domingo, 1 de marzo de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : TERCER AÑO.

En el año mil novecientos noventa (1990) mi instancia en el gran C.N  7 de Enero correspondía al tercer año de educación secundaria. Según recuerdo fue un año de cambios  sustanciales  en la mayoría de mis compañeros y también de cambios drásticos en el ámbito local, nacional e internacional.
A diferencia del  segundo año —que nos correspondió un aula de material noble— en este tercer año, a mi sección, la sección de “Tercero C” le correspondió ser “sección volante”. Una “sección volante” era aquella sección que no tenía un espacio fijo destinado a las clases, sino, por el contrario, andaba errante en busca de un salón vacío cuyos alumnos  estuviesen haciendo educación física o, en su defecto, estuviesen en el curso  de formación laboral. Sinceramente, al margen de la incomodidad de esta forma de estudiar, este mecanismo fue una idea muy singular ante un problema evidente que tenía nuestro querido colegio: la gran cantidad de alumnos.

Gran parte de los cursos los llevamos en un espacio que había sido dividido para dos secciones. Generalmente los alumnos del “Tercero C” compartíamos ese espacio con “Tercero B”; sólo nos separaba unas estructuras movibles de tripley —eran cuatro que se colocaban de manera contigua—  y que fungían de pared, el techo era de Eternit (creo que es la marca), entonces imagínense el calor que sentíamos  a eso de las 11:00 a.m.

Ya en tercer año, mis amigos más cercanos eran: Carmen Elena Álvarez Morales, Patricia Saavedra Nathals y Francisco Benedicto Yacila Lomas. Por cierto mi  gran amigo Pancho y yo, éramos los alumnos de menor edad en la sección “C”, y creo que también de toda la promoción. Ambos iniciamos el tercer año con doce años de edad. Pancho cumple años en agosto  y yo en julio. Con Pancho tenemos unas experiencias alucinantes, que se dieron en cuarto y quinto año, y trataré de pincelar en su debida oportunidad.

Cuando inicié ese año escolar, recuerdo que tenía cierto grado de ansiedad por dos cursos: Matemática y Química. Sobre todo por los comentarios que hacían los alumnos de años superiores con relación a los docentes que dictaban esos cursos; mi mente  ahora ya atiborrada y maltrecha, lamentablemente sólo logra recordar el nombre completo de uno de ellos: Al gran profesor Pantalón Puño Lecarnaqué. El profesor Pantaleón, quizá fue uno de los docentes con mayor capacidad pedagógica. Sí.  El profesor se comía la pizarra, caminaba de derecha a izquierda, tenía un tono de voz gruesa y fuerte. Cuando tenía que hacer una precisión lo hacía hablando más fuerte y adicionalmente hacía unos ademanes que complementaban la explicación. Usaba como libro de apoyo el libro de Máximo de la Cruz Solórzano. Recuerdo las clases de Productos Notables,  Factorización,  Operaciones con Polinomios, Binomio Cuadrado Perfecto, Ecuaciones con dos variables, Resolución de Ecuaciones de Segundo grado, etcétera. Hasta ahora me acuerdo de la fórmula para resolver ecuaciones de segundo grado:

  “ equis es igual a  menos b más menos, raíz cuadrada de  b al cuadrado menos  cuatro a por c sobre dos a ”  literalmente hablando. Asi es, con el profesor Pantaleón mi afán por las matemáticas se fue incrementando; mi memoria flácida empezó a grabar cada fórmula, cada ecuación, cada forma de resolver los problemas, y me empezó a gustar la forma como las matemáticas podían ser usadas para resolver un sin número de problemas cotidianos. El profesor Pantaleón resolvía siempre los ejercicios pares del libro de matemáticas,  y los impares nosotros teníamos que resolverlos. Realmente eran bastantes ejercicios, algunos padres se quejaron a la dirección por la cantidad de ejercicios que dejaba el profesor, pero él continuó con su peculiar estilo, que por cierto es el mejor camino para aprender algo. Si señores,  si queremos aprender matemáticas tenemos que practicar y practicar, no queda otro camino. Esta inferencia la tenía bien clara el profesor Pantaleón. Cada vez que resolvía un ejercicio, al profesor Pantaleón Puño Lecarnaqué le invadía la alegría que colindaba también con aquella sensación que las personas tienen cuano hacen algo que va causar la admiración de los demás. Realmente fue (o es) uno de los mejores profesores del glorioso C.N 7 de Enero.

El otro curso que me abrió también la mente fue Química. La profesora era de Tumbes, era de estatura mediana, cabello ensortijado y corto, con una voz bien potente (  el nombre de la profesora es :Karol Correa Taboada . Gracias  Elizabeth Asencio Yacila por el dato).  Allí aprendí las fórmulas básicas de la química orgánica e inorgánica. La fórmula cloruro de sodio, nitrato de plata, de los alcoholes, los alcanos, alquenos, alquinos, los Éteres, etcétera; fue sin duda un curso muy peculiar.

Cuando nos tocaba en la sección separada por el tripley, generalmente me sentaba en una de las dos últimas carpetas. Las carpetas eran para dos alumnos, entonces me sentaba con Pancho o con cualquiera de las amigas: Patricia o Elena. En esa posición se veía todo el patio central, y normalmente nos distraíamos con cada transeúnte que caminaba por ese lugar. Es asi que vimos pasar a una de las profesoras más hermosas, delicada, dulce, con una voz que acariciaba los oídos. Ella nos enseñaba inglés, su nombre es Enna. La vimos pasar por el patio, caminando delicadamente, como una diosa del olimpo, parecía que contaba los pasos y que dibujaba en su andar una estela de frenesí que consumía a los ojos que osaban disfrutar de su belleza singular, e incluso daba la sensación que el mismo suelo se rendía en su transitar. Patricia fue la primera que se percató y dijo: ”miren, miren, miren allí va la miss Enna”. Al poco rato lanza un zafio silbido. Ella (Patricia) no resistió verla pasar con tal garbo y su ser expulsó ese sonido que parecía el silbido de un caballero prosaico y tosco. Yo estaba al costado de Paty en la misma carpeta, obviamente me hice el loco, como quien dice, yo no escuche nada, yo no vi nada. Lo que no sabíamos es que detrás de los Tripleis estaba el auxilar del colegio, uno de los más draconianos e intolerantes a los actos de indisciplina, era el señor Tarquino.
Justamente él, había estado conversado con la miss  Enna antes que ella transite por el patio. En una, no más, se acercó a nosotros y a unos 10 metros más o menos, exclamo: 

¡Ya ustedes, los cuatro a la dirección, que tal majadería! (sic).

En el camino  a la dirección teníamos que transitar  por ese patio. Todos empezamos a recriminar a Patricia:

—¡Tamare  negra como la jodes! Decía Elena.
—Oe Paty ¡haces sonseras no más! Comentó Pancho.
—¡Muérdete la lengua carajo! Fue mi expresión.

Hasta allí, nuestra amiga Patricia se sentía vilipendiada y abandonada por sus amigos. Ella estaba segura que sus amigos —ósea nosotros tres— la íbamos a acusar para salvar nuestro pellejo adolescente.
Ya en la dirección nos llevan a una sala especial,  allí estaba el señor Tarquino con su guayabera blanca impecable, su pantalón marrón y zapatos del mismo color. Sus lentes RayBan y su expresión de muy pocos amigos. Parecía un agente de la CIA o  de la PIP. Sinceramente me daba miedo el señor.

—Ya, de una vez, desembuchen. ¿Quién fue?  Dijo escuetamente.

Todos empezamos a míranos, nuestros ojitos se movían de izquierda a derecha, mostrando nerviosismo justificado y también signos de apoyo a nuestra amiga Paty. Nos quedamos mudos, mirando al suelo, parecíamos como los esclavos de los mayas cuyos corazones iban hacer extirpados.

— ¡No quieren decir quien fue! Saben que lo que han hecho es una falta grave de indisciplina que colinda con la suspensión por tres días. ¿Lo saben?

Preguntó enérgicamente. En realidad no lo sabíamos. No contestamos.

—He hecho una pregunta, ¡Lo saben!  ¡Respondan, lo saben!

—No lo sabemos señor. Dijimos al unísono.

 —Aja! Si hablan. Yo pensé que eran mudos. ¡Ahora me van a decir, quien fue!

Nadie quiso hablar y echar la culpa. El auxiliar Tarquino al ver nuestro nobel aplomo y está sutil cofradía empezó a atarantarnos.

—Usted, señor Yacila. Si no me dice quien fue, yo voy a pensar que usted ha sido. Y eso le va ir muy mal en su calificación anual, señor Yacila.

— Usted señorita Álvarez, ya tiene una tarjeta amarilla y le puedo sacarla tarjeta roja.

—Usted señorita Saavedra ya tiene tarjeta roja, ahora si le sacaré la tarjeta morada.

— Usted señor Yacila (Pancho se apellida Yacila Lomas) hablaré con su mamá y estoy seguro que no lo irá muy bien.
— ¡Si no me dicen quien fue, entonces todos fueron! Y todos serán suspendidos.

Todos hicimos fuerza común con Patricia, y nos íbamos a comer esa lagartija, hasta que Paty comienza a llorar y a incriminarse  y juró  que no volverá hacerlo.

Al final los tres nos fuimos y Patricia se quedó conversando con el gran auxiliar Tarquino. La sanción no se diò. El intolerable Tarquino tuvo compasión y misericordia con mi amiga.

En tercer año, la adolescente que había ocupado el primer puesto en primer año —1988— y segundo puesto en segundo año—1989—, ya no estaba. A su padre, que era un militar lo cambiaron a otra ciudad del país. Sin embargo, la lid — si se puede llamar asi— por los primeros lugares la seguían manteniendo: Maribel Azañero Rodríguez, Karin  Barrientos Pacherres, César Palacios Agurto, Jéssica Medina Morán, Julisa Fernández Rosillo, Aracely Yarlequé, Erin Escobedo Dios entre otros. Pero otra alumna llegó a formar parte de ese exclusivo grupo de púberes que disfrutaban del saber. Su nombre es Elizabeth Asencio Yacila.  Fue alumna de la sección “B” y todos le decíamos Eli.  Eli había estudiado los dos primeros años en Lima, en los prestigios colegios capitalinos “Dora Mayer” y “Fe y Alegría”, si la memoria no me hez esquiva. Eli era una adolescente muy pero muy ordenada, pulcra en sus cuadernos, con una letra hermosa, responsable en sus quehaceres escolares y apoyaba a su querida madre junto con su hermana Pilar. Eli escribía en clase generalmente  en su block — su borrador— y luego pasaba todo en limpio. Era una técnica extraordinaria que demuestra el estilo que siempre ha tenido Eli: sacrificio por hacer las cosas bien. Cabe recordar que en ese tiempo no había energía eléctrica en Tumbes, por lo que muchas veces la actividad de pasar a limpio, sobre todo en las noches, era posible gracias a la luz emanada de los lamparines a kerosene o  la luz de la vela. Además de eso, Eli era (es) una persona con una inteligencia sin igual, tenía esa capacidad de captar rápidamente las cosas y la forma de expresarlas denotaba —así como en sus cuadernos— el orden y la pulcritud de sus ideas y su pensar.

Recuerdo que en ese año, mil novecientos noventa, tuvo lugar la guerra del golfo pérsico, tuve la oportunidad de escribir en el periódico mural algo relacionado a esa coyuntura bélica.  Todos afirmaban que Irak con Saddam Hussein eran los malos de la película, porque había invadido Kuwait. Cuando en realidad eso fue la excusa para que las transnacionales americanas se  apropiasen de varias instalaciones petroleras de Irak. Aun en esa edad yo tenía claro esa situación, pero la prensa hacía ver lo contrario, hacía ver que los E.E.U.U eran los buenitos, que se estaban sacrificando por los Kuwaities. Tuve una conversación con mi profesor de historia, el profesor Villegas (Q.D.D.G) y él, junto con el profesor Clemente Chávez Mego, compartían la misma opinión que yo.  

En ese año escolar, teníamos que decidir qué curso técnico teníamos que llevar hasta quinto año. En los años anteriores, había llevado: Mecánica y Carpintería — en primer año—; Dibujo Técnico — en segundo año—. En este año escogí el curso de Agricultura. En realidad yo siempre desee Artesanía, pero en ese tiempo era consciente de la precariedad económica de la familia, y aunque parezca mentira, los materiales que se usaban en artesanía suponían un gasto adicional que no se tenía planificado y presupuestado. En cambio, en Agricultura todo lo que se necesitaba era tu “fuerza motriz”. Sólo tus manos, sólo tu fuerza. Agarraba la lampa, el trinche o el rastrillo y empezábamos la faena, que consistía entre preparar la tierra, regarla, moverla, limpiarla y sembrarla. Allí aprendí a sembrar pepinillos, culantro, lechuga, nabo, rabanito entre otras hortalizas. Nuestro colegio tenía sus parcelas de cultivo y también criaba cuyes y conejos. Tuvimos un profesor de carácter dócil y que, sobre todo, brindaba mucha confianza a los alumnos, era muy humano. Es por eso que ahora es recordado como uno de los mejores amigos del alumnado. Un mar de gente acompañó el féretro que lo transportaba a las puertas del cielo. Si, el profesor Ricardo Espinoza Yacila, más conocido como El Mellizo, se nos adelantó hace unos años. Nosotros le decíamos  Varón y no sé todavía la razón.

El único inconveniente de llevar Agricultura es que después de una hora de trabajo nos venía un hambre descomunal. Para mitigar el apetitivo y la manifestación del instinto,  comíamos pepinillos y lechuga con su respectivo juguito de limón fresquecito. Las hortalizas sabían sabrosas, recién salidas del útero dadivoso de nuestra madre tierra. ¿Y la sed?  Pues la saciábamos con agua de la pileta que servía para regar las plantas, no había agua Cielo, San Mateo o San Luis. A caño limpio no má, y hasta ahora no nos hemos muerto.

 A veces nos acercábamos a la clase del profesor Villegas, que le decíamos Guitarra, él enseñaba Artesanía, allí estaba un grupo de chicas muy guapas y  cuyo salón colindaba con una parcelita que era trabajada por nosotros. De entre los cursos técnicos, es decir de Artesanía, Mecánica, Electrónica, Dibujo Técnico, Costura, Repostería y Agricultura, esta última era la más denostada, según mi entender, porque  allí estaban los alumnos con menos capacidad intelectual y económica, allí sólo se necesitaba la fuerza y nada más, asi éramos catalogados, por supuesto que esos comentarios me tenían sin cuidado.

Recuerdo que el hermano de Pancho (Francisco Benedicto Yacila Lomas),  más conocido como Cholo, llegó a vender el examen de admisión desarrollado de la Universidad Nacional de Tumbes. Lo vendió a un monto equivalente a 0.20 céntimos. Le pedí prestado a un amigo y me lo compré, para ver cómo era ese examen. Me percaté que tenía que estudiar más y más para al menos lograr resolver un 20 % de ese examen.


A final del año escolar, Eli, la adolescente llegada de Lima, hacía muestra de toda su capacidad cognitiva, de todo su esfuerzo y dedicación. Logra un meritorio  segundo lugar en aprovechamiento. Sin duda alguna para enjundia, alegría y admiración de sus seres queridos. El primer puesto fue acariciado nuevamente, — sin merecerlo claro está—, por las pequeñas y callosas manos, del enjuto púber que vivía al  costado de la quebrada de Corrales, en una humilde casita de barro, con huecos en el techo y plantas de sandía a su alrededor.


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domingo, 11 de enero de 2015

GLORIOSO C.N 7 DE ENERO : SEGUNDO AÑO



En el prólogo del otoño del año mil novecientos ochenta y nueve (1989), iniciaba  el año académico correspondiente al segundo grado de educación secundaria. Tenía once (11) años y, como de costumbre,  me reincorporaba a las clases con dos semanas de retraso.  Estaba realmente emocionado por iniciar este nuevo año escolar y, sobre todo, porque regresaba con mis compañeros de la sección “C”. El experimento de crear una sección mutante —“Primero H”— donde extirpaban a un grupo de zagales de sus secciones de origen y los congregaban en una sección: la “H”, al parecer no había dado resultado. En fin, estaba muy contento; la enjundia se adueñaba de mi corazón y, prácticamente se puede decir que me sentía muy feliz. La sección estaba ubicada al frente del patio central; ahora sí, a diferencia de la sección de “Primero C”, esta sección —la de “Segundo C” — era de material noble, con una infraestructura que no tenía nada que envidiar a los mejores colegios particulares de mi añorado Tumbes.

 Una de las primeras clases que tuve  fue con un extraordinario docente: Manuel Olaya. Un profesor que vivía al costado del colegio y que además era un pelotero innato, realmente jugaba muy bien el fútbol o fulbito. “Muelitas” le decían —y aun no sé el porqué —. Era característico su andar; rápido, con pasos más o menos largos y, que al verlo,  generaba  una  sensación de que siempre tenía algo que hacer y que  lo debía de cumplir a tiempo.
Recuerdo que en su primera clase hizo un exégesis que inicialmente me dio cierto temor. Mi mente alberga  con fina claridad este pasaje y que felizmente la espesa oscuridad de los años no ha podido ocultarlo de mi frágil memoria:

 "He querido enseñar en esta sección, porque me han comentado que acá están los  alumnos  que han ocupado el primer y segundo puesto. Vamos a ver, si  es que conmigo tienen altas calificaciones, ya que conozco  dos alumnas de la sección A que merecen a leguas ocupar estos puestos (sic)".

 El profesor Manuel se refería a dos extraordinarias alumnas: Azañero Rodríguez Maribel y Barrientos Pacherres Karin; él, efectivamente les había enseñado el curso de Historia del Perú en el primer año. Cristina Sánchez Moreno —una espigada y hermosa adolescente, hija de un militar— que había ocupado el primer puesto, volteaba insistentemente en busca del brillo pálido de mis ojitos marrones oscuros— ella siempre se sentaba en la primera fila y yo en la tercera—; al mirarme, su rostro diáfano y sonriente, tornasolaba con aquella faz que describe cierta angustia y preocupación. Ella me miraba y me alzaba las cejas, alzaba las cejas y me miraba, como diciendo: ¡Ahora pues!

 Las clases del profesor Olaya eran extraordinarias, cuando quería   precisar algo, de vez  en cuando decía su frase característica:

 "Queridos alumnos, les voy a explicar algo que se les va quedar impregnado en las placas de su cerebro…".

 Parece mentira, pero esa frase generaba al menos en mí, una actitud proactiva y condicionada para captar la información que salía de su hablar. Las clases de los pisos altitudinales, las cuencas hidrográficas, los climas, el anticiclón, la corriente peruana de Humboldt, las nubes, etc., eran tan  estupendas que a  pesar del tiempo transcurrido aún recuerdo casi todo lo que me enseñó. Tanto es  así, que ahora que tengo la gratificante  oportunidad de ser docente en una universidad privada —gracias a mi buen amigo: Rolyn Flores—, a mis alumnos, les expreso la misma frase: 
"Les voy a comentar algo que les quedará impregnadas en las placas de su cerebro".
Espero sinceramente que la evocación de esa expresión genere en ellos la actitud para aprender; aunque no creo ser tan buen docente como el profesor Olaya.

 Hace poco tuve la grata  ocasión de verlo nuevamente. Sinceramente, físicamente  no había cambiado mucho. Sigue con su abundante cabellera rizada, su sonrisa con arrugas disimuladas y su fina línea de oro entre dos de sus dientes. Me hizo pasar amablemente a su casa. De su rostro se desprendía una alegría sincera, me comentó de su pasión: La Pintura. Le comenté sobre lo extraordinario que habían sido sus clases y todo lo que al menos había generado en mí, y creo que dentro de su interior había una satisfacción por el trabajo realizado como docente. Tengo en mi humilde hogar dos cuadros con sus pinturas. 

 En este año —1989—, la mayoría de mis compañeras  de estudio iniciaban el inevitable y fundamental tránsito en la vida, que es ese fascinante lapso de tiempo  en el que las niñas se convierten en mujeres. Efectivamente, la adolescencia impregnaba su sello vital en sus cuerpos. Era realmente sorprendente contemplarlas. Sus cuerpecillos empezaban a transformarse poco a poco. Sus caderas y espaldas se ensanchaban, ellas crecían rápidamente, ciertos días se tornaban más bonitas y sonrientes. Por cierto, en mi salón, según mi trivial entender y mirar,  estaban las adolescentes más hermosas de todo el colegio. Era un ramillete de gracia y candor, de dulzura y primor, de belleza e inocencia; y claro está, a pesar de toda esta atracción  que mi insignificante  corazón sentía por algunas de ellas, nunca jamás tuve el redaño de expresar mi sentir. Además, yo era un niño enjuto, orejón, dientón, narizón y varios “ons”  más, que se transformaban  en  un óbice para poder manifestar libremente mis sentimientos.

 Algunas de ellas, la más “avispadas”, iniciaban alguna relación de enamorados con alumnos de años superiores, generalmente alumnos de cuarto o quinto año. En el recreo, era increíble ver la cantidad de estos mancebos instigando a mis compañeras de clase; silbidos, besos volados, piropos prosaicos, y hasta algunas sandeces forman parte ahora de esta nueva etapa de sus vidas.  Algunos de estos, al ver la cercanía que todas ellas tenían conmigo —para ser sincero, teníamos una relación amical muy grande—  se me acercaban, me entregaban sendos papelitos que alegorizaban cartas de amor  y, a cambio de ese apoyo estratégico para su lujurioso objetivo, me invitaban unas ricas humitas —tamalitos verdes— que compraban  en el vetusto quiosco de color verde que colindaba con mi salón. 

Mi trabajito era dejar el papelito en una mochila o un cuaderno, sin que la amiga mía se entere. En realidad, no era mucho esfuerzo y  casi siempre tenía mi humita asegurada. Esto fue hasta que una compañera mía recibió una tanda de "padre y señor mío" por parte de su madre, ya que ésta descubrió uno de los papelitos en su mochila. Nunca leí el contenido de esas pseudocartas, pero me imagino que el contenido debió ser superlativo para la edad, por el grado de golpiza propinada a mi amiga. Al enterarme de este hecho, me sentí un ser ominoso porque yo contribuí de alguna manera, en este perverso acto de maltrato.

 En el camino al colegio era costumbre encontrarme con Mirtha Gómez Rosillo , Juan Carlos Carreño Gómez y su hermano mellizo; también con Cristina Mena Preciado una alumna un año superior al mío. Teníamos que transitar por un camino estrecho donde solo podía pasar una persona. A los alrededores habían plantas de bejuco y a veces nos sorprendían las lagartijas, capones, sapos e inclusive los colambos.

 Una lección aprendí de Cristina Sánchez Moreno. Mi profesora de Lengua y Literatura Teolinda Timaná, nos había entregado las notas del examen bimestral. Ella( Cristina) revisa meticulosamente su examen, un examen con nota diecinueve (19); comienza a sacar  cálculos en  cada puntaje de las preguntas, y resulta  que tenía en realidad quince (15). Siempre, siempre, la nota mínima de Cristina era dieciocho (18); salvo el curso de educación física, que era menor. Pero en los demás cursos, todas las notas eran diecinueves, veintes; veintes, diecinueves. Cristina alza la mano y expresa:

 —¡Profesora Timaná usted se ha equivocado en mi calificación!
La profesora avergonzada,  le dice:

—¡Hija, pero si tú tienes  diecinueve (19)!
Cristina replica riendo:

—Profesora en realidad yo tengo  quince (15). ¡Usted se ha equivocado!

Este acto insignificante para algunos, reafirmó lo que la abuela siempre me decía: “Busca siempre la justicia y la verdad, aunque aparentemente no te convenga.”

Este segundo año, elegí como curso de formación técnica, el curso de Dibujo Técnico, a cargo de un Profesor que no recuerdo su nombre, pero era un Técnico Electrónico. Justo en una clase de este curso, me vi involucrado en mi primera y única pelea en el colegio. Cuando el Profesor estaba llamando para entregar los exámenes, en el camino de regreso a mi asiento, revisando el examen, un compañero de la sección de “Segundo B”, que le apodaban “la Fidela”, me tocó el trasero, como muestra de la palomillada  predominante en la mayoría de púberes de aquel salón.  Yo, con toda la ira del mundo, a pesar que era menor, en tamaño y edad, expresé:

 —   ¡Que tienes oe reconch$%#$$#$! 

Lo dije con voz firme, pero tan bajo para que no escuche el profesor. Inmediatamente los amigos de la sección “B”, empezaron a azuzarlo y a conminarlo a pelear conmigo, por tal agravio y tal repulsiva ofensa. Al ver esto, me llené de un pavor desmedido. 

—   ¡Chócala para la salida, mier%$#! Me dijo sin titubear.

Yo, para mostrar una valentía —que no había por cierto—, la choqué.  Al terminar el curso, y en la hora del  recreo ya se había armado varias pseudocomisiones, para ver la bronca. “Pipo” y el “Huevo” eran los más avezados y candeleros.

  —¡Vas a llorar! ¡ Te van hacer tragar tierra!  ¡La Fidela come ají y toma sangre de toro!  Me decían.

 Ese grupo de la sección B era muy unido y realmente a veces sentía cierta envidia por la forma como se organizaban y se protegían. Mis compañeros de la sección “C” al enterarse del pacto pugilístico, me decían: 

—¡Sobrao lo ñoqueas, promo! ¡Tú eres más flaco!. Creo que se estaban burlando de mi situación.

 Mientras se acercaba la hora de la salida yo iba sudando frio. Hasta que llegó la una de la tarde. No quería que suene la campana. Pero sonó.

Gonzalo Valladares Morán —uno de los hermanos PanceLeche—  así como Rogger Rosillo Pedrera —uno de los hermanos Zorros—, me acompañaron hasta las afueras del colegio.

—¡Promo defrente a los ojos! ¡No dejes que te abrace! ¡La Fidela no sabe pelear! ¡No tengas miedo! ¡Métele cave! Exclamaban con ahínco y devoción. 

No sabían que por dentro me estaba consumiendo un miedo sepulcral. Varias veces pensé en dejarlo allí no más. Pero, como ocurre hasta ahora, mi palabra había quedado empeñada, y debía cumplir lo dicho y lo pactado.

Nunca olvidaré la algarabía de los compañeros de la sección “B”, en las afueras  del colegio, previos a la pelea. Penango, Pipo, El Huevo, El Were, Martin Mao entre otros, estaban  increíblemente emocionados. Era como la alegría de  una tribu en la que uno de sus miembros empieza a ser hombre; era la bronca de un compañero y ellos querían ver como uno de ellos atiza sin piedad a alguien que ha osado ofender a un integrante de esta novel cofradía.

 El lugar elegido para la bronca fue muy cerca al cementerio de Corrales, cruzando la quebrada. Para esto, ya el tumulto era increíble, muchos escolares del segundo año había alrededor y caminaban como procesión sin santo, al lugar elegido para la crucifixión, la mía por supuesto.

 Se armó el característico círculo. Era costumbre en mi tierra que las peleas se sean de dos, nadie se metía. Todos debían estar alrededor formando un círculo. Cada persona podía arengar y gritar al púgil. 

 Estando en medio del círculo,  sentí que ambos pequeños éramos como unos gallos de pelea dispuestos a dar el mejor espectáculo a unos hambrientos y ansiosos espectadores. Ansiosos de ver golpes, lágrimas, sangre.

 ¡Vamos Fidela! ¡Vamos Zico!  Se escuchaba frenéticamente.

El lugar no era terreno plano, había zonas abruptas, abrojos, terrones, algunos huecos.
Estando frente a frente a dos metros de distancia, empezó la bronca. Nos mirábamos con ira —en realidad yo tenía miedo— empezábamos a movernos a ponernos en posición.  Por mi frágil mente pasaban las imágenes de peleas como las de  Chuck Norris, la de Los Thundercats, y la de los Magníficos, con el objetivo quizá, de aplicar alguna técnica de ellos. De repente un golpe certero en mi frente.  

¡Bien Fidela! ¡Sigue, dale más fuerte!, ¡Destrózalo! ¡Rompelé el hocico por empalao!

Y el adolescente apodado Fidela se vino como un vendaval hacia mi fútil presencia.

No sé cuántos golpes certeros me dio. Lo que hice fue imitar al Increíble Hulk, obviamente no en el cuerpo, ni en color, pero su en su forma de actuar. Empecé a caminar hacia él, mientras seguía recibiendo golpe, no sentía nada. ¡De verdad! Empecé a respirar como toro cansado—con un sonido fuerte y rápido— y seguía caminado, con una mirada iracunda y con los brazos hacia abajo haciendo un ángulo de 30 grados con mi cuerpo flaco; los golpes no me hacían daño. No dolían. Parecía Terminator, cuando avanza sin que los golpes o las balas le hagan daño. Me percaté de su asombro al ver que sus golpes no originaban el más mínimo impacto en mí. Al ver esto, troqué mi mirada de ira, por una mirada  de loco, de orate,  y grite fortísimo:

—¡Ahora te mato conchatu%&%#$! . Lo dije con toda mi furia y locura.

Creo que se asustó al oír esto y empecé a corretearlo como un salvaje. Sólo atiné a propinar una patada por la altura de la cadera, que la Fidela logró contener con la mano. Lo seguía persiguiendo, al intentar correr la Fidela se tropieza en un montículo y se cae. Quise aprovechar esta oportunidad, ya me había convertido en un demente.  Me detuvieron y para mi  bien, se canceló la pelea, por insistencia de todos los compañeros.

 Ahora comprendo porqué los golpes que fueron muchos, no me dolían. El estrés en mi fue tal, que la generación de Cortisol y Adrenalina fue considerable en mi torrente sanguíneo, esto indujo a una rigidez muscular tan fuerte que no sentía los golpes propinados, tampoco el dolor cuando recibía cada uno de ellos. Luego de la pelea, los compañeros me empezaron a felicitar. Ellos estaban convencidos que yo  había ganado esta pelea. Mientras caminábamos por la calle Hilario Carrasco, me empezó un terrible dolor por todo el cuerpo. Me senté en la esquina que colinda con la casa del señor López, ya me había quedado sólo, agaché mi cabeza, miraba fijamente la tierra y empecé a elucubrar que rollo extraordinario le  iba a decir a mi madre por esta pelea, porque estaba seguro que se iba a enterar, y me iba a caer una tanda más dura que todos los golpes que recibí ese día; me imaginaba  el san martincito de ocho lenguas acariciando mis piernas de gallareta. Al llegar a mi casa el dolor era muy fuerte, realmente me habían apanado bien. 

Al día siguiente, ya  en el colegio, veo a la Fidela con una mano vendada, quizá mal herida de tanto golpe que logró propinarme. Yo no tenía nada visible, pero por dentro estaba más mallugado que mango de chupar pisado por varios caballos
No sé porqué le decían Fidela, pero éste era un adolescente que jugaba muy bien el fútbol, tenía una patada fortísima, a pesar de su contextura. Junto con su  hermano Ever eran una  dupla extraordinaria, ellos integraban la selección del segundo grado, adicionalmente  estaban  en el mismo salón, el segundo "B". Ellos vivián en un hermoso villorrio llamado San Isidro; y a aveces iban al colegio en sus bicicletas montañeras. Luego de este acontecimiento, la relación entre ambosLa Fidela y yofue  áspera, de sobriedad, de miradas recelosas, a pesar que seguimos llevando el curso de Dibujo Técnico todo el año  nunca más nos dijimos una palabra.

A parte de este peculiar episodio, el transcurrir del año fue muy sosegado. Trataba de estudiar con entusiasmo y de apoyar a mis compañeros en algunos exámenes. A esa edad, once (11) años, creo que tenía una memoria generosa. No necesitaba estudiar demasiado, sino, lo suficiente. Iba al colegio en el turno de mañana. En las tardes salía con la collera a jugar fútbol al frente de mi casa, en un amplísimo arenal. El Pelé, Uñon, el Were, la Zeta, Alex el hijo del toro, José Antonio, El Perolo, Hower, Tuto y otros más eran los jugadores habituales. 

Se me vienen a mis memorias los momentos en las que dábamos exámenes; en mi salón había magos, si, magos de verdad. Expertos en hacer aparecer y desaparecer cosas, sobre todo  los papelitos con  la copia correspondiente de todo un cuaderno. Podíamos entregar el examen y salir antes de la hora del término oficinal del mismo. Cuando hacía eso, algunas veces me encontraban con mi primo Javier Dios Espinoza y con sus amigos del alma: Felix—que le decían Pino y Césarque le decían o apellidaba Gamboa, era zurdo y jugaba muy bien al fútbol—.  Una vez escuché un comentario de Pino  a mi primo Javicho — él también salía de dar examen en su correspondiente salón el Cuarto Grado “A”— 

 ”Oe tacho, taque el examen ha estado papayita, lo malo es que no conteste ninguna pregunta (sic)” .

Mi primo Javicho y sus amigos, así como yo, nos matamos de la risa por tal sarcástico comentario.

En el recreo jugábamos fulbito en la loza deportiva del colegio o hacíamos hora en el patio central. Recuerdo que  a veces agarraba una escoba, la tomaba como guitarra imaginaria, hacia estulticias y me ponía a imitar a Indochina, que era un grupo de moda en ese momento.

El profesor Cum Apolo, era matemático pero nos enseñó Educación Cívica. Recuerdo su clase sobre el "Derecho a la inviolabilidad de las correspondencia y de las comunicaciones" . Básicamente el tema era que nadie debe leer una carta o correspondencia nuestra sin nuestro consentimiento. Esta clase fue tan importante  que  formó mi carácter con un respeto irrestricto a los datos y comunicaciones de otras personas.

En la clausura del año escolar tenía una sensación de incertidumbre. Me imagino que los púberes más aplicados también tenían ese sentir .Azañero Rodríguez Maribel, Barrientos Pacherres Karin, César Palacios Agurto, Jéssica Medina Morán, Julisa Fernández Rosillo, Aracely Yarlequé, Erin Escobedo Dios, Cristina Sánchez Moreno entre otros excelentísimos alumnos. El profesor Pantaleón Puño Lecarnaqué que hacía de maestro de ceremonias, menciona como segundo  puesto a Cristina Sánchez Moreno. Finalmente me entregaron una libreta de ahorros con 250 mil intis, de una mutual local; y el recuerdo más grato que tengo de ese día, es que un gran hombre, casado con una gran mujer, el  Sr. Héctor Dios Yacila, por el cual guardo una estima profunda y un agradecimiento sinceroantes de venirme a Lima me regalo un libro : "Banco de Preguntas", me dijo:

 "Bien sobrino lo lograste, tu mamá estará muy contenta", mientras sus brazos extendidos sostenían un pedazo de cartón con una carátula que decía "Diploma de Honor"; mi tío Tito, que esbozaba un orgullo paternal,   me hacía entrega del diploma por el primer puesto de aprovechamiento. 



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miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDAD TODOS LOS DIAS

La capacidad analítica y la forma de brindar soluciones creativas a los problemas relacionados con una parte de la informática denominada Inteligencia de Negocios ( Business Intelligence) convierten a Víctor ( un gran amigo mío) en un ínclito en la materia, un experto, un  gran profesional—poseedor de cultura general impresionante—, ha estado en  varios países de Latinoamérica y,  sobre todo,  es una extraordinaria persona.

El onomástico de Víctor es el veinticuatro (24) de diciembre,  y por su forma de expresarse con respecto a este “bendito día”, pienso que sus cumpleaños no han sido como los de un niño común y corriente.  Nacer en la víspera del nacimiento de Jesús (que proviene del arameo Yeshúa  que significa: “el salvador”), es algo especial, al menos para mí, seguidor de los dogmas y preceptos de Cristo(del griego Christós que significa: “el mesías”, “el ungido”, “el salvador” ) — bueno, al menos hago el intento, aunque siempre, como dice San Pablo: “No hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero”— .

Aunque el malestar de mi amigo Víctor pasa por el singular tamiz de la anécdota, hay un trasfondo mucho más interesante: el nacimiento de Jesucristo. ¿Será cierto que Jesús nació el veinticinco de diciembre? Vamos analizar un poquito la situación, por que como el mismo Jesús lo dijo: “La verdad os hará libres”. Empecemos.

Si nos situamos en el «espacio-tiempo» del nacimiento de Jesús, está claro que es muy difícil determinar el día de su natalicio con tal precisión. Jesús nació en Belén—que significa “Ciudad del Pan”—, un paupérrimo villorio que, junto con Galilea y otros lugares de Palestina habían sido anexados al vasto y poderoso imperio romano. Adicionalmente, las sagradas escrituras infieren que Jesús nació en un pesebre—un establo— y es obvio que no había nadie para registrar ese nacimiento. Sin embargo, los habitantes de este pequeño planeta azul, en su mayoría, celebramos el nacimiento del Salvador y lo celebra el veinticinco de diciembre. El cuestionamiento cae por su propio peso (aunque eso depende de que tan fuerte sea la reflexión sobre este tema); si no sabemos el día exacto ¿por qué, entonces, celebramos el veinticinco de diciembre? ¿Y por qué no el veintidós de julio?, ¿O el veinticinco de marzo? u otro día del calendario.

Para intentar descubrir el porqué, tenemos que comentar irremediablemente sobre el movimiento de traslación de nuestro querido planeta…¡así es! ¡aunque parezca absurdo!. Sabemos que la tierra gira alrededor del Sol, en una órbita elíptica. La distancia promedio entre la tierra y el Sol es de 150 000 000 de Kilómetros, y sabemos también que se demora 365 días con 6 hora. Imaginemos una elipse, en el centro hay un punto, sobre ese punto trazamos dos rectas que se cortan perpendicularmente: una horizontal y la otra vertical. La línea recta del eje mayor—en este caso la línea horizontal— intersecta a la elipse en dos puntos, que son los puntos más lejanos al centro de la elipse; asimismo, la línea recta del eje menor—en este caso la línea vertical—intersecta a la elipse también en dos puntos —que son los puntos más cercanos al punto central de la elipse—.

Hasta este momento, espero que en nuestra mente se haya trazado una elipse dividida en cuatro partes y cinco puntos —arriba, abajo, izquierda, derecha y el punto central—. Retornando al movimiento de traslación de la tierra, a los dos puntos más lejanos de la tierra con respecto al Sol, se les denomina Solticios, que significa “sol quieto; y a los dos puntos más cercanos se les llama Equinoccios (del latín aequinoctium ,aequus nocte, que significa "noche igual").

Lo que nos interesa en esta reflexión son los solticios. Si bien es cierto, el nombre es moderno, en realidad nuestros antepasados al contemplar con mayor detenimiento y admiración los astros y sus desplazamientos, lograron descubrir estos ciclos sempiternos de nuestro planeta alrededor del Sol (aunque, desde luego, ellos no tenían capacidad científica para definir el porqué). Nuestros antepasados pudieron comprobar en base a la experiencia que había dos solsticios —como lo hemos explicado, son los dos puntos más extremos de la elipse—. Uno de ellos es el “solticio de invierno”  y el otro, el “solticio de verano”. Tomando como referencia a Europa, es decir el hemisferio norte; cuando ellos están en el “solticio de invierno”, nosotros—los del hemisferio sur—estamos en verano; y cuando en Europa llega el “solticio de verano”, nosotros estamos en Invierno.

Para los antiguos europeos, es decir para los celtas o preromanos, los padres de los actuales, finlandeses, noruegos, suecos, etcétera, estos dos momentos eran momentos especiales.  En el “solticio de invierno”  ocurre el día más corto del año y, a su vez, la noche con más larga duración. Esto significaba algo terrible en las mentes de aquellas culturas; en otras palabras, ellos tenían el temor de que el dios Sol, ya no despierte y quede atrapado por siempre en la espesa oscuridad de la fría noche europea; tenían miedo de que el Sol se quede quieto… impertérrito.
Para evitar esto, los antiguos hacían una serie de celebraciones y ritos, entre ellos : quemar madera, hacer fogatas con árboles de pino; con el objeto de invocar al dios Sol para que se mantenga con  su fuerza y vigor. Se celebraba, entonces,  el renacer del dios de la vida, del dios Sol. Muchos años después, los romanos adoptaron también esta celebración y adaptaron otras costumbres, a la que llamaron «saturnalias», en honor al dios de la fertilidad de la tierra o de la agricultura: Saturno.

Cuando el emperador Constantino declara al cristianismo como religión obligatoria y formal del imperio romano, de alguna manera se trató de mitigar las costumbres paganas y, sobre todo, una de las más fuertes en ese tiempo,  que era la fiesta del “solticio de invierno”,  que se llevaba a cabo entre los días  veinte y treinta uno de diciembre; esta fiesta calzaba a la perfección con la venida de un nuevo ciclo vital para la agricultura. Desde esos momentos en Constantinopla (la actual Estambul, en Turquía) se asume el veinticinco de diciembre como el posible nacimiento de Jesucristo. ¡Increíble, verdad!

Pero en el “solticio de verano”, también había celebraciones paganas o ritos a base de fuego y árboles. Este solticio empieza entre el veinte y veinticuatro de junio. ¿Recuerdan qué fiesta cristiana se celebra el  veinticuatro de junio? Sino lo recuerdan, celebramos el día de San Juan Bautista.

En resumen, estoy convencido de la presencia de Jesucristo en este mundo. Convencido por los milagros descritos en la biblia, y por los historiadores romanos que tuvieron la oportunidad de escuchar y ver el testimonio de los verdaderos cristianos de la iglesia primitiva. Jesucristo con sus principios, su doctrina, conducta, su palabra, deja entrever el poder de un ser superior. La palabra hecha carne :”cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”. Esta frase de Jesús tiene más de veinte siglos y aún tiene vigencia. Hemos visto caer imperios poderosos, sin embargo, la iglesia de Cristo, aún sigue luchando y viva en este mundo cada vez más inicuo.  A pesar que al interior de la misma existen integrantes malévolos, son “ratas” que deben ser expectoradas y extirpadas del seno eclesial.

Pero mi convencimiento por la presencia de Jesús es mayor porque este baladí ser humano ha  experimentado en vida propia el amor y los milagros de Cristo y la efectividad de su palabra. Sé que cura y sana de verdad, es una experiencia personal invalorable, de la cual estoy infinitamente agradecido. No obstante a esto, quiero expresar que lo que hoy vemos como navidad  se traduce en  estrés, regalos, gastos, deudas, comercio, robos, etc; en fin, es la manifestación perversa del capitalismo salvaje. Nadie se acuerda de Jesús, ni de lo que representa para la humanidad, ahora hemos trocado el nacimiento del Salvador por un señor gordo bien abrigado ( papa Noel, le llaman; sin saber que fue y es la imagen de una conocida marca de gaseosa norteamericana).
  
Si me preguntan qué es la navidad, yo diría que debiera ser un estado de reflexión perenne, en la que analicemos nuestra presencia en este mundo, que se traduce en la interacción armoniosa frente a nuestros semejantes. Primero  con nuestros padres, que aún nos lo perdonamos y reprochamos; con nuestros esposos o esposas, que criticamos y queremos que sean como son en nuestro modelo mental; con nuestros hijos que queremos que sean lo que nosotros no hemos podido ser; con nuestros amigos y parientes cercanos que siempre sacamos provecho.

En resumen, que nuestra relación con el otro se base fundamentalmente en el amor. “Amar a Dios sobre todas las cosas y tu prójimo como a ti mismo”. ¡Que mérito tenéis si amas a los que te aman! ¿Acaso eso no hacen los gentiles? Son algunas frases de la doctrina de Jesús.


El amor es la traducción de la presencia de Dios en nuestro corazón, que se debe propagar hacia el otro. Ese es el camino que podemos vislumbrar gracias a la luz del nacimiento del niño Jesús. Según esto les quiero desear… ¡Feliz navidad siempre! Y a mí a amigo Víctor que ya no reniegue.

domingo, 26 de octubre de 2014

GLORIOSO C.N 7 ENERO PRIMERO C, PRIMERO H


Después de dos meses de iniciado el colegio, ya me había habituado al nuevo ritmo académico. También, obviamente, me  había acostumbrado a mis nuevos compañeros de estudios. El C.N 7 de Enero, era esencialmente un colegio técnico. Los cursos técnicos que podíamos llevar eran: agricultura, carpintería, mecánica, repostería, costura, dibujo técnico y artesanía. En los dos primeros años podíamos alternar estos cursos, dos cursos especializados por año. Al final de los dos años habíamos transitado por cuatro cursos especializados. Ya en el tercer año, decidías que curso llevar hasta el quinto año.

Con gran entusiasmo escogí el curso de mecánica para el primer semestre y recuerdo claramente que nuestro trabajo final fue un porta-macetero, el cual lo coloqué orgulloso en mi añorada casa. El docente  encargado del curso fue el profesor Bartolo. Gracias a su paciencia, aprendí al menos a soldar. Mi mente alberga recuerdos fantásticos de mi  profesora de Lengua y Literatura, era simplemente extraordinaria, se llama Teolinda Timaná. En ese tiempo, yo veía un rostro fuerte, faz simétrica y con algunos lunares que armonizaban maravillosamente la figura de la mujer del norte del país. Ostentaba  un tono de voz potente; cuando aumentaba los decibeles, por alguna broma de alguno de nosotros, me entraba un miedito, que hacía que mi corazoncito latiera más de la cuenta. Realmente  ¡enseñaba muy bien!. Hace poco tuve la oportunidad de verla, fui a al CN 7 de Enero con mi familia, obviamente no me reconoció. Me he envejecido mucho, sin embargo yo contemplaba su rostro y admirablemente era el mismo rostro de hace casi veinticinco (25) años.

 Igualmente recuerdo a  mi profesora Liliana Espinoza, me enseñó Ciencias Naturales, y realmente fue ella la que sin saberlo, infundió en mi nimio pensar el afán de  investigar todo lo relacionado a la naturaleza, a la luz y al origen de la vida. Mi profesora Liliana tenía un carácter muy dulce, su clase era un susurro para mi oído y sinceramente muchas de las frases  dichas por ella las recuerdo siempre. Me acuerdo que en una clase hizo una pregunta:
— ¿Qué es la luz?  —Todo se trocó en silencio, el aula bulliciosa se tornó como un convento, la pregunta eran tan fácil y la respuesta tan difícil. Jelssy Montenegro Alvarado intercambiaba miradas de desconcierto con Paola Clarita Olaya Zapata y también con Cristina Sánchez Moreno; que por cierto eran  las alumnas más aplicadas y ordenadas del primero C. Yo, que era parte de los jacobinos y zamarros: Francisco Benedicto Yacila Lomas, Carmen Elena Álvarez Morales y Patricia Saavedra Natalhs, recordé que había leído algo sobre la luz en mi álbum “El Más y el Menos”, un álbum interesantísimo. Alce tímidamente mi manita y dije:
—Profesora Liliana, ¡la Luz es una radiación!
La mayoría de los zagales compañeros míos se rieron, se burlaron de tal respuesta, nadie sabía lo que era la palabra radiación y para ser sincero, yo tampoco. Algunas de las cien mil millones de neuronas—que todos tenemos en nuestro cerebro— había desempolvado  dentro del mio aquel recuerdo y generosamente dejaban filtrar de manera casi automática la respuesta. Pude ver el rostro de mi profesora, luego de la respuesta  y realmente fue algo tan exquisito emocionalmente. Esta  etérea respuesta  fue el prólogo para una inolvidable clase sobre la Luz.

Todo ese primer semestre transcurría extraordinariamente bien, hasta que algo ocurrió después de las vacaciones por fiestas patrias. Las autoridades del C.N. 7 de Enero hicieron un experimento, concretizaron una idea que causó un alboroto y un sin sabor en algunos estudiantes.  Efectivamente, tomaron la drástica decisión de crear una nueva sección: “Primero H”; que iba estar conformada por los 6 últimos alumnos de cada sección—ordenados de manera alfabética—. Las secciones A, B, C, D, E, F y G  fueron seccionadas y parte de sus miembros se constituyeron en la novel y vilipendiada  sección H.

Ya en  agosto, tuve que adaptarme a mis nuevos compañeros. Inicialmente me juntaba con mis compañeros del primero C, los que habíamos sido desterrados del tal maravillosa sección. Entre ellos estaban los hermanos Valladares Morán (Lorenzo y Gonzalo), y un hermano Rosillo Pedrera(Los Zorros). Francisco Yacila Lomas (Jero) debió estar con nosotros, pero su papá preocupado por la situación del segundo de sus hijos, logró convencer a las autoridades de que dejen a su hijo en la sección C. Aquella sección H era diametralmente opuesta a la tranquila, serena y disciplinada sección C. La H, era la versión moderna de los Efesios. Los alumnos éramos palomillas, inquietos, desobedientes, burlones y todos los etcteteras. Entre clase y clase, a los profesores les caía alguna pelotita de papel. Nadie decía nada, si no, ¡ Fuente Ovejuna!. Las niñas no eran tan niñas, estaban mucho más desarrolladas que los varones. Recuerdo a Flor y Selena, entre las adolescentes con mayor carisma y arraigo entre los compañeros. Yo tenía que ser parte de esa jungla, era el Benjamín, el pequeñuelo, el cachorro; pero  tenía que ser malcriado, tenía que ser el paladín de la palomillada, disfrazarme de atrevido, obviamente con un disfraz que me quedaba muy grande. 

Recuerdo a un profesor de Religión que tenía la fama de ser pegalón, y eso que era seminarista. Nosotros teníamos la costumbre de que cada vez que venía un profesor, nos parábamos como signo de respeto. Resulta que mientras el profesor estaba cruzando hacia su escritorio, se me ocurre bostezar. Todos los compañeros se rieron de  mi mal proceder., para ser sincero fue una ignominia para el docente. El profesor hizo honor a su apodo, cogió su regla de madera; un metro y medio de largo y ocho (08) centímetros de ancho y mismo Samurái consumido por la adrenalina, me dio un certero golpe en la boca del estómago. Del  dolor me puse a llorar—sin ruido, pero con muchas lágrimas—, sentí una inmensa vergüenza, pero realmente el dolor fue muy fuerte. Luego recordé lo mal que había hecho y me dio un ataque de risa. Al verme reír, todos los compañeros se volvieron a reír y el profesor pegalón también. No le comenté nada a mi madre, porque seguro me caía una tanda gratis. Posteriormente, fueron tantas las quejas de los alumnos hacia el profesor pegalón que terminaron despidiéndolo. Luego me enteré que dejó el seminario y se casó. 

El profesor Marco La Chira, ¡era genial! Me enseñó Matemáticas. Tenía un carácter agradable  e invitaba a preguntar. El usaba el libro de Máximo de la Cruz Solórzano y siempre después de cada clase, dejaba tarea. Conocía su tema, la factorización, sumas algebraicas, potenciación de fracciones, etcétera; fueron temas que los explicaba magistralmente. Yo tenía cierta habilidad por las matemáticas, así que trataba de extraer al máximo los conocimientos del profesor Marco.

Ese año escolar, es decir el año 1988 fue sin duda alguna  un año sin igual para mí. Había ingresado al admirable Colegio Nacional 7 de Enero, me consideraba un primarioso; adicionalmente había conocido a nuevos amigos. En el primero C estaban las adolescentes más hermosas que yo había visto. Había participado en la sección más palomilla, despreciada, desdeñada del primer año y sobre todo había pasado inadvertido, no me habían  agarrado de pan. El tránsito escolar, es decir los exámenes, los trabajos, las evaluaciones no eran tan difíciles como pensaba  inicialmente, cuando aún estaba en mi  escuela primaria  “La Tres”. Sinceramente  con un poco de esfuerzo y disciplina cualquier actividad académica resulta exitosa. En la clausura del año escolar, una compañera de mi antigua sección del Primero C, Cristina Sánchez Moreno, una espigada adolescente, hija de un militar, ordenada, disciplina y muy aplicada, obtuvo el primer puesto en aprovechamiento para orgullo creo yo, de sus familiares. Habían muchos buenos alumnos en ese primer años. En el primero A, estaban Azañero Rodriguez , Barrientos Pacherres Karin; en segundo B: Medina Moran Jessica, Palacios Agurto César, Ecca Espinoza Sara; en primero D: Fernández Rosillo Julissa,en primero E: Escobedo Dios Erin y un compañero que le decíamos Cholo (lamentablemente no recuerdo su nombre completo); entre otros buenos estudiantes. Empero, un pequeñuelo, pusilánime y sobre todo  muy enjuto niño,que nadie daba ni un sol, proveniente de la escuela más precaria de Corrales, obtuvo un honorable segundo lugar.

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