¡Tamare  negra como la jodes! Decía Elena.
—Oe Paty ¡haces sonseras no más! Comentó Pancho.
—¡Muérdete la lengua carajo! Fue mi expresión.

Hasta allí, nuestra amiga Patricia se sentía vilipendiada y abandonada por sus amigos. Ella estaba segura que sus amigos —ósea nosotros tres— la íbamos a acusar para salvar nuestro pellejo adolescente.
Ya en la dirección nos llevan a una sala especial,  allí estaba el señor Tarquino con su guayabera blanca impecable, su pantalón marrón y zapatos del mismo color. Sus lentes RayBan y su expresión de muy pocos amigos. Parecía un agente de la CIA o  de la PIP. Sinceramente me daba miedo el señor.

—Ya, de una vez, desembuchen. ¿Quién fue?  Dijo escuetamente.

Todos empezamos a míranos, nuestros ojitos se movían de izquierda a derecha, mostrando nerviosismo justificado y también signos de apoyo a nuestra amiga Paty. Nos quedamos mudos, mirando al suelo, parecíamos como los esclavos de los mayas cuyos corazones iban hacer extirpados.

— ¡No quieren decir quien fue! Saben que lo que han hecho es una falta grave de indisciplina que colinda con la suspensión por tres días. ¿Lo saben?

Preguntó enérgicamente. En realidad no lo sabíamos. No contestamos.

—He hecho una pregunta, ¡Lo saben!  ¡Respondan, lo saben!

—No lo sabemos señor. Dijimos al unísono.

 —Aja! Si hablan. Yo pensé que eran mudos. ¡Ahora me van a decir, quien fue!

Nadie quiso hablar y echar la culpa. El auxiliar Tarquino al ver nuestro nobel aplomo y está sutil cofradía empezó a atarantarnos.

—Usted, señor Yacila. Si no me dice quien fue, yo voy a pensar que usted ha sido. Y eso le va ir muy mal en su calificación anual, señor Yacila.

— Usted señorita Álvarez, ya tiene una tarjeta amarilla y le puedo sacarla tarjeta roja.

—Usted señorita Saavedra ya tiene tarjeta roja, ahora si le sacaré la tarjeta morada.

— Usted señor Yacila (Pancho se apellida Yacila Lomas) hablaré con su mamá y estoy seguro que no lo irá muy bien.
— ¡Si no me dicen quien fue, entonces todos fueron! Y todos serán suspendidos.

Todos hicimos fuerza común con Patricia, y nos íbamos a comer esa lagartija, hasta que Paty comienza a llorar y a incriminarse  y juró  que no volverá hacerlo.

Al final los tres nos fuimos y Patricia se quedó conversando con el gran auxiliar Tarquino. La sanción no se diò. El intolerable Tarquino tuvo compasión y misericordia con mi amiga.

En tercer año, la adolescente que había ocupado el primer puesto en primer año —1988— y segundo puesto en segundo año—1989—, ya no estaba. A su padre, que era un militar lo cambiaron a otra ciudad del país. Sin embargo, la lid — si se puede llamar asi— por los primeros lugares la seguían manteniendo: Maribel Azañero Rodríguez, Karin  Barrientos Pacherres, César Palacios Agurto, Jéssica Medina Morán, Julisa Fernández Rosillo, Aracely Yarlequé, Erin Escobedo Dios entre otros. Pero otra alumna llegó a formar parte de ese exclusivo grupo de púberes que disfrutaban del saber. Su nombre es Elizabeth Asencio Yacila.  Fue alumna de la sección “B” y todos le decíamos Eli.  Eli había estudiado los dos primeros años en Lima, en los prestigios colegios capitalinos “Dora Mayer” y “Fe y Alegría”, si la memoria no me hez esquiva. Eli era una adolescente muy pero muy ordenada, pulcra en sus cuadernos, con una letra hermosa, responsable en sus quehaceres escolares y apoyaba a su querida madre junto con su hermana Pilar. Eli escribía en clase generalmente  en su block — su borrador— y luego pasaba todo en limpio. Era una técnica extraordinaria que demuestra el estilo que siempre ha tenido Eli: sacrificio por hacer las cosas bien. Cabe recordar que en ese tiempo no había energía eléctrica en Tumbes, por lo que muchas veces la actividad de pasar a limpio, sobre todo en las noches, era posible gracias a la luz emanada de los lamparines a kerosene o  la luz de la vela. Además de eso, Eli era (es) una persona con una inteligencia sin igual, tenía esa capacidad de captar rápidamente las cosas y la forma de expresarlas denotaba —así como en sus cuadernos— el orden y la pulcritud de sus ideas y su pensar.

Recuerdo que en ese año, mil novecientos noventa, tuvo lugar la guerra del golfo pérsico, tuve la oportunidad de escribir en el periódico mural algo relacionado a esa coyuntura bélica.  Todos afirmaban que Irak con Saddam Hussein eran los malos de la película, porque había invadido Kuwait. Cuando en realidad eso fue la excusa para que las transnacionales americanas se  apropiasen de varias instalaciones petroleras de Irak. Aun en esa edad yo tenía claro esa situación, pero la prensa hacía ver lo contrario, hacía ver que los E.E.U.U eran los buenitos, que se estaban sacrificando por los Kuwaities. Tuve una conversación con mi profesor de historia, el profesor Villegas (Q.D.D.G) y él, junto con el profesor Clemente Chávez Mego, compartían la misma opinión que yo.  

En ese año escolar, teníamos que decidir qué curso técnico teníamos que llevar hasta quinto año. En los años anteriores, había llevado: Mecánica y Carpintería — en primer año—; Dibujo Técnico — en segundo año—. En este año escogí el curso de Agricultura. En realidad yo siempre desee Artesanía, pero en ese tiempo era consciente de la precariedad económica de la familia, y aunque parezca mentira, los materiales que se usaban en artesanía suponían un gasto adicional que no se tenía planificado y presupuestado. En cambio, en Agricultura todo lo que se necesitaba era tu “fuerza motriz”. Sólo tus manos, sólo tu fuerza. Agarraba la lampa, el trinche o el rastrillo y empezábamos la faena, que consistía entre preparar la tierra, regarla, moverla, limpiarla y sembrarla. Allí aprendí a sembrar pepinillos, culantro, lechuga, nabo, rabanito entre otras hortalizas. Nuestro colegio tenía sus parcelas de cultivo y también criaba cuyes y conejos. Tuvimos un profesor de carácter dócil y que, sobre todo, brindaba mucha confianza a los alumnos, era muy humano. Es por eso que ahora es recordado como uno de los mejores amigos del alumnado. Un mar de gente acompañó el féretro que lo transportaba a las puertas del cielo. Si, el profesor Ricardo Espinoza Yacila, más conocido como El Mellizo, se nos adelantó hace unos años. Nosotros le decíamos  Varón y no sé todavía la razón.

El único inconveniente de llevar Agricultura es que después de una hora de trabajo nos venía un hambre descomunal. Para mitigar el apetitivo y la manifestación del instinto,  comíamos pepinillos y lechuga con su respectivo juguito de limón fresquecito. Las hortalizas sabían sabrosas, recién salidas del útero dadivoso de nuestra madre tierra. ¿Y la sed?  Pues la saciábamos con agua de la pileta que servía para regar las plantas, no había agua Cielo, San Mateo o San Luis. A caño limpio no má, y hasta ahora no nos hemos muerto.

 A veces nos acercábamos a la clase del profesor Villegas, que le decíamos Guitarra, él enseñaba Artesanía, allí estaba un grupo de chicas muy guapas y  cuyo salón colindaba con una parcelita que era trabajada por nosotros. De entre los cursos técnicos, es decir de Artesanía, Mecánica, Electrónica, Dibujo Técnico, Costura, Repostería y Agricultura, esta última era la más denostada, según mi entender, porque  allí estaban los alumnos con menos capacidad intelectual y económica, allí sólo se necesitaba la fuerza y nada más, asi éramos catalogados, por supuesto que esos comentarios me tenían sin cuidado.

Recuerdo que el hermano de Pancho (Francisco Benedicto Yacila Lomas),  más conocido como Cholo, llegó a vender el examen de admisión desarrollado de la Universidad Nacional de Tumbes. Lo vendió a un monto equivalente a 0.20 céntimos. Le pedí prestado a un amigo y me lo compré, para ver cómo era ese examen. Me percaté que tenía que estudiar más y más para al menos lograr resolver un 20 % de ese examen.


A final del año escolar, Eli, la adolescente llegada de Lima, hacía muestra de toda su capacidad cognitiva, de todo su esfuerzo y dedicación. Logra un meritorio  segundo lugar en aprovechamiento. Sin duda alguna para enjundia, alegría y admiración de sus seres queridos. El primer puesto fue acariciado nuevamente, — sin merecerlo claro está—, por las pequeñas y callosas manos, del enjuto púber que vivía al  costado de la quebrada de Corrales, en una humilde casita de barro, con huecos en el techo y plantas de sandía a su alrededor.


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domingo, 11 de enero de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : SEGUNDO AÑO



En el prólogo del otoño del año mil novecientos ochenta y nueve (1989), iniciaba  el año académico correspondiente al segundo grado de educación secundaria. Tenía once (11) años y, como de costumbre,  me reincorporaba a las clases con dos semanas de retraso.  Estaba realmente emocionado por iniciar este nuevo año escolar y, sobre todo, porque regresaba con mis compañeros de la sección “C”. El experimento de crear una sección mutante —“Primero H”— donde extirpaban a un grupo de zagales de sus secciones de origen y los congregaban en una sección: la “H”, al parecer no había dado resultado. En fin, estaba muy contento; la enjundia se adueñaba de mi corazón y, prácticamente se puede decir que me sentía muy feliz. La sección estaba ubicada al frente del patio central; ahora sí, a diferencia de la sección de “Primero C”, esta sección —la de “Segundo C” — era de material noble, con una infraestructura que no tenía nada que envidiar a los mejores colegios particulares de mi añorado Tumbes.

 Una de las primeras clases que tuve  fue con un extraordinario docente: Manuel Olaya. Un profesor que vivía al costado del colegio y que además era un pelotero innato, realmente jugaba muy bien el fútbol o fulbito. “Muelitas” le decían —y aun no sé el porqué —. Era característico su andar; rápido, con pasos más o menos largos y, que al verlo,  generaba  una  sensación de que siempre tenía algo que hacer y que  lo debía de cumplir a tiempo.
Recuerdo que en su primera clase hizo un exégesis que inicialmente me dio cierto temor. Mi mente alberga  con fina claridad este pasaje y que felizmente la espesa oscuridad de los años no ha podido ocultarlo de mi frágil memoria:

 "He querido enseñar en esta sección, porque me han comentado que acá están los  alumnos  que han ocupado el primer y segundo puesto. Vamos a ver, si  es que conmigo tienen altas calificaciones, ya que conozco  dos alumnas de la sección A que merecen a leguas ocupar estos puestos (sic)".

 El profesor Manuel se refería a dos extraordinarias alumnas: Azañero Rodríguez Maribel y Barrientos Pacherres Karin; él, efectivamente les había enseñado el curso de Historia del Perú en el primer año. Cristina Sánchez Moreno —una espigada y hermosa adolescente, hija de un militar— que había ocupado el primer puesto, volteaba insistentemente en busca del brillo pálido de mis ojitos marrones oscuros— ella siempre se sentaba en la primera fila y yo en la tercera—; al mirarme, su rostro diáfano y sonriente, tornasolaba con aquella faz que describe cierta angustia y preocupación. Ella me miraba y me alzaba las cejas, alzaba las cejas y me miraba, como diciendo: ¡Ahora pues!

 Las clases del profesor Olaya eran extraordinarias, cuando quería   precisar algo, de vez  en cuando decía su frase característica:

 "Queridos alumnos, les voy a explicar algo que se les va quedar impregnado en las placas de su cerebro…".

 Parece mentira, pero esa frase generaba al menos en mí, una actitud proactiva y condicionada para captar la información que salía de su hablar. Las clases de los pisos altitudinales, las cuencas hidrográficas, los climas, el anticiclón, la corriente peruana de Humboldt, las nubes, etc., eran tan  estupendas que a  pesar del tiempo transcurrido aún recuerdo casi todo lo que me enseñó. Tanto es  así, que ahora que tengo la gratificante  oportunidad de ser docente en una universidad privada —gracias a mi buen amigo: Rolyn Flores—, a mis alumnos, les expreso la misma frase: 
"Les voy a comentar algo que les quedará impregnadas en las placas de su cerebro".
Espero sinceramente que la evocación de esa expresión genere en ellos la actitud para aprender; aunque no creo ser tan buen docente como el profesor Olaya.

 Hace poco tuve la grata  ocasión de verlo nuevamente. Sinceramente, físicamente  no había cambiado mucho. Sigue con su abundante cabellera rizada, su sonrisa con arrugas disimuladas y su fina línea de oro entre dos de sus dientes. Me hizo pasar amablemente a su casa. De su rostro se desprendía una alegría sincera, me comentó de su pasión: La Pintura. Le comenté sobre lo extraordinario que habían sido sus clases y todo lo que al menos había generado en mí, y creo que dentro de su interior había una satisfacción por el trabajo realizado como docente. Tengo en mi humilde hogar dos cuadros con sus pinturas. 

 En este año —1989—, la mayoría de mis compañeras  de estudio iniciaban el inevitable y fundamental tránsito en la vida, que es ese fascinante lapso de tiempo  en el que las niñas se convierten en mujeres. Efectivamente, la adolescencia impregnaba su sello vital en sus cuerpos. Era realmente sorprendente contemplarlas. Sus cuerpecillos empezaban a transformarse poco a poco. Sus caderas y espaldas se ensanchaban, ellas crecían rápidamente, ciertos días se tornaban más bonitas y sonrientes. Por cierto, en mi salón, según mi trivial entender y mirar,  estaban las adolescentes más hermosas de todo el colegio. Era un ramillete de gracia y candor, de dulzura y primor, de belleza e inocencia; y claro está, a pesar de toda esta atracción  que mi insignificante  corazón sentía por algunas de ellas, nunca jamás tuve el redaño de expresar mi sentir. Además, yo era un niño enjuto, orejón, dientón, narizón y varios “ons”  más, que se transformaban  en  un óbice para poder manifestar libremente mis sentimientos.

 Algunas de ellas, la más “avispadas”, iniciaban alguna relación de enamorados con alumnos de años superiores, generalmente alumnos de cuarto o quinto año. En el recreo, era increíble ver la cantidad de estos mancebos instigando a mis compañeras de clase; silbidos, besos volados, piropos prosaicos, y hasta algunas sandeces forman parte ahora de esta nueva etapa de sus vidas.  Algunos de estos, al ver la cercanía que todas ellas tenían conmigo —para ser sincero, teníamos una relación amical muy grande—  se me acercaban, me entregaban sendos papelitos que alegorizaban cartas de amor  y, a cambio de ese apoyo estratégico para su lujurioso objetivo, me invitaban unas ricas humitas —tamalitos verdes— que compraban  en el vetusto quiosco de color verde que colindaba con mi salón. 

Mi trabajito era dejar el papelito en una mochila o un cuaderno, sin que la amiga mía se entere. En realidad, no era mucho esfuerzo y  casi siempre tenía mi humita asegurada. Esto fue hasta que una compañera mía recibió una tanda de "padre y señor mío" por parte de su madre, ya que ésta descubrió uno de los papelitos en su mochila. Nunca leí el contenido de esas pseudocartas, pero me imagino que el contenido debió ser superlativo para la edad, por el grado de golpiza propinada a mi amiga. Al enterarme de este hecho, me sentí un ser ominoso porque yo contribuí de alguna manera, en este perverso acto de maltrato.

 En el camino al colegio era costumbre encontrarme con Mirtha Gómez Rosillo , Juan Carlos Carreño Gómez y su hermano mellizo; también con Cristina Mena Preciado una alumna un año superior al mío. Teníamos que transitar por un camino estrecho donde solo podía pasar una persona. A los alrededores habían plantas de bejuco y a veces nos sorprendían las lagartijas, capones, sapos e inclusive los colambos.

 Una lección aprendí de Cristina Sánchez Moreno. Mi profesora de Lengua y Literatura Teolinda Timaná, nos había entregado las notas del examen bimestral. Ella( Cristina) revisa meticulosamente su examen, un examen con nota diecinueve (19); comienza a sacar  cálculos en  cada puntaje de las preguntas, y resulta  que tenía en realidad quince (15). Siempre, siempre, la nota mínima de Cristina era dieciocho (18); salvo el curso de educación física, que era menor. Pero en los demás cursos, todas las notas eran diecinueves, veintes; veintes, diecinueves. Cristina alza la mano y expresa:

 —¡Profesora Timaná usted se ha equivocado en mi calificación!
La profesora avergonzada,  le dice:

—¡Hija, pero si tú tienes  diecinueve (19)!
Cristina replica riendo:

—Profesora en realidad yo tengo  quince (15). ¡Usted se ha equivocado!

Este acto insignificante para algunos, reafirmó lo que la abuela siempre me decía: “Busca siempre la justicia y la verdad, aunque aparentemente no te convenga.”

Este segundo año, elegí como curso de formación técnica, el curso de Dibujo Técnico, a cargo de un Profesor que no recuerdo su nombre, pero era un Técnico Electrónico. Justo en una clase de este curso, me vi involucrado en mi primera y única pelea en el colegio. Cuando el Profesor estaba llamando para entregar los exámenes, en el camino de regreso a mi asiento, revisando el examen, un compañero de la sección de “Segundo B”, que le apodaban “la Fidela”, me tocó el trasero, como muestra de la palomillada  predominante en la mayoría de púberes de aquel salón.  Yo, con toda la ira del mundo, a pesar que era menor, en tamaño y edad, expresé:

 —   ¡Que tienes oe reconch$%#$$#$! 

Lo dije con voz firme, pero tan bajo para que no escuche el profesor. Inmediatamente los amigos de la sección “B”, empezaron a azuzarlo y a conminarlo a pelear conmigo, por tal agravio y tal repulsiva ofensa. Al ver esto, me llené de un pavor desmedido. 

—   ¡Chócala para la salida, mier%$#! Me dijo sin titubear.

Yo, para mostrar una valentía —que no había por cierto—, la choqué.  Al terminar el curso, y en la hora del  recreo ya se había armado varias pseudocomisiones, para ver la bronca. “Pipo” y el “Huevo” eran los más avezados y candeleros.

  —¡Vas a llorar! ¡ Te van hacer tragar tierra!  ¡La Fidela come ají y toma sangre de toro!  Me decían.

 Ese grupo de la sección B era muy unido y realmente a veces sentía cierta envidia por la forma como se organizaban y se protegían. Mis compañeros de la sección “C” al enterarse del pacto pugilístico, me decían: 

—¡Sobrao lo ñoqueas, promo! ¡Tú eres más flaco!. Creo que se estaban burlando de mi situación.

 Mientras se acercaba la hora de la salida yo iba sudando frio. Hasta que llegó la una de la tarde. No quería que suene la campana. Pero sonó.

Gonzalo Valladares Morán —uno de los hermanos PanceLeche—  así como Rogger Rosillo Pedrera —uno de los hermanos Zorros—, me acompañaron hasta las afueras del colegio.

—¡Promo defrente a los ojos! ¡No dejes que te abrace! ¡La Fidela no sabe pelear! ¡No tengas miedo! ¡Métele cave! Exclamaban con ahínco y devoción. 

No sabían que por dentro me estaba consumiendo un miedo sepulcral. Varias veces pensé en dejarlo allí no más. Pero, como ocurre hasta ahora, mi palabra había quedado empeñada, y debía cumplir lo dicho y lo pactado.

Nunca olvidaré la algarabía de los compañeros de la sección “B”, en las afueras  del colegio, previos a la pelea. Penango, Pipo, El Huevo, El Were, Martin Mao entre otros, estaban  increíblemente emocionados. Era como la alegría de  una tribu en la que uno de sus miembros empieza a ser hombre; era la bronca de un compañero y ellos querían ver como uno de ellos atiza sin piedad a alguien que ha osado ofender a un integrante de esta novel cofradía.

 El lugar elegido para la bronca fue muy cerca al cementerio de Corrales, cruzando la quebrada. Para esto, ya el tumulto era increíble, muchos escolares del segundo año había alrededor y caminaban como procesión sin santo, al lugar elegido para la crucifixión, la mía por supuesto.

 Se armó el característico círculo. Era costumbre en mi tierra que las peleas se sean de dos, nadie se metía. Todos debían estar alrededor formando un círculo. Cada persona podía arengar y gritar al púgil. 

 Estando en medio del círculo,  sentí que ambos pequeños éramos como unos gallos de pelea dispuestos a dar el mejor espectáculo a unos hambrientos y ansiosos espectadores. Ansiosos de ver golpes, lágrimas, sangre.

 ¡Vamos Fidela! ¡Vamos Zico!  Se escuchaba frenéticamente.

El lugar no era terreno plano, había zonas abruptas, abrojos, terrones, algunos huecos.
Estando frente a frente a dos metros de distancia, empezó la bronca. Nos mirábamos con ira —en realidad yo tenía miedo— empezábamos a movernos a ponernos en posición.  Por mi frágil mente pasaban las imágenes de peleas como las de  Chuck Norris, la de Los Thundercats, y la de los Magníficos, con el objetivo quizá, de aplicar alguna técnica de ellos. De repente un golpe certero en mi frente.  

¡Bien Fidela! ¡Sigue, dale más fuerte!, ¡Destrózalo! ¡Rompelé el hocico por empalao!

Y el adolescente apodado Fidela se vino como un vendaval hacia mi fútil presencia.

No sé cuántos golpes certeros me dio. Lo que hice fue imitar al Increíble Hulk, obviamente no en el cuerpo, ni en color, pero su en su forma de actuar. Empecé a caminar hacia él, mientras seguía recibiendo golpe, no sentía nada. ¡De verdad! Empecé a respirar como toro cansado—con un sonido fuerte y rápido— y seguía caminado, con una mirada iracunda y con los brazos hacia abajo haciendo un ángulo de 30 grados con mi cuerpo flaco; los golpes no me hacían daño. No dolían. Parecía Terminator, cuando avanza sin que los golpes o las balas le hagan daño. Me percaté de su asombro al ver que sus golpes no originaban el más mínimo impacto en mí. Al ver esto, troqué mi mirada de ira, por una mirada  de loco, de orate,  y grite fortísimo:

—¡Ahora te mato conchatu%&%#$! . Lo dije con toda mi furia y locura.

Creo que se asustó al oír esto y empecé a corretearlo como un salvaje. Sólo atiné a propinar una patada por la altura de la cadera, que la Fidela logró contener con la mano. Lo seguía persiguiendo, al intentar correr la Fidela se tropieza en un montículo y se cae. Quise aprovechar esta oportunidad, ya me había convertido en un demente.  Me detuvieron y para mi  bien, se canceló la pelea, por insistencia de todos los compañeros.

 Ahora comprendo porqué los golpes que fueron muchos, no me dolían. El estrés en mi fue tal, que la generación de Cortisol y Adrenalina fue considerable en mi torrente sanguíneo, esto indujo a una rigidez muscular tan fuerte que no sentía los golpes propinados, tampoco el dolor cuando recibía cada uno de ellos. Luego de la pelea, los compañeros me empezaron a felicitar. Ellos estaban convencidos que yo  había ganado esta pelea. Mientras caminábamos por la calle Hilario Carrasco, me empezó un terrible dolor por todo el cuerpo. Me senté en la esquina que colinda con la casa del señor López, ya me había quedado sólo, agaché mi cabeza, miraba fijamente la tierra y empecé a elucubrar que rollo extraordinario le  iba a decir a mi madre por esta pelea, porque estaba seguro que se iba a enterar, y me iba a caer una tanda más dura que todos los golpes que recibí ese día; me imaginaba  el san martincito de ocho lenguas acariciando mis piernas de gallareta. Al llegar a mi casa el dolor era muy fuerte, realmente me habían apanado bien. 

Al día siguiente, ya  en el colegio, veo a la Fidela con una mano vendada, quizá mal herida de tanto golpe que logró propinarme. Yo no tenía nada visible, pero por dentro estaba más mallugado que mango de chupar pisado por varios caballos
No sé porqué le decían Fidela, pero éste era un adolescente que jugaba muy bien el fútbol, tenía una patada fortísima, a pesar de su contextura. Junto con su  hermano Ever eran una  dupla extraordinaria, ellos integraban la selección del segundo grado, adicionalmente  estaban  en el mismo salón, el segundo "B". Ellos vivián en un hermoso villorrio llamado San Isidro; y a aveces iban al colegio en sus bicicletas montañeras. Luego de este acontecimiento, la relación entre ambosLa Fidela y yofue  áspera, de sobriedad, de miradas recelosas, a pesar que seguimos llevando el curso de Dibujo Técnico todo el año  nunca más nos dijimos una palabra.

A parte de este peculiar episodio, el transcurrir del año fue muy sosegado. Trataba de estudiar con entusiasmo y de apoyar a mis compañeros en algunos exámenes. A esa edad, once (11) años, creo que tenía una memoria generosa. No necesitaba estudiar demasiado, sino, lo suficiente. Iba al colegio en el turno de mañana. En las tardes salía con la collera a jugar fútbol al frente de mi casa, en un amplísimo arenal. El Pelé, Uñon, el Were, la Zeta, Alex el hijo del toro, José Antonio, El Perolo, Hower, Tuto y otros más eran los jugadores habituales. 

Se me vienen a mis memorias los momentos en las que dábamos exámenes; en mi salón había magos, si, magos de verdad. Expertos en hacer aparecer y desaparecer cosas, sobre todo  los papelitos con  la copia correspondiente de todo un cuaderno. Podíamos entregar el examen y salir antes de la hora del término oficinal del mismo. Cuando hacía eso, algunas veces me encontraban con mi primo Javier Dios Espinoza y con sus amigos del alma: Felix—que le decían Pino y Césarque le decían o apellidaba Gamboa, era zurdo y jugaba muy bien al fútbol—.  Una vez escuché un comentario de Pino  a mi primo Javicho — él también salía de dar examen en su correspondiente salón el Cuarto Grado “A”— 

 ”Oe tacho, taque el examen ha estado papayita, lo malo es que no conteste ninguna pregunta (sic)” .

Mi primo Javicho y sus amigos, así como yo, nos matamos de la risa por tal sarcástico comentario.

En el recreo jugábamos fulbito en la loza deportiva del colegio o hacíamos hora en el patio central. Recuerdo que  a veces agarraba una escoba, la tomaba como guitarra imaginaria, hacia estulticias y me ponía a imitar a Indochina, que era un grupo de moda en ese momento.

El profesor Cum Apolo, era matemático pero nos enseñó Educación Cívica. Recuerdo su clase sobre el "Derecho a la inviolabilidad de las correspondencia y de las comunicaciones" . Básicamente el tema era que nadie debe leer una carta o correspondencia nuestra sin nuestro consentimiento. Esta clase fue tan importante  que  formó mi carácter con un respeto irrestricto a los datos y comunicaciones de otras personas.

En la clausura del año escolar tenía una sensación de incertidumbre. Me imagino que los púberes más aplicados también tenían ese sentir .Azañero Rodríguez Maribel, Barrientos Pacherres Karin, César Palacios Agurto, Jéssica Medina Morán, Julisa Fernández Rosillo, Aracely Yarlequé, Erin Escobedo Dios, Cristina Sánchez Moreno entre otros excelentísimos alumnos. El profesor Pantaleón Puño Lecarnaqué que hacía de maestro de ceremonias, menciona como segundo  puesto a Cristina Sánchez Moreno. Finalmente me entregaron una libreta de ahorros con 250 mil intis, de una mutual local; y el recuerdo más grato que tengo de ese día, es que un gran hombre, casado con una gran mujer, el  Sr. Héctor Dios Yacila, por el cual guardo una estima profunda y un agradecimiento sinceroantes de venirme a Lima me regalo un libro : "Banco de Preguntas", me dijo:

 "Bien sobrino lo lograste, tu mamá estará muy contenta", mientras sus brazos extendidos sostenían un pedazo de cartón con una carátula que decía "Diploma de Honor"; mi tío Tito, que esbozaba un orgullo paternal,   me hacía entrega del diploma por el primer puesto de aprovechamiento. 



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