martes, 12 de mayo de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO: QUINTO AÑO

En el año  mil novecientos noventa y dos (1992) mi instancia física en el  gran C.N Siete de Enero, llegaba a su fin. Recuerdo que fue un año muy peculiar. Ese mismo año habíamos estudiado hasta febrero, debido a la huelga magisterial en el año 1991. El cinco de abril de ese año, el presidente Alberto Fujimori dio el autogolpe de estado, causando una gran convulsión en la clase política nacional, aunque según recuerdo, la mayoría de la población estaba de acuerdo con tal draconiana y obtusa decisión adoptada.  También fue un año donde el terrorismo de sendero luminoso logró su mayor apogeo en la capital, con el atentado de Tarata, aunque también fue su declive, con la detención de su líder, en el mes de setiembre, el día duodécimo.

Ya en quinto año, tenía una sensación que tornasolaba entre la alegría por estar en el mayor grado de la educación secundaria, y la nostalgia que me embargaba, al pensar  que ese era mi último año  en  mi entrañable colegio. Empero, esa dicotomía muchas veces se difuminaba cada vez que iba al colegio y empezaba a interactuar con mis compañeros de clase, con mis grandes amigos del 5to grado “C”. 

En ese año, regresamos nuevamente a estudiar en la mañana, de 8:00 a.m a 1:00 p.m. Nuevamente retomé mi rutina. Me iba a bañar  a las 7:00 a.m en las cálidas y turbias aguas del canal de irrigación, no había shampoo, todo era con jabón Pacocha, nuevamente los abrojos se impregnaban en las plantas de mis pies, nuevamente los capones, capazos y sapos, eran el adorno habitual de ese mágico tránsito de mi casa de caña y barro, hasta el canal; y viceversa. Nuevamente mi esforzada y admirable madre me disponía en aquella mesa de madera un desayunón. Si señores era  un contundente plato de “majao con pescao”  y su jarrazo de avena quaquer con manzana o naranja. Ese almuerzo, perdón desayuno, te mantenía despierto y activo todas las cinco horas. ¿Para qué propina? ¿Para qué golosinas? Ese desayuno me duraba hasta las 3:00 pm.
En quinto año, ya tenía 14 años. Poco a poco, los cambios propios de la pubertad hacían su inevitable presencia en mi escuálido cuerpo. Así es, la metamorfosis había empezado, algo tarde, es cierto, pero había empezado. La mayoría de compañeros ya había pasado por ese proceso y quizá estaban más acostumbrados a ese  vendaval de sustancias  bioquímicas que inundan nuestro cuerpo en esa estupenda etapa de la vida.

Con relación a la parte académica, ya había definido la estrategia para estudiar y quitarme la responsabilidad de las tareas lo más rápido posible. Mi abuela me decía: “primero haz tus tareas, y luego ya no tendrás de qué preocuparte”. Todo, absolutamente todo lo que me ha dicho mi abuela se ha cumplido, y es extraordinario esta situación porque la abuela mía, apenas estudió primaria, sin embargo, gozaba de una sabiduría excepcional, al menos yo, un simple nieto suyo, llevo en mi corazón y en mi trivial actuar, los dogmas y preceptos de aquella mujer,  de tez blanca, carita arrugada y pequeña estatura.  Apenas me dejaban tarea, en esa misma tarde, regresaba al C.N 7 de Enero e iba a la biblioteca,  no había internet, ni computadora, ni impresora. Solo iba con mi block y mi lápiz, y siempre tenía presente la tenacidad de hacer la tarea ese mismo día, con el objetivo de estar libre y no tener más preocupación, creo que a eso le llaman “responsabilidad”, pero para mí era un deleite, en realidad tenía inmensas ganas de aprender cada día más y más.

Todo en ese año tenía un color y sabor distinto. Era el último año en el colegio. Las interacciones sociales con los compañeros se hacían más fuertes, como para dejar marcado por la eternidad esta hermosa etapa nuestra. Recuerdo la fiesta por el aniversario de nuestro colegio; en años anteriores las fiestas habían sido con equipos o sonidos locales,  ese año   fue con el mejor Equipo de Sonido de la época. En realidad era dos empresas que brindaban el mejor servicio de alquiler de sonido para fiestas, eran: América y GB.  Esas empresas daban la hora en ese año, por la diversidad musical, las luces y también por los animadores. Recuerdo muy bien al animador del grupo América,  tenía sus frases peculiares y siempre las repetía en cada presentación:

“Muy bien amigos, allí estábamos con uno de los mejores temas de todos los tiempos, del gran Oscar Emilio de Leon…Llorarás”  .

En el año mil novecientos noventa y dos, las canciones de moda eran muchas y de distintos géneros: Amores como el Nuestro, de Jerry Rivera; La Conciencia, de Gilberto Santa Rosa, Junto a tu Corazón, de Miguel Moly; Bandolera, de Rey Sepúlveda; Vuela Vuela de Magneto, Porque Será, de Rudy la Scala; Marejada, de Roberto Antonio; El Meneito, Baila mi Rumba, Zumbalo, El la Engañó, de Natusha; Every Body Dancing Now, Menéalo de Liza M,  entre otros ritmos que marcaron época.  La fiesta se hizo en las afueras del colegio, todos esperábamos ansiosos el inicio del evento. En la sección “C” estaban las adolescentes más hermosas de todo el colegio, y en esa fiesta estaban  mucho más bonitas. Como no era costumbre verlas con ropa de vestir y algo arregladas, en esa fiesta lucieron la belleza de la mujer del norte.

Otro  de los acontecimiento que recuerdo con gran entusiasmo, sobre todo  en ese año escolar fue el antes, durante y después del  desfile militar por fiestas patrias en julio de ese año. Creo que para todas las personas que vivimos en zona de frontera, el sentimiento patriótico y el nacionalismo se exacerba cuando nos aproximamos al 28 de Julio.
 En realidad sentimos la patria más cerca de nosotros, como que más unida a nuestro ser, y queremos sobre todas las cosas dar una pequeña ofrenda a la patria, un signo de gratitud por regalarnos el gran honor de   haber nacido en el Perú. Nuestra preparación para el gran desfile militar empezaba con un mes y medio de antelación en la quincena del mes de junio. Nosotros llevábamos un curso que se llamaba Instrucción Premilitar, y como parte del curso, teníamos que llevar una serie de actividades destinadas a lograr el mejor rendimiento en el desfile militar del 28 de julio. Así pues, empezaban las clases, todas eran clases prácticas. El cuartel general que estaba en Corrales enviaba generalmente a dos (02) alférez y dos (02) sargentos para realizar esta loable labor: Enseñarnos a desfilar bien. Recuerdo una anécdota que hasta hoy, en mis ratos de elucubración y de nostalgia profunda— al recordar mi instancia en mi colegio —me extrae varias carcajadas incontrolables, que hacen pensar a mi esposa —con justa razón por cierto— que este esposo suyo está llegando al umbral que divide el juicio y la locura. Las clases de instrucción premilitar se realizaban inicialmente en la canchita de fulbito del colegio. Salíamos tres secciones y en principio sólo varones. Eran a las 11:00 a.m así que imagínense el calor a esa hora del día, aun así, creo que todos teníamos el entusiasmo de estar allí, preparándonos para el gran desfile. Todos, menos uno.

Como toda organización militar, siempre se ordenaban a los alumnos de mayor a menor tamaño. Yo era uno de los últimos, porque era uno de los más pequeños. Recuerdo la rudeza y la fuerza de la voz de los sargentos y alférez. Ellos tenían una regla de madera con la que trataban de alinear a los alumnos que estaban formando. Recuerdo que decían:
¡Batallón! … ¡Firmes!

 Nosotros teníamos que juntar nuestras piernas, los brazos pegados al cuerpo y mantenernos parados sin movernos.

Luego escuchábamos:
¡Descanso!

Nuestra posición era: brazos hacía atrás, una mano agarra la muñeca de la otra, y las piernas se separan haciendo un ángulo menor de 30 grados.
¡Batallón! … ¡Firmes!

Otra vez el mismo accionar, como yo estaba atrás podía ver si es que estábamos alineados o no. Los que no estábamos así, recibían un reglazo por parte de los instructores.
También los instructores decían:

¡A la izquierda! … ¡Izquierda!

Y todos al unísono, hacíamos un giro en nuestros pies y volteábamos a la izquierda. Menos uno, que volteó a la derecha. Este adolescente era uno de los más altos, era un larguirucho, de cabello ensortijado, pero que al parecer tenía problemas de ubicación. Se dio cuenta de su error e inmediatamente corrigió su posición.

¡A la derecha! … ¡derecha!

Todos volteamos a la derecha, menos mi amigo, que volteó a la izquierda.
El instructor se percató del error, se acercó hacia él, le dijo con voz fortísima:
¡Señor ubíquese bien! Recuerde que la mano derecha es la mano con la que usted come.
En el primer llamado, usted debe de cerrar el puño de la mano a la cual vamos a voltear, y ya en el segundo llamado, usted se dirige a la posición donde tiene cerrada la mano. ¿Me dejo entender?  . Preguntó.

¿Me dejo entender? Replicó
 Si.  Contesto mi amigo con voz pusilánime.
¡No escuché nada!.. ¿Me dejo entender? Replicó el instructor más fuerte aún. Quizá para llamar la atención del larguirucho amigo mío.
   ¡Sí señor, entendido Señor!  Replicó mi amigo con mucha fuerza.

Otra vez.

   ¡A la izquierda! … ¡Izquierda!

Todos a la izquierda, menos mi amigo.

   ¡Carajo no sabe usted, cuál es su Izquierda! Exclamó el instructor ya muy irritado.
Mi amigo hizo el cambio de derecha a izquierda. Los palomillas empezaron a reírse y burlarse, sobre todo por la forma como el instructor se había irritado. Se rascaba la cabeza, respiraba rápido, caminaba de atrás hacia adelante. El tema es que este amigo mío iba a formar parte de la escolta y no era permisible que pueda cometer un error de este tipo, visionando el desfile militar.

Nuevamente.

   ¡A la derecha! … ¡derecha!

Mi amigo, otra vez se equivocó, y cambió a la izquierda. Para esos momentos todas las miradas se dirigían como dardos asesinos a mi larguirucho amigo.  Realmente yo sentía algo de misericordia. La abuela mía me había enseñado a ponerme en el lugar de la gente, ubicarme  en su posición para poder comprender su comportamiento. La  psicología organizacional, le ha puesto la etiqueta de Empatía. Mientras todos los compañeros demostraban el sarcasmo, la burla, la pachotada, propia de la edad, y sobre todo de tal hilarante situación, yo trataba de mantener la sobriedad y la reserva por este caso. ¿Cómo es posible que un muchacho se pueda confundir de esa manera, tantas veces? Hay estudios relacionados con la neurociencia y  a ese proceso de bloqueo mental le llaman el “Secuestro Límbico”. Quiere decir que una parte de nuestro cerebro, para ser exacto el sistema límbico —donde se registran y generan nuestra emociones—   se inundan de sustancias del estrés —Cortisol, por ejemplo—y generan una reacción donde los pensamientos y acciones se obstaculizan, es algo que no podemos controlar, a no ser que aprendamos a gestionar esa situación, ese estado, Inteligencia Emocional, le llaman.

Esta última acción colmo la paciencia del iracundo y prosaico instructor. Entonces lo que hizo fue sacar a mi compañero del “batallón” y lo colocó a un costado, fuera de la plataforma o loza deportiva. Entonces le dijo:

   ¡Párese bien! Derecho!   ¡Mire al sol!  ¡Mire al sol Carajo!

Yo veía como mi amigo estaba derecho mirando al intenso sol. Sus ojos se cerraban y se abrían, se abrían y se cerraban.

El instructor dijo:

—Señor, ahora grite fuerte ¡Soy Corcho!

En ese instante todo el escuadrón de mancebos lanzo una carcajada al unísono. En ese momento yo no sabía el significado de la palabra corcho.

   ¡Soy Corcho! Gritó mi amigo.
   Más fuerte ¡Soy Corcho!  Exclamó el instructor.
   ¡Soy Corcho! Espetó mi amigo.

Mientras a mis compañeros les empezaba a doler el estómago de tanta risa.
Creo que mi compañero al igual que yo, no sabía el significado peyorativo de esa palabra, utilizada por este imberbe instructor, que en vez de motivar, incentivar y educar, lo que pretendió fue vilipendiar, humillar y bajar el autoestima de este amigo mío.
Al margen de esta anécdota, la preparación para el esperado desfile fue muy ardua y sacrificada. Me habían escogido como brigadier general. Así que por esta condición —inmerecida por cierto— debía formar parte de la los tres muchachos que iniciábamos el desfile. Yo tenía que ir al centro y dar las órdenes en el momento y lugar adecuado, para levantar los “Palitos de color blanco” y hacer todo el gesto protocolar cuando estemos pasando por el estrado oficial conformado por el Alcalde y sus regidores, el      sacerdote, autoridades militares, y otros asistentes oficiales.  De los tres, yo era el más pequeño, realmente no quería estar allí. Pero tenía que hacerlo y hacerlo bien. Practicamos duro, con mis dos compañeros del costado. Y cuando lo hacíamos, yo trataba de decirles que debíamos levantar la pierna lo más alto y con la mayor rigidez posible.
En el desfile, el astro rey nos lisonjeaba con su fortísima luminosidad. Empezó la hora de la acción. El maestro de ceremonia, el Sr Fredy Ecca,   hizo el anuncio.

Señoras y señores, a continuación hará acto de presencia en el desfile cívico militar, el gran Colegio Nacional  Mixto 7 de Enero”.

La banda del ejército peruano seguía tocando con pulcritud e inusitado entusiasmo. El auxiliar encargado de mantener el orden era el señor Donaldo Mena Preciado—pero todos le decíamos Lamparoso— este exclamó  y dijo:

   ¡Señor Yacila, ya, de una vez. Empiece! Por favor que todo salga perfecto. Expresó de manera escueta.

Nosotros estábamos en la calle Atahualpa, justo al frente del cine de Corrales. Me invadió un fervor patriótico, sentí por mis venas una emoción bien grande, me sentía como un héroe, como un prócer de la independencia.  Empecé marchando, con el pie izquierdo. El pie izquierdo sincronizaba con el bombo de la banda. Mi mirada era fija, hacia al frente, miraba hacia el cuartel de Corrales. Mi cara cambió de expresión, denotaba rudeza, molestia, era muestra de las enseñanzas de los instructores. Escuchaba llamados de los familiares, primos, tíos:

— ¡Bien Zico! Derecho no más. No  te pongas nervioso. — Decían.

Cuando estábamos por llegar al estrado, lancé un grito:

    ¡Pierna en alto… más alto!

Los tres compañeros empezamos a levantar la pierna con tal vehemencia y al ritmo del bombo. La gente empezó a aplaudir por ese cambio de ritmo. Cuando estábamos por llegar al medio del estrado —justo al frente del alcalde de Corrales— yo exclamo con voz fortísima:
Saludo al estrado…¡ Saludo!

Todos desplazamos nuestros “Palitos de color blanco” en un ángulo de 30 Grados separados de nuestro cuerpo en dirección hacia la pista de desfile, mientras nuestras miradas impertérritas y con el cejo fruncido miraban en dirección al estrado. En ese instante mi corazón empezó a latir más fuerte, los golpes que mis pies con el suelo eran tan fuertes que me removían mi cerebrito, asimismo la pista emanaba polvo a la atmosfera. Ese día todo salió bien. Marchamos como nunca. Cuando marcharon las fuerzas armadas también lo hicieron extraordinariamente bien.

Otro de los más gratos recuerdos que se acurrucan en algún lugar de mis neuronas, fue cuando participé junto con Elizabeth Asencio Yacila en el concurso departamental de matemáticas. Justamente en ese año, en enero, habíamos ganado el primer puesto en el concurso de matemáticas en nuestro querido distrito, y por antonomasia debíamos participar en el concurso departamental. Recuerdo que el profesor Marco Dios Henckel fue el profesor encargado de prepararnos para ese gran reto. En esa época, se podía decir que los mejores Colegios a nivel departamental eran El Santa María de la Frontera, El Niño Jesús, el C.N EL Triunfo y La Inmaculada Concepción, todos era del mismo Tumbes. Todos sabían que el ganador debía salir de algunos de esos prestigios colegios de la capital tumbesina…pero no fue así.

Las lecciones impartidas por el profesor Marco fueron fundamentales para que nuestro humilde colegio, aquel colegio cerca de la quebrada, se llevara los dos primeros puestos en ese concurso de matemáticas.  El primer puesto lo logró la extraordinaria, disciplinada, aplicada, ordenada, inteligente y humilde, Elizabeth Asencio Yacila. Mientras que el segundo puesto, lo logró un prosaico, indisciplinado, desordenado y jacobino adolescente. Cuando dieron los resultados estábamos súper felices  y creo que nuestro colegio si hubiera tenido un corazón, hubiera latido a mil por hora, dos de sus hijos humildes y pequeños habían logrado a base de sacrificio, pestañas quemadas y ojos cansados, los dos primeros puestos en el concurso de matemáticas.   
Otra anécdota de ese año fue cuando nuestra querida profesora de religión Tania Velásquez, como de costumbre, cada vez que ingresaba al salón de clase para realizar la sesión, nos hacía rezar el Padre Nuestro. Eso era todo un ritual. Recuero que yo me sentaba junto con Francisco Yacila Lomas y adelante nuestro, estaban Patricia Saavedra Nathals y Carmen Elena Alvarez Morales.  La profesora antes de rezar nos daba una pequeña catequesis y de pronto todo era silencio, ella cerraba los ojos y empezaba la oración:

Padre nuestro, que estas en el cielo[…] El pan nuestro…

En esos momentos en medio de la oración y con los ojos cerrados, un olor nauseabundo inundó todo el salón de clase. La gente abrió los ojos, todos nos empezamos a tapar la nariz, era terrible, era como el olor a huevo podrido. La profesora seguía orando, hasta que el olor le llegó a su sentido del olfato. Dejó de orar, se fue despavorida a abrir la puerta. Salió del salón unos minutos. Todos aun estábamos parados, y nos empezamos a culpar unos a otros.

Ha sido el PanceLeche — Decían unos.
No. Ha sido el Zorro. No, ha sido el Bayo. Profesaban otros.
Creo que sido el Pato Villar. Decían entre risas.

Al final la profesora entró furiosa. Hizo su catarsis:

¿Cómo es posible, que en plena oración ustedes se tiren una ventosidad?—
Hasta ese momento nadie sabía el significado de ventosidad, pero todos sabíamos que quería describir.

De pronto una voz, se escucha:

¡Profesora la culpable es la Pota que ha regalado el ejército!

Todos nosotros nos matamos de la risa por tal hilarante respuesta. Eso lo dijo uno de los hermanos Zorro,  Rogger.

El día de la clausura del año escolar, yo estaba inquieto. Mis padres habían tenido una discusión —propia de un hogar en evolución— y mi madre me dijo:”ándate donde la mamita” — es decir donde mi abuela materna, Nolberta— Me fui con mi hermano menor Alex, que ese tiempo tenía cuatro (04) años. Lo dejé donde mi abuela y me fui al colegio. Tenía un pantalón azul, una camisa blanca de cuadros, y unas zapatillas La GEAR— pero las bambas— que mi padre me había comprado por navidad. Me fui a mi colegio. Caminé por el parque, la calle Hilario Carrasco, crucé el cauce de la quebrada y llegué al colegio. Estaba nervioso. Mi mente regresaba a mi casa y me imaginaba que podría estar pasando. Me junté con mis amigos de siempre Paty, Elena y Pancho. Estábamos en el segundo piso.

Cuando el profesor  Yamunaqué —que  hacía maestros de ceremonias— menciona el nombre mío. Mis amigos me avisan, porque yo estaba en otra. Bajo al primer piso,  y tenía que dar algunas palabras de despedida. Realmente no sabía que decir. Estaba en otro planeta, en otro vacilón. Empero, aún recuerdo sólo el inicio de mi primer y último discurso en mi gran Colegio Nacional Siete de Enero:

“[…] Queridos compañeros, queridos profesores. En representación de la promoción 1992, quiero agradecer por todos los conocimientos impartidos. Cuando llegamos a esta alma mater, no sabíamos que era un monomio, polinomio un numero entero o un número racional. Pero hoy sabemos eso y mucho más. Estoy seguro que esos conocimientos nos servirán para nuestro futuro […]”

Ese día, yo recibía el diploma por el  primer puesto, una beca para estudiar en una academia pre universitaria en Tumbes, y un par de libros donados por esa misma academia. Debí sentirme alegre, pero yo estaba intranquilo, inquieto, nervioso.

Regresé con mi diploma enrollado, mi camisa pintada y garabateada por mis compañeros, mi sonrisa era endeble y falaz. Fui donde mi abuela a ver a mi a hermano. Estaba mi abuela con algunos familiares, todos se alegraron por este supuesto logro. Yo me reía, pero por dentro estaba triste. Llegué a mi casa y no había nadie, estaba con candado, tuve que esperar por lo menos media hora, hasta que  vino mi mamá. Al ver el cartón mi madre se emocionó y me dio un gran  abrazo y me dijo:
“Hijo mío te doy mi bendición. Sigue esforzándote y lograrás todo lo que te propongas. Nunca dejes de estudiar, ni de aprender. Es lo mejor que sabes hacer...”

Mi madre ha sido y es una guerrera y sobre todo una pitonisa del bien.

En la fiesta de promoción mi pareja fue la dulce  Jessenia Quevedo Malmaceda. La fiesta se hizo en el Local del Club Hilario Carrasco, todos estábamos bien guapetones. La gente bailó al compás de los hits de ese entonces. No probé alcohol ese momento, a pesar de la insistencia de varios de mis compañeros, es que a veces cuando me enterco en algo, soy bien testarudo. Recuerdo a mi cumpa Francisco Yacila Lomas, el popular Pancho, entre copas empezamos a conversar en uno de los salones del Hilario Carrasco y me dice:

— “Oe Paya, vamos a Lima on. Postulemos a la San Fernando, sobrao la agarramos a la primera.
Yo lo miré a Pacho, y le dije:

—Oe tas choborra. ¿Tú crees que vamos a ingresar a la San Marcos? ¿A la primera? Además tú no eres para médico, tu vocación es el arte, la pintura, el dibujo, desarrolla esa habilidad, desarrolla el lado derecho de tu cerebro. Actualmente Pancho, es gerente de una empresa que se dedica al Coaching empresarial.

Al día siguiente nos reunimos los integrantes de la  promoción del 5to C. Fue en la plaza de Corrales, a las 11:00 a.m. Fuimos a comernos un cebichito, y ese fue quizá el último día donde casi la mayoría de la promoción nos reunimos. Digo quizá el último día, por que muy pronto, si Dios lo permite, nuevamente nos volveremos a encontrar después de vientres (23) largos años, en la celebración de los cincuenta años de nuestro glorioso Colegio Nacional Mixto Siete de Enero de Corrales.
Nuestra piel ya no será lozana, quizá las arrugas se están adueñando —sin pedir permiso— de nuestros rostros, ya peinamos canas, o quizá ya no peinamos nada,   estaremos gordos o flacos, con ilusiones o sin ellas, con sueños cumplidos o sueños que se hicieron pesadillas, todo nos pudo haber pasado.

Pero lo que nunca pasará, ni disminuirá, nunca creo yo, es el inmenso orgullo que tenemos por haber estudiado en el gran Colegio Nacional Mixto Siete de Enero de Corrales. Me llevo en mi frágil memoria, los grandes momentos de esta hermosa etapa mía.

Es por eso que, sin tener el talento de un escritor, pero si el entusiasmo de un adolescente enamorado, he tratado de plasmar en esta serie de capítulos, las historias más representativas que los recuerdos míos, en complicidad con la irreverencia (vuelvo a repetir no soy escritor), han tenido la generosidad y la deferencia de dejarse expresar. He hecho esto, por mis compañeros de la promoción Juan Francisco del año 1992, por mis compañeros de la sección “C”, por mis hijos, esposa, padres, hermanos, familia y amigos, para que al menos cuando nos veamos, luego de haber leído alguna de estas historias, tengamos un pretexto humano y sublime, para volver a soñar como adolescentes.


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domingo, 5 de abril de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO: CUARTO AÑO

En el año mil novecientos noventa y uno (1991), cursaba  el cuarto año de educación secundaria. Se podría decir que estábamos en el prólogo del epílogo de esta extraordinaria relación con mi gran Colegio Nacional 7 de Enero. Si, este feto cognitivo ya bordeaba, estimo yo, —haciendo una metáfora con el desarrollo pre-natal— los  siete (07) meses de gestación. El cuarto grado de educación secundaria impregnó en mi endeble memoria y en mi taciturno corazón, varias emociones juntas. En ese año también ocurrió la huelga del magisterio más larga que se ha producido hasta donde tengo conocimiento.

En aquel año la primera vez que asistí al centro base C.N 7 de Enero fue  después de dos semanas de retraso. Un lunes, si, fue un lunes, un lunes de otoño, aunque en mi querida tierra, siempre es verano, siempre la majestuosidad del astro rey se deja sentir,  siempre es alegría. Ese lunes, como todos los lunes, iniciábamos con el izamiento del  sagrado pabellón nacional. La auxiliar encargada de la ceremonia se percata de mi presencia—no sé cómo, porque yo siempre pasaba desapercibido—  y me invita a izar el pabellón nacional. Con la sinceridad de siempre, debo decir que me llené de ínfulas. Si, de esas que te hacen inflar el pecho—aunque yo era tan flaco que no se inflaba nada— pero me alegré gratamente por tener ese privilegio de izar por vez primera el pabellón nacional en mi gran colegio. Todos los compañeros guardaban el respeto propio de la ocasión, aunque siempre estaban los compañeros que hacían bromas para deleite de todos.  Mientras mis manos cadenciosamente se desplazaban de arriba hacia abajo con el objetivo de elevar nuestra bandera hasta lo más alto, mi mente soñaba e imaginaba que yo era alguien importante. Si, alguien de quien mis amigos y compañeros se sientan orgullosos, sobre todo, por el esfuerzo, la humildad, la honradez y la capacidad de hacer el bien a los demás. Esta misma sensación la tuve hace poco, cuando en mi anterior trabajo, en un importante ministerio, se me invitó a izar el pabellón nacional. La única diferencia es  que ya no soy el adolescente enjuto y de rostro fino, ahora  estoy gordo, canoso y con las marcas del tiempo en mí no agraciada faz.

Ese año,  la dirección del colegio decidió que todas las secciones del cuarto grado de educación secundaria pasen al turno de la tarde. Aunque parece baladí este accionar, al menos a mí, y sé que a varios compañeros les cambio toda la rutina y fue muy difícil adaptarse. Esto debido a que los tres primeros años, nuestras clases habían sido en la mañana. Adicionalmente a este cambio abrupto, hubo otro muy significativo: el nuevo profesor del curso de Agricultura.

Algunos púberes habíamos seleccionado como curso técnico, el curso de Agricultura, sobre todo porque era un curso donde no pedían materiales, ni cosas cuyo valor no estaban contemplado en el precario presupuesto familiar, sólo nos pedían nuestra fuerza motriz para preparar la tierra y sembrarla. También, el profesor del curso —en tercer año—,  Ricardo César Espinoza Yacila —q.p.d.g— era un docente que daba un trato muy especial al alumno, te hacía sentir como en casa, y la relación con él se aproximaba al lindero de la amistad. Pero en cuarto año eso cambio por completo. El profesor del curso de Agricultura fue Isaud Dios Barrientos, pero nosotros lo conocíamos como “Chelo”. La primera sesión que tuvimos con el profesor Chelo, que fue un jueves nos dijo lo siguiente:

Señores, yo soy su nuevo profesor de agricultura, y conmigo aprenderán a sembrar la tierra de verdad. Aprenderán a sacarse la mugre, tal como trabajan nuestros hermanos campesinos. Yo no soy su padre, ni su amigo, soy su profesor, así que conmigo labrarán la tierra con esfuerzo y dedicación […]” (sic).

 Esas frases fueron suficientes para darnos una idea de cómo se iban a desarrollar todos los jueves, porque el curso había sido programado los días  jueves, todo el día, de 1:00 pm a  6:00 pm.
Luego de una pequeña charla introductoria acerca del origen de la Agricultura, y la forma como ésta había ayudado a la humanidad, empezó la acción. Éramos como cuarenta (40) alumnos, el profesor nos dividió en   cuatro (04) grupos  de diez (10) personas, y nos asignó nuestro primer trabajo: limpiar la maleza de una parcela. Agarramos lampas, trinches y rastrillos, y sinceramente fue un día traumante, porque el profesor Isaud, se comportaba como un latifundista que exigía a sus siervos campesinos a trabajar sin detenerse. Varios terminamos con ampollas en las manos y con nuestros uniformes sucios. Después de ese día lamenté haberme metido al curso de Agricultura. Sinceramente, cuando la luz del día miércoles se trocaba en penumbra, mis ánimos decaían, porque se venía el inevitable día jueves. Los días jueves fueron tan estigmatizantes en los dos primeros meses, que podríamos decir que en “esos jueves, los húmeros me ponía a la mala, y jamás, como esos días, me volvía a verme sólo...”. Con el transcurrir del tiempo, nuestros cuerpos adolescentes se acostumbraron al trabajo draconiano. La imagen de sátrapa que había formado el profesor Isaud en nosotros, se fue desvaneciendo poco a poco, con las interacciones semanales. El ojiverde profesor Chelo, es un profesor completo. Domina su curso, exigente cien por ciento, además es artista, toca guitarra, canta, compone muy bien y sobre todo nos brindaba consejos que al menos para mí me han ayudado y me siguen ayudando hasta ahora:

 “El esfuerzo siempre te lleva al éxito”, decía.

El profesor Chelo nos hizo crear parcelas en nuestros corrales o en algún lugar de nuestras casas donde se pueda sembrar, y decía:

Voy a pasar por sus casas para ver si están sembrando sus parcelas”.

Yo hice mi parcelita, donde sembré culantro, lechuga y rabanito. También  sembré una planta de plátano de manzano, que me dio mi tío Pepe ( q.p.d.g) de su chacrita.  El profesor Chelo en ese tiempo vivía  en el centro poblado de Buena Vista Baja; para ir al Siete de Enero tenía que pasar por mi casa, definitivamente iba a ver mi corral y se iba a percatar si es que había o no una parcela, es decir, yo no tenía otra opción que hacer mi parcela y sembrarla de inmediato, y así fue.
Recuerdo que  un día nos reunió y nos dijo:

“¡Muchachos, quiero que vayan a recoger algarrobas, necesitamos darle de comer a los cuyes.  Pero con una parte de esas algarrobas vamos hacer una pócima ya no ya!

 Efectivamente, recogimos las algarrobas, y el profesor Chelo ya tenía dos latas vacías de aceite  (capri)  y que las había colocado en una pseudo cocina de leña, estaba haciendo hervir agua, de repente me dijo:

 “Usted, señor, —el profesor no me llamaba por mi nombre ni apellido—  de su saco de algarrobas saque la mitad y lávelas bien.”

Yo seguí al pie de la letra lo encomendado, y luego, el profesor tomó las algarrobas lavadas y las echó en las latas que simulaban ser ollas. Después de diez (10) minutos echó el contenido de dos latas de leche gloria, e hizo el siguiente comentario:

Haber señores, escúcheme con mucha atención, ustedes van a probar el más delicioso manjar y sobre todo el más nutritivo alimento. Esto tienen que hacerlo en sus casas, para que crezcan sanos y vigorosos. Ustedes están en pleno desarrollo y necesitan alimentos que les den fuerza y vigor. ¿Ven esos cuyes?. Ellos comen algarrobas siempre, por eso estos animalitos nunca se cansan, siempre tienen energía, casi todos los días tienen relaciones sexuales,  siempre son fértiles, 5 o 6 crías, varias veces al año. Ustedes van a tomar esta pócima y después de esto, saldrán poderosos, para el trabajo que toca hoy en nuestra parcela. Lo único que les pido  es que saliendo del colegio, no busquen a ninguna dama de vestido plomo y zapatos de charol. ”  

Todos los muchachos soltamos la carcajada, varios de los púberes presentes empezaron a señalarse, mientras pelaban las muelas, porque como es sabido, la mayoría de adolescentes en ese tiempo, tenían su primera experiencia sexual con aquella dama de vestido plomo y zapato de charol, es decir, con una burra o pollina.

Una vez el Profesor Isaud nos dejó un trabajo acerca de los tipos de suelos —suelo arenoso, arcilloso, limoso, etc. —Teníamos que hacer una muestra de cada uno  de ellos.  Recuerdo que pase casi dos días  recorriendo la quebrada y los cerros aledaños a mi casa, e inclusive fui hasta el cementerio, para sacar las muestras de esos suelos. Luego, conseguí un tripley viejo de 50 x 40 cm, lo lijé bien,   y lo barnicé. Coloqué las muestras de suelo —recuerdo que eran doce (12) tipos diferentes— cada una en una bolsita de bolos, y las engrampe en el tripley.  Cuando presentamos el trabajo, sólo dos alumnos pudimos hacerlo, y el profesor Chelo se quedó gratamente sorprendido por mi trabajo, que en realidad fue respuesta a la exigencia que él había estampado en mi accionar.

En ese tiempo, la mayoría de compañeros  de mi sección  cuarto grado “C“ tenían entre   quince (15) y dieciséis (16) años, sólo dos alumnos teníamos trece (13) años—al menos hasta mitad del año— esos alumnos éramos Francisco Benedicto Yacila Lomas y yo. Yo veía con cierta envidia como crecían mis compañeros, nosotros nos quedamos pequeñuelos, y es que aun nuestro proceso de desarrollo no había empezado. Las púberes de mi salón estaban radiantes, estaban hermosísimas, tenía una gracia y un candor especial, irradiaban feromonas a raudal. Mi pequeño corazón se inclinaba por una tierna muchacha, que no describiré su nombre. Carita dulce y redondeada, contextura ligeramente gruesa, tamaño medio para la edad, y una sonrisa que dibujaba la bondad y ternura de su corazón. Hasta en ese año, nunca fui capaz de pronunciar ninguna palabra que delatara este incipiente sentir por la muchacha. Empero, nuestras miradas adolescentes se entrecruzaban, nuestras retinas compartían el mismo haz de luz, y nuestros pensamientos por momentos fugaces y sublimes compartían un mismo pensar. 

Otro de los cursos nuevos, por decirlo así, fue el curso de Psicología a cargo de un enjuto profesor: Domingo Farías Estrada, este profesor tenía un estilo particular. Apenas empezaba su sesión nos tomaba una prueba oral, eran cinco o seis alumnos los afortunados en salir a responder las preguntas del profesor, preguntas de la clase anterior. También en cada clase nos dejaba con las ansías o el interés de aprender la siguiente. Por ejemplo,  recuerdo que en el segundo bimestre abarcó el tema del desarrollo psicológico del ser humano — descritas en las etapas de la  infancia, niñez,  adolescencia, juventud, adultez y senectud—  cuando ya había terminado la etapa de la niñez,  expresó:

La próxima clase voy a describir como son ustedes, que les gusta, que no les gusta, cuales son miedos y que es lo que quieren hacer, porque son así y porque son rebeldes […]”

Con esta frase la gran mayoría de nosotros pusimos mayor atención en las clases siguientes, debido a que nosotros (o al menos la mayoría)  estábamos pasando por un etapa de cambios sustanciales.
Justamente en esta etapa de la vida—la adolescencia— pueden ocurrir dos cosas, o te conviertes en un rebelde del sistema — el sistema formado por tu familia, tus amigos, tus profesores, tus autoridades— o te conviertes en la persona abanderada de la justicia involucrándote en situaciones justas o injustas pero que en definitiva necesitan de tu apoyo y sobre todo de la adrenalina y la testosterona que en esta etapa tenemos en demasía.  Recuerdo que mi compañero Roberto Rugel Zevallos, más conocido como “Vayo”. No sé porque le decimos así, quizá por el frejol o por una contracción de su segundo apellido.  Vayo en ese tiempo era un zagal taciturno, tranquilo y callado. Vivía en el centro poblado de Buena Vista Alta, formado en el calor de un hogar humilde, con padres que amaban a la tierra tanto como a sus hijos.  En setiembre de ese año—1991— Vayo tuvo un percance académico. Las autoridades académicas le notificaron que él no debió estar en cuarto año, sino en tercero. Aparentemente había tenido un problema en la rendición del examen de quinta nota—que se tomaba en marzo—  en un curso y que por esta razón debía perder el año. Vayo comentó su inconveniente al profesor Clemente Chávez Mego, nuestro profesor de Lengua y Literatura. Chávez Mego era un profesor con una gran elocuencia y capacidad de oratoria, tenía un marcada tendencia socialista y estos temas relacionados con la injusticia le animaban el espíritu  y lo trocaban en el mesías que cualquier maltratado por el sistema necesitaría ante un problema de esta índole.  Es así como promovió una marcha hacia la Zona de Educación de Tumbes. La mayor parte de compañeros del cuarto grado “C  “ fuimos hacia Tumbes. Él corrió con los gastos de movilidad.  El líder de ese grupo de mancebos era yo. Fui seleccionado por todo el populorum para hablar delante de la dirección a explicar la tropelía  que le estaban haciendo a mi compañero Vayo. Al regresar, fuimos al colegio, obviamente llegamos tarde. El Director Jaime Espinoza Ulloa me llamó a la dirección y me dijo:

Cómo es posible que tú, Zico, hayas tenido el atrevimiento de ir a la Zona para dejar mal a tu colegio, a nuestro colegio, tú que eres el primer alumno, cómo te puedes comportar así. Cómo te dejas manipular. El problema de tu compañero ha sido un problema compartido, tanto de él como de la dirección académica. Ya habíamos tomado la decisión de apoyarlo. Voy a llamar a tu madre para que venga a conversar conmigo […]”

El único sustento que di es que un yo siempre voy a defender la justicia, la verdad y a las personas que más lo necesitan. Eso me enseño mi abuela Norberto Zárate Rugel, y eso, gracias a Dios sigue orientando mi camino, ahora que ya acarició las cuatro décadas.

Marcos Antonio Dios Henkell fue también uno de los grandes profesores que tuvimos. Él nos dictó el  curso de Matemáticas. Cada vez que tengo la oportunidad  de comentar mi historia, de cómo así  tuve la oportunidad de ingresar a la universidad, siempre me brota del corazón hablar del profesor Marcos Antonio. El profesor Marcos es un hombre sencillo, amable y con un tono de voz que calá en tu alma y te da tranquilidad, es de aquellos que han descubierto y aman su verdadera vocación: el ser maestros de verdad. Así es,  gracias a Dios tuve la oportunidad de ser seleccionado para representar a mi salón en un concurso de matemáticas entre todos los salones del cuarto grado. Afortunadamente quedé como uno de los chicos que íbamos a representar al colegio en el concurso distrital, junto con la extraordinaria alumna Elizabeth Asencio Yacila. Es allí donde empezamos a tener una vinculación académica más intensa. Es como tener a un profesor de matemáticas siempre a tu disposición y el profesor Marcos realmente me tenía demasiada paciencia, porque yo siempre he sido una persona que no aprende muy rápido. A veces teníamos que salir de otras clases para asistir a las clases superintensivas de matemáticas y recuerdo a mi compañero Francisco Yacila Lomas decir:

Oe paya, no estudies tanto on, te vas a volver loco…” 

Yo le comenté algo que había escuchado acerca del uso del cerebro, y le dije:

Oe Jero, nosotros no usamos ni el 10% de capacidad del cerebro. Debemos de explotarlo.”

Para la mayoría de  compañeros, yo me iba a volver loquito con tanto número, aunque hoy, para mi adorada  esposa, mis pequeños hijos, mi madre querida  y algunos amigos cercanos, sólo me separa una línea delgadísima con ese estado de  creatividad e innovación aun no comprendido.  
Recuerdo que en ese año singular se produjo la mayor huelga magisterial, realmente nos produjo un atraso significativo, pero creo que las demandas de los profesores eran justas, ellos tenían una paupérrima remuneración. Una de las consecuencias de los aproximadamente cuatro meses de huelga, fue que debíamos estudiar hasta febrero del año 1992. Ese tiempo fue realmente un tiempo muy divertido, el advenimiento de los carnavales eran aprovechados por los alumnos para mojar, empolvar y embetunar   a los compañeros.  Recuerdo que una vez estábamos sentados en el parque de Corrales, la lluvia intensa había formado un charco considerable al frente de la iglesia; Patricia Saavedra Nathals,  tuvo la mala idea —para ella— de mojarme. Todos los amigos míos,  se mofaban, se burlaban de ese acto temerario. Bueno, tenía que salvar mi honor, y lo que hice fue agarrar a mi amiga Paty—la cual estimo y aprecio — la alcé en peso y la metí en el charco. Sí, la tumbé y empecé a echarle agua con mis pies, mis zapatos estaban mojados con esa caliente y turbia agua. Paty sale aturdida ante el escarnio y la mofa de los asistentes, y exclamó: “Zico con%&$adre…eres una ca#&ada”  matándose también de la risa, mientras trataba de expulsar de sus labios morenos, el agua que se le había metido en la boca. En otra ocasión mi compañera Anita Rosillo Aguayo, se le ocurre echarme talco en la cara, cuando estábamos en un receso del curso de religión. Lo que hice fue agarrar una porción considerable de betún Nugget  y le eché en su rostro, creo que exageré con el betún, me llevaron a la dirección y lo único que dije fue que tenía que defenderme.  ¡Me defendí muy bien!. Al final, nos reíamos a raudales.

 Gracias a las clases del profesor Marcos, Elizabeth Asencio Yacila y yo, fuimos seleccionados para representar a nuestro colegio en el concurso distrital de matemáticas, auspiciado por la Municipalidad Distrital de Corrales con motivo de su ciento veinte un (121) aniversario. Recuerdo que rendimos el examen en la biblioteca municipal. El examen según recuerdo, estaba sencillo; aquellas clases del profesor fueron vitales para alcanzar ese nivel de matemáticas. Mi prima Deysi Olaya Espinoza, se acercó  a la puerta y vio mi estado de concentración, quizá por eso fue a comunicar a mi abuela y a mis familiares que a mí “me estaba saliendo humo por la cabeza”. En realidad, Deysi tiene una cuota de imaginación y creatividad muy singular y digna de admirar. Finalmente Eli y yo alcanzamos el primer puesto en ese examen, ambos obtuvimos la máxima nota. Creo humildemente que nuestro gran colegio y las autoridades del mismo se alegraron al saber esta noticia; estoy seguro que Eli también compartía la inmensa alegría por representar tan bien a nuestro querido Siete de Enero. Adicionalmente, es meritorio expresar que las  clases del extraordinario profesor Marcos Dios fueron cruciales para mi posterior ingreso a la universidad. No fui a ninguna academia pre-universitaria acá en Lima, no expreso esto  por soberbia—a la cual desprecio con todo mi ser— sino por la  precariedad económica familiar. El camino mío no ha sido fácil de transitar, pero Dios dispuso lo justo y necesario para avanzar. Así es, académicamente sólo  tenía, lisonjeando a mis endebles y frágiles neuronas,  las magníficas y  prístinas  clases de matemáticas del Profesor Marcos Dios Henckel.
También recuerdo a  otros profesores en ese cuarto grado: Walter Uculmana Siguas, profesor de Arte y Música. La  exigente profesora Martha Tomasto Miranda, recuerdo que nos exigía a dibujar el mapa del Perú casi a la perfección, y amar a nuestra patria como a nosotros mismos. Sigifredo Cedillo Álvarez entre otros.


La clausura de ese año escolar correspondiente al cuarto grado fue en febrero del año 1992, con la presencia de un calor sofocante.  Recuerdo que antes de ir al colegio, me fui a bañar al canal de irrigación, el agua estaba turbia, debido a que había llovido intensamente dos días antes. Me metí al canal, empecé a nadar como de costumbre, pisé el fondo del canal y en ese andar, tranquilo y sosegado, me corté la planta de pie con una lata oxidada que estaba en el fondo del canal atrapada por el barro. Salí nadando, mi pie sangraba, tenía un dolor fortísimo, me fui saltando en un pie al arenal cercano,  tomé un puñado de arena blanca y caliente y me eché en la planta de pie para evitar que saliera más sangre. A mi madre no le dije nada porque si no venían las reprimendas por andar descalzo y por sobre todo bañarme en el canal. Así, en ese estado, cojeando me fui al colegio, a la ceremonia de clausura. Nuevamente, ese pequeño algo rebelde, que disfrutaba del canal y de sus aguas limpias o turbias, con el pie cortado y que utilizaba la arena como ungüento para curar sus heridas, recibió sin merecerlo, el honorable primer puesto en aprovechamiento.

domingo, 1 de marzo de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : TERCER AÑO.

En el año mil novecientos noventa (1990) mi instancia en el gran C.N  7 de Enero correspondía al tercer año de educación secundaria. Según recuerdo fue un año de cambios  sustanciales  en la mayoría de mis compañeros y también de cambios drásticos en el ámbito local, nacional e internacional.
A diferencia del  segundo año —que nos correspondió un aula de material noble— en este tercer año, a mi sección, la sección de “Tercero C” le correspondió ser “sección volante”. Una “sección volante” era aquella sección que no tenía un espacio fijo destinado a las clases, sino, por el contrario, andaba errante en busca de un salón vacío cuyos alumnos  estuviesen haciendo educación física o, en su defecto, estuviesen en el curso  de formación laboral. Sinceramente, al margen de la incomodidad de esta forma de estudiar, este mecanismo fue una idea muy singular ante un problema evidente que tenía nuestro querido colegio: la gran cantidad de alumnos.

Gran parte de los cursos los llevamos en un espacio que había sido dividido para dos secciones. Generalmente los alumnos del “Tercero C” compartíamos ese espacio con “Tercero B”; sólo nos separaba unas estructuras movibles de tripley —eran cuatro que se colocaban de manera contigua—  y que fungían de pared, el techo era de Eternit (creo que es la marca), entonces imagínense el calor que sentíamos  a eso de las 11:00 a.m.

Ya en tercer año, mis amigos más cercanos eran: Carmen Elena Álvarez Morales, Patricia Saavedra Nathals y Francisco Benedicto Yacila Lomas. Por cierto mi  gran amigo Pancho y yo, éramos los alumnos de menor edad en la sección “C”, y creo que también de toda la promoción. Ambos iniciamos el tercer año con doce años de edad. Pancho cumple años en agosto  y yo en julio. Con Pancho tenemos unas experiencias alucinantes, que se dieron en cuarto y quinto año, y trataré de pincelar en su debida oportunidad.

Cuando inicié ese año escolar, recuerdo que tenía cierto grado de ansiedad por dos cursos: Matemática y Química. Sobre todo por los comentarios que hacían los alumnos de años superiores con relación a los docentes que dictaban esos cursos; mi mente  ahora ya atiborrada y maltrecha, lamentablemente sólo logra recordar el nombre completo de uno de ellos: Al gran profesor Pantalón Puño Lecarnaqué. El profesor Pantaleón, quizá fue uno de los docentes con mayor capacidad pedagógica. Sí.  El profesor se comía la pizarra, caminaba de derecha a izquierda, tenía un tono de voz gruesa y fuerte. Cuando tenía que hacer una precisión lo hacía hablando más fuerte y adicionalmente hacía unos ademanes que complementaban la explicación. Usaba como libro de apoyo el libro de Máximo de la Cruz Solórzano. Recuerdo las clases de Productos Notables,  Factorización,  Operaciones con Polinomios, Binomio Cuadrado Perfecto, Ecuaciones con dos variables, Resolución de Ecuaciones de Segundo grado, etcétera. Hasta ahora me acuerdo de la fórmula para resolver ecuaciones de segundo grado:

  “ equis es igual a  menos b más menos, raíz cuadrada de  b al cuadrado menos  cuatro a por c sobre dos a ”  literalmente hablando. Asi es, con el profesor Pantaleón mi afán por las matemáticas se fue incrementando; mi memoria flácida empezó a grabar cada fórmula, cada ecuación, cada forma de resolver los problemas, y me empezó a gustar la forma como las matemáticas podían ser usadas para resolver un sin número de problemas cotidianos. El profesor Pantaleón resolvía siempre los ejercicios pares del libro de matemáticas,  y los impares nosotros teníamos que resolverlos. Realmente eran bastantes ejercicios, algunos padres se quejaron a la dirección por la cantidad de ejercicios que dejaba el profesor, pero él continuó con su peculiar estilo, que por cierto es el mejor camino para aprender algo. Si señores,  si queremos aprender matemáticas tenemos que practicar y practicar, no queda otro camino. Esta inferencia la tenía bien clara el profesor Pantaleón. Cada vez que resolvía un ejercicio, al profesor Pantaleón Puño Lecarnaqué le invadía la alegría que colindaba también con aquella sensación que las personas tienen cuano hacen algo que va causar la admiración de los demás. Realmente fue (o es) uno de los mejores profesores del glorioso C.N 7 de Enero.

El otro curso que me abrió también la mente fue Química. La profesora era de Tumbes, era de estatura mediana, cabello ensortijado y corto, con una voz bien potente (  el nombre de la profesora es :Karol Correa Taboada . Gracias  Elizabeth Asencio Yacila por el dato).  Allí aprendí las fórmulas básicas de la química orgánica e inorgánica. La fórmula cloruro de sodio, nitrato de plata, de los alcoholes, los alcanos, alquenos, alquinos, los Éteres, etcétera; fue sin duda un curso muy peculiar.

Cuando nos tocaba en la sección separada por el tripley, generalmente me sentaba en una de las dos últimas carpetas. Las carpetas eran para dos alumnos, entonces me sentaba con Pancho o con cualquiera de las amigas: Patricia o Elena. En esa posición se veía todo el patio central, y normalmente nos distraíamos con cada transeúnte que caminaba por ese lugar. Es asi que vimos pasar a una de las profesoras más hermosas, delicada, dulce, con una voz que acariciaba los oídos. Ella nos enseñaba inglés, su nombre es Enna. La vimos pasar por el patio, caminando delicadamente, como una diosa del olimpo, parecía que contaba los pasos y que dibujaba en su andar una estela de frenesí que consumía a los ojos que osaban disfrutar de su belleza singular, e incluso daba la sensación que el mismo suelo se rendía en su transitar. Patricia fue la primera que se percató y dijo: ”miren, miren, miren allí va la miss Enna”. Al poco rato lanza un zafio silbido. Ella (Patricia) no resistió verla pasar con tal garbo y su ser expulsó ese sonido que parecía el silbido de un caballero prosaico y tosco. Yo estaba al costado de Paty en la misma carpeta, obviamente me hice el loco, como quien dice, yo no escuche nada, yo no vi nada. Lo que no sabíamos es que detrás de los Tripleis estaba el auxilar del colegio, uno de los más draconianos e intolerantes a los actos de indisciplina, era el señor Tarquino.
Justamente él, había estado conversado con la miss  Enna antes que ella transite por el patio. En una, no más, se acercó a nosotros y a unos 10 metros más o menos, exclamo: 

¡Ya ustedes, los cuatro a la dirección, que tal majadería! (sic).

En el camino  a la dirección teníamos que transitar  por ese patio. Todos empezamos a recriminar a Patricia:

—¡Tamare  negra como la jodes! Decía Elena.
—Oe Paty ¡haces sonseras no más! Comentó Pancho.
—¡Muérdete la lengua carajo! Fue mi expresión.

Hasta allí, nuestra amiga Patricia se sentía vilipendiada y abandonada por sus amigos. Ella estaba segura que sus amigos —ósea nosotros tres— la íbamos a acusar para salvar nuestro pellejo adolescente.
Ya en la dirección nos llevan a una sala especial,  allí estaba el señor Tarquino con su guayabera blanca impecable, su pantalón marrón y zapatos del mismo color. Sus lentes RayBan y su expresión de muy pocos amigos. Parecía un agente de la CIA o  de la PIP. Sinceramente me daba miedo el señor.

—Ya, de una vez, desembuchen. ¿Quién fue?  Dijo escuetamente.

Todos empezamos a míranos, nuestros ojitos se movían de izquierda a derecha, mostrando nerviosismo justificado y también signos de apoyo a nuestra amiga Paty. Nos quedamos mudos, mirando al suelo, parecíamos como los esclavos de los mayas cuyos corazones iban hacer extirpados.

— ¡No quieren decir quien fue! Saben que lo que han hecho es una falta grave de indisciplina que colinda con la suspensión por tres días. ¿Lo saben?

Preguntó enérgicamente. En realidad no lo sabíamos. No contestamos.

—He hecho una pregunta, ¡Lo saben!  ¡Respondan, lo saben!

—No lo sabemos señor. Dijimos al unísono.

 —Aja! Si hablan. Yo pensé que eran mudos. ¡Ahora me van a decir, quien fue!

Nadie quiso hablar y echar la culpa. El auxiliar Tarquino al ver nuestro nobel aplomo y está sutil cofradía empezó a atarantarnos.

—Usted, señor Yacila. Si no me dice quien fue, yo voy a pensar que usted ha sido. Y eso le va ir muy mal en su calificación anual, señor Yacila.

— Usted señorita Álvarez, ya tiene una tarjeta amarilla y le puedo sacarla tarjeta roja.

—Usted señorita Saavedra ya tiene tarjeta roja, ahora si le sacaré la tarjeta morada.

— Usted señor Yacila (Pancho se apellida Yacila Lomas) hablaré con su mamá y estoy seguro que no lo irá muy bien.
— ¡Si no me dicen quien fue, entonces todos fueron! Y todos serán suspendidos.

Todos hicimos fuerza común con Patricia, y nos íbamos a comer esa lagartija, hasta que Paty comienza a llorar y a incriminarse  y juró  que no volverá hacerlo.

Al final los tres nos fuimos y Patricia se quedó conversando con el gran auxiliar Tarquino. La sanción no se diò. El intolerable Tarquino tuvo compasión y misericordia con mi amiga.

En tercer año, la adolescente que había ocupado el primer puesto en primer año —1988— y segundo puesto en segundo año—1989—, ya no estaba. A su padre, que era un militar lo cambiaron a otra ciudad del país. Sin embargo, la lid — si se puede llamar asi— por los primeros lugares la seguían manteniendo: Maribel Azañero Rodríguez, Karin  Barrientos Pacherres, César Palacios Agurto, Jéssica Medina Morán, Julisa Fernández Rosillo, Aracely Yarlequé, Erin Escobedo Dios entre otros. Pero otra alumna llegó a formar parte de ese exclusivo grupo de púberes que disfrutaban del saber. Su nombre es Elizabeth Asencio Yacila.  Fue alumna de la sección “B” y todos le decíamos Eli.  Eli había estudiado los dos primeros años en Lima, en los prestigios colegios capitalinos “Dora Mayer” y “Fe y Alegría”, si la memoria no me hez esquiva. Eli era una adolescente muy pero muy ordenada, pulcra en sus cuadernos, con una letra hermosa, responsable en sus quehaceres escolares y apoyaba a su querida madre junto con su hermana Pilar. Eli escribía en clase generalmente  en su block — su borrador— y luego pasaba todo en limpio. Era una técnica extraordinaria que demuestra el estilo que siempre ha tenido Eli: sacrificio por hacer las cosas bien. Cabe recordar que en ese tiempo no había energía eléctrica en Tumbes, por lo que muchas veces la actividad de pasar a limpio, sobre todo en las noches, era posible gracias a la luz emanada de los lamparines a kerosene o  la luz de la vela. Además de eso, Eli era (es) una persona con una inteligencia sin igual, tenía esa capacidad de captar rápidamente las cosas y la forma de expresarlas denotaba —así como en sus cuadernos— el orden y la pulcritud de sus ideas y su pensar.

Recuerdo que en ese año, mil novecientos noventa, tuvo lugar la guerra del golfo pérsico, tuve la oportunidad de escribir en el periódico mural algo relacionado a esa coyuntura bélica.  Todos afirmaban que Irak con Saddam Hussein eran los malos de la película, porque había invadido Kuwait. Cuando en realidad eso fue la excusa para que las transnacionales americanas se  apropiasen de varias instalaciones petroleras de Irak. Aun en esa edad yo tenía claro esa situación, pero la prensa hacía ver lo contrario, hacía ver que los E.E.U.U eran los buenitos, que se estaban sacrificando por los Kuwaities. Tuve una conversación con mi profesor de historia, el profesor Villegas (Q.D.D.G) y él, junto con el profesor Clemente Chávez Mego, compartían la misma opinión que yo.  

En ese año escolar, teníamos que decidir qué curso técnico teníamos que llevar hasta quinto año. En los años anteriores, había llevado: Mecánica y Carpintería — en primer año—; Dibujo Técnico — en segundo año—. En este año escogí el curso de Agricultura. En realidad yo siempre desee Artesanía, pero en ese tiempo era consciente de la precariedad económica de la familia, y aunque parezca mentira, los materiales que se usaban en artesanía suponían un gasto adicional que no se tenía planificado y presupuestado. En cambio, en Agricultura todo lo que se necesitaba era tu “fuerza motriz”. Sólo tus manos, sólo tu fuerza. Agarraba la lampa, el trinche o el rastrillo y empezábamos la faena, que consistía entre preparar la tierra, regarla, moverla, limpiarla y sembrarla. Allí aprendí a sembrar pepinillos, culantro, lechuga, nabo, rabanito entre otras hortalizas. Nuestro colegio tenía sus parcelas de cultivo y también criaba cuyes y conejos. Tuvimos un profesor de carácter dócil y que, sobre todo, brindaba mucha confianza a los alumnos, era muy humano. Es por eso que ahora es recordado como uno de los mejores amigos del alumnado. Un mar de gente acompañó el féretro que lo transportaba a las puertas del cielo. Si, el profesor Ricardo Espinoza Yacila, más conocido como El Mellizo, se nos adelantó hace unos años. Nosotros le decíamos  Varón y no sé todavía la razón.

El único inconveniente de llevar Agricultura es que después de una hora de trabajo nos venía un hambre descomunal. Para mitigar el apetitivo y la manifestación del instinto,  comíamos pepinillos y lechuga con su respectivo juguito de limón fresquecito. Las hortalizas sabían sabrosas, recién salidas del útero dadivoso de nuestra madre tierra. ¿Y la sed?  Pues la saciábamos con agua de la pileta que servía para regar las plantas, no había agua Cielo, San Mateo o San Luis. A caño limpio no má, y hasta ahora no nos hemos muerto.

 A veces nos acercábamos a la clase del profesor Villegas, que le decíamos Guitarra, él enseñaba Artesanía, allí estaba un grupo de chicas muy guapas y  cuyo salón colindaba con una parcelita que era trabajada por nosotros. De entre los cursos técnicos, es decir de Artesanía, Mecánica, Electrónica, Dibujo Técnico, Costura, Repostería y Agricultura, esta última era la más denostada, según mi entender, porque  allí estaban los alumnos con menos capacidad intelectual y económica, allí sólo se necesitaba la fuerza y nada más, asi éramos catalogados, por supuesto que esos comentarios me tenían sin cuidado.

Recuerdo que el hermano de Pancho (Francisco Benedicto Yacila Lomas),  más conocido como Cholo, llegó a vender el examen de admisión desarrollado de la Universidad Nacional de Tumbes. Lo vendió a un monto equivalente a 0.20 céntimos. Le pedí prestado a un amigo y me lo compré, para ver cómo era ese examen. Me percaté que tenía que estudiar más y más para al menos lograr resolver un 20 % de ese examen.


A final del año escolar, Eli, la adolescente llegada de Lima, hacía muestra de toda su capacidad cognitiva, de todo su esfuerzo y dedicación. Logra un meritorio  segundo lugar en aprovechamiento. Sin duda alguna para enjundia, alegría y admiración de sus seres queridos. El primer puesto fue acariciado nuevamente, — sin merecerlo claro está—, por las pequeñas y callosas manos, del enjuto púber que vivía al  costado de la quebrada de Corrales, en una humilde casita de barro, con huecos en el techo y plantas de sandía a su alrededor.


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